Tu pueblo se llama como yo diga
Tu pueblo se llama como yo diga
Por Roberto Granda
8 de noviembre de 2026

Hace un par de años, los habitantes de El Ferrero (Gozón, Asturias) llevaron camisetas reivindicativas en sus fiestas patronales para protestar por la imposición del cambio de nombre de su localidad, que por expreso deseo de los que están trincando en la Junta General del Principado a costa del bable, ahora se llama ‘Ferriru’, que nadie de allí ni de ningún lado sabe de dónde ha salido, pero a los oriundos se lo han cambiado utilizando esa vía tan diplomática, sensata y eficaz conocida como «por mis santos cojones».

Resulta que mis dos abuelos maternos son de ese bonito pueblo, sobre el Cabo Peñas, uno de esos prodigios paisajísticos norteños donde se juntan mar y campo en un mismo entorno, acantilados ideales para saltar y verdes prados donde pastar; así que, y en un ejercicio de genealogía local, quise saber desde cuándo se usa el pintoresco nombre que ahora imponen nuestros entrañables asturchales, tan versados en materia de idiomas, y si acaso los ancestrales habitantes de la zona tenían esa variante primigenia como un tesoro guardado, extinguido por el tiempo; una de esas rarezas lingüísticas a revindicar. Algo así como el «Bienvenidas» de Letizia pero versión rural.

Mi profunda sorpresa fue cuando mi abuela me comunicó que ni ella, ni su madre, ni la madre de su madre (nos adentramos ya siglo y pico en el pasado, con la vida en blanco y negro) conocieron allí otro nombre que no fuera El Ferrero. Algo que ahora se cargan en contra del deseo de los vecinos y del sentido común de todos los demás, pero con el visto bueno de los de la Academia de la Llingua, que es el organismo que sabe de eso y donde son, como su propio nombre indica, académicos. Tela marinera.

Así que, para arrojar algo de luz sobre el desconcierto de la buena mujer, que recibió perpleja la noticia de que su pueblo natal ya no se llama como siempre lo ha conocido, me armé de paciencia y le expliqué que es mejor así, pues son cambios a la manera actual de luchar contra la extrema derecha, y que ese tipo de acciones de vandalismo contra la toponimia y contra la realidad son necesarias para meter en vereda a los ultras, que se expanden por Europa como una siniestra mancha de aceite, aunque en Brasil les han arreado un buen tarrascazo en una impresionante remontada de Lula que no se la cree ni el que la inventó.

“Vea usted La Sexta”, le recomendé. «Pero es que —insistía, tenaz— el pueblo nunca se ha llamado así». El pueblo se llamará como a la PSOE le salga de las narices, estuve tentado de responder. Pero, en cambio, muy tranquilo y sabiendo que estoy en el lado bueno de la Historia, en plena alerta antifascista y en la campaña del amor, le expliqué que ahora en España manda una coalición progresista y feminista, y que las cosas cambian, evolucionan, y en Asturias no podemos perder el carro de ese progreso, bajarnos en marcha de la modernidad o poner palos en las ruedas.

Empeñarse en mantener nombres españolistas, o lo que es lo mismo, de marcado tufo franquista, es una desfachatez inasumible, inmersos como estamos en la memoria histórica, en la memoria democrática y en la memoria de los progenitores de los políticos, de los que nos acordamos bastante a menudo.

Mi abuela tiene 95 años, está en la flor de la vida, pero sería tarea imposible decirle que todo responde a un negocio de una minoría de ceporros sin escrúpulos succionando dinero público como un ternero lechal amorrado a la ubre de mamá vaca. Peña metida de hoz y coz en el lado mugriento de la política, usando los sentimientos exaltados del sentimentalismo mal entendido, y como arietes la ignorancia y la deshonestidad intelectual.

Que el cartel del pueblo, las traducciones delirantes de novelas emblemáticas, los concursos donde se reparten entre ellos los premios y la panoja, los observatorios y todo el entramado pecuniario de la «Llingua» son el modo de vida de estos trileros de los presupuestos, derrochando y repartiendo viruta, y que el nacionalismo es un vector que sabe tocar el nervio exacto, para enfrentar a la población y donde en la ecuación siempre salen ganando los mismos, mientras tienen a los demás dirimiendo si lleva «u» o si lleva «o».

Así llevan décadas en cualquier Autonomía donde puedan rascar algo a costa de regionalismos, disputas locales, dialectos extintos o confrontaciones aldeanas. Recogiendo las nueces tras mover el árbol de la discordia y con la ingeniería política de la identidad. Y en el desvergonzado despiporre de Estado plurinacional, o nación de naciones, o cualquier concepto que se le ocurra a la organización criminal de las cuatro letras y sus secuaces, defender una igualdad de derechos, la racionalidad en el habla sin coacciones, y un idioma común (nada que ver con lenguas cooficiales, hablo de lengua común, la que compartimos todos) te convierte automáticamente en facha. Aunque seas una joven de 95 años que siempre ha votado socialista, siempre ha vivido en pueblos de Asturias y nunca ha hablado el bable de laboratorio.

Como explicar todo eso iba a ser harto complicado, decidí mantenerme fiel a la versión corta, al relato oficial de que el pueblo cambia el nombre para ser más antifascistas, y de esta manera yo me aseguré de no tener que dar explicaciones y mi abuela quedó convencida de tener un nieto imbécil perdido.

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