Un agujero en el muro
Un agujero en el muro
Por Carlos Esteban
18 de abril de 2026

El crimen, y muy especialmente el crimen violento, es sensacional porque es excepcional. No creo que haya existido nunca, ni podría existir, una sociedad donde una mayoría de la población cometiera delitos de forma habitual o esporádica. De hecho, los que saben de esto calculan que un porcentaje muy reducido de la población, inferior al 10%, es responsable de la abrumadora mayoría de la delincuencia. En eso consiste básicamente el «truco» de Bukele en El Salvador, en retirar en masa de la circulación a esos habituales del crimen.

Pero el efecto que tiene en el común la violencia callejera, por excepcional que todavía resulte, es desproporcionado. No hace falta que a uno le asalten a diario para que se extienda una desagradable sensación de vulnerabilidad, de miedo de baja intensidad, que arruina un sencillo trayecto a pie. Por eso, aunque la izquierda esté curiosamente empecinada en ignorarlo, el común es siempre partidario de las políticas duras contra los delincuentes, más cuanto menos puede pagarse las condiciones que aseguren su seguridad personal.

Eso hace que la participación desproporcionada de población llegada de lejos en la delincuencia tenga un efecto igualmente desmedido en el estado de opinión contrario a las políticas de puertas abiertas, tan del gusto de nuestros gobernantes. Si a esto se suma el carácter amplificador de las redes sociales, se explica que la inseguridad se convierta en el argumento de mayor peso emocional de los antiinmigracionistas.

Personalmente lo lamento, lamento que este sea el motivo por el que muchos se oponen a la sustitución poblacional de España. Y no porque no me parezca perfectamente comprensible, sino porque se me antoja hasta cierto punto mezquino.

Aunque las probabilidades de delinquir de los recién llegados fuera muy inferior a la media de los nativos, seguiría oponiéndome a la inmigración masiva, por la razón, más elemental, de que no quiero que España deje de ser España. Y, como recuerda a menudo el historiador Fernando Paz, no todo lo que se construya en el solar ibérico es España, ni es posible que se retenga otra cosa que el nombre sin los españoles de cepa como grueso de la población.

Porque una nación es mucho más que su territorio o sus instituciones. Es todo ese cúmulo de ideas, costumbres, cicatrices y recuerdos que vincula a una comunidad. Es lo que comprende instintivamente, son sus chistes privados, son un montón de cosas de las que ni siquiera tenemos que hablar. Cosas, en fin, que pueden chocar a un tipo de fuera, sobre todo cuando viene de muy lejos y todo lo que ve le es ajeno.

Corre por las redes un vídeo en el que un inmigrante no europeo (dejémoslo así) abre un agujero en uno de esos muretes de piedra tan comunes en la Inglaterra rural que marcan lindes, un muro sin más historia pero que probablemente sea más antiguo que Estados Unidos.

Ahora, si eso es un delito no cabe duda que es un delito muy menor. Pero lo que llama la atención del vídeo no es la gravedad de la acción, sino su absoluta falta de sentido. El extranjero (sensu lato, que quizá tenga nacionalidad británica) no gana nada con su obra destructora. Si su intención fuera abrirse paso, afanarse en abrir un amplio agujero destruyendo aquel muro centenario es mucho más laborioso que pasar por encima. No tiene sentido.

Pero lo que no tiene sentido para el foráneo es el muro mismo. No pertenece a su cultura. No es exactamente como quemar Notre Dame, pero el impulso (o, mejor, la facilidad con la que cede a él) es parecido: no significa nada para él, no lo construyeron sus ancestros, no forma parte de su paisaje emocional, de su memoria ancestral.

En unos puede ser indiferencia en la destrucción casi pasiva de lo que no se entiende ni se comparte. En alguno, cierto rencor hacia lo ajeno en una tierra que ahora quiere hacer suya, el instinto del bárbaro, el impulso de las tropas mongolas de destruir todos los manuscritos de la inmensa biblioteca de Bagdad y arrojar las páginas arrancadas al Tigres, que corrió negro por la tinta durante días.

La idea de que lo que hemos construido va a continuar sin nosotros, con otra mayoría, es tan iluso como el «patriotismo constitucional». Es, incluso, una idea profundamente racista, que niega a los recién llegados una humanidad que también está hecha de lealtades propias y de un modo peculiar e entender el mundo y la sociedad, ajeno al nuestro.

En el absurdo agujero abierto en un humilde muro rural inglés he visto la perfecta metáfora de nuestro destino.

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