Avisan los sesudos analistas de que la estrategia de Pedro Sánchez pasa por avivar el miedo a Vox entre los votantes progresistas, movilizando así a sus desmoralizadas masas. Yo les creo, no tanto porque tenga una confianza enorme en los analistas, como porque no le queda otra bala a Sánchez. Él mete, ya de por sí, tanto miedo que o lo mete con otra cosa o se queda solo aterrorizando al personal.
También lo creemos porque fue lo que hizo en las elecciones generales del 23, donde María Guardiola le hizo la ola y apuntaló su relato. Normal que quiera repetir con la misma palmera. Este detalle tiene su importancia porque esa estrategia del terror sólo la puede neutralizar el PP, si quisiera.
Vox, no. Primero, porque no va a dejar de defender lo suyo que tan buenos resultados, según las encuestas, le va dando. Desde los entornos del PP se insta a Vox a esconder el discurso contundente y suavizar las formas, las promesas y los programas, pero eso ya lo hacen ellos. Sería caer en la trampa del «PSOE state of mind» y tirarse de cabeza por la ventana de Overton que se le regala a la izquierda. A Vox le va bien. Sube en intención de votos, es coherente, abre debates que terminan aceptándose en la política española y cambia percepciones sociales. No va a cambiar para hacerle un favor a Génova, 13.
El PP, sin embargo, sí tiene interés en que esa estrategia de Sánchez no vuelva a salir bien. Porque Feijoo aspira a captar voto socialista, como demuestra con sus declaraciones a favor del aborto, por ejemplo, o recordando cada dos por tres lo mucho que le gustaba votar a Felipe González o fichando a exsocialistas recientes, como hace María Guardiola. La idea de ir por ahí asegurando que repetirán elecciones antes que dejar que ni un solo miembro de Vox ocupe un puesto en un gobierno de coalición también es un guiño al votante socialista. Que el PP quiera captarlo es legítimo y, más que nada, es lógico.
Lo que es un disparate es que pretendan hacerlo demonizando a Vox. Porque así le regalan la estrategia a Sánchez. Con todos esos reparos a pactar con Vox, con las informaciones sesgadas de sus terminales mediáticas, con los insultos a Abascal y con las caritas de desdén centrista pone a huevo la envolvente sanchista. Porque luego, cuando llega la hora de pactar, el PSOE maquiavélicamente se cierra en banda y el PP tiene que acabar entendiéndose con aquellos que previamente ha rechazado. La sensación que cunde en el público progresista es la de una incoherencia extraordinaria, la de un afán de poder desmedido y la de una desvergüenza considerable.
Si en vez de eso el PP normalizase el programa de Vox, reconociendo que, si no tiene mayoría absoluta, por supuesto que pactará con ellos, y con muchísima más honra que los pactos del PSOE con Bildu, con ERC, con Junts y con el PNV, otro gallo cantaría. Todo es tan fácil como decir que, si los votantes progresistas le dan su confianza, no necesitarán a Vox y que cuanta más diferencia de votos saquen menos dependerán del partido de Abascal, pero que miedo ninguno, claro, sólo diferencias políticas naturales entre dos partidos distintos. Un discurso así, con sentido común, natural, sincero, sin aspavientos ni histrionismos desmontaría la táctica cíclica de Sánchez.
El miedo es muy contagioso. Cuando el votante medio progresista, que —aunque parezca increíble, ve al PP muy de derechas—, percibe que los peperos tienen pavor a Vox, se estremece. Si oyese que todo está bajo control y que nadie nos tiene que dar tanto miedo como Sánchez, sus corruptos y sus socios, se acabó el truco sanchista. Caer la primera vez en la táctica del PSOE, aunque algunos avisamos, dio mucha rabia; hacerlo de nuevo sería para chocarlos.