Tormentas de hierro
Tormentas de hierro
Por Esperanza Ruiz
26 de mayo de 2026

Hoy basta cruzarse a cualquiera en el trabajo, darse los buenos días y salir de la conversación con un consejo sobre cómo ciclar carbohidratos o tomar creatina. «Es que la creatina tiene muchos beneficios, ¿sabes?». Pues no lo sabía. Antes de la era de Instagram sólo la tomaban cuatro y ahora las influencers están a dos stories de espolvorearla sobre el aguacate del desayuno.

El culto al hierro se ha colado en nuestra vida cotidiana y empezamos a asumirlo: la gente ya no se pone a dieta, sino que está «en definición» —incluso si no hay nada que definir—. Se mira con desdén al manolito que nos ofrecen, mezcla plebeya de grasa industrial y jarabe de glucosa, porque «ir al gym» imprime carácter. El gimnasio, aquel sótano donde coincidían la musculoca, el antidisturbios, los monjes del táper que se sabían de memoria los diálogos de Pumping Iron y las amas de casa empeñadas en endurecer («pero sin ponerme como el Suarzeneguer ese»), se ha transformado en el centro de ocio de la clase media aspiracional.

Nunca se jodió el Perú. Sólo cambió el sufrimiento protestante del pollo hervido por la dieta flexible. La profecía del difunto Aziz Shavershian —«todos vamos a conseguirlo, bro»— se hizo masa muscular con ayuda de las redes, y lo que era marginal acabó democratizándose, como ocurrió también con el tatuaje. Si cualquier democratización lleva su dosis de terror pequeño-burgués, la de lo marginal es doblemente terrorífica. Dicho esto, confieso que me cuesta despreciar algo que requiere un evidente grado de autocontrol y exigencia física diaria. Aunque solo se haga por las razones más peregrinas.

Para los que vivimos la era de las súper-modelos y fuimos engañados con los productos «light», es curioso constatar que hemos pasado de la anorexia sofisticada a la obsesión por el glúteo-cuádriceps africano. Pero supongo que haber crecido con la publicidad de los «cuerpos Danone» y las diapositivas del Doríforo que iban para examen ayuda a comprender la épica que hay detrás de la construcción corporal. Frente a la sobredosis de cierto epicureanismo teatrero, empeñado en buscar trazas de identidad en bares y restaurantes, el narcisismo del gymbro convertido en cabeza de turco de todo un fenómeno de masas– me resulta menos insoportable.

El bro tiene algo de héroe de clase trabajadora, incluso su poquito de sujeto revolucionario. Desde que las futuras compañeras feministas de la princesa Leonor le dedicaron una pancarta repudiándolo, reconozco que ha crecido mi interés por él. En una universidad transformada en refugio de orcos tristes y curitas de la conversación pública, su figura se hace grande y, si se me permite, hasta rocosa. Hay una forma de aristocracia menor, de triunfo de la voluntad —con degradado capilar— en su acción. Puede que su idea de la belleza sea discutible o controvertida. De lo que cabe poca duda es que responde a un canon milenario.

Es posible que el gymbro acabe siendo sustituido por el cristobro como sujeto risible. Pero antes de que muera como fenómeno social, quizás todavía podamos soñar con la hibridación de ambos. El resultado sería algo así como el superhombre de la sociedad líquida: asistiríamos al nacimiento del transhumanismo cristiano.

TEMAS
Noticias de España