El término «neocon» designa a los neoconservadores norteamericanos y, por extensión, a los que han recibido su influjo. El prefijo neo no hace referencia a que inventaran un conservadurismo nuevo, sino a que todos ellos venían de la izquierda (los «liberals», que dicen allí). Se trata, pues, de conversos, del mismo modo que los judíos conversos de nuestros siglos XIV y XV eran «cristianos nuevos». Desde el punto de vista intelectual, el fenómeno neocon fue muy importante en los años 70 y 80, y basta pensar en nombres tan relevantes como Kristol, Bell o Podhoretz. Nadie negará la importancia de su crítica a la hegemonía cultural de la izquierda, que realmente marcó una época. Pero al tratarse de conversos, la escuela llevó consigo los rasgos habituales de todos los conversos de todos los tiempos, empezando por la convicción mesiánica de la propia superioridad y, en consecuencia, de la legitimidad de aniquilar al contrario, percibido como el Mal. Eso se vio con mucha claridad cuando lo neocon se hizo carne, o sea, política práctica, en tiempos de Bush II: allí nació la idea de que la democracia liberal es el supremo bien, encarnado por los EEUU, y de que el enemigo geopolítico es el Eje del Mal, elástica categoría donde caben lo mismo Nicaragua que Irán y, por supuesto, China y Rusia (para algunos, también Orbán). La izquierda es una religión alternativa, una secularización de la escatología cristiana. Los neocon, al pasarse a la derecha, renunciaron a la vieja fe, pero no a su sed de religión laica, y así terminaron llevando en la mochila buena parte del viejo dogmatismo —vino nuevo en odres viejos—, la vieja intolerancia, con una vehemencia que al viejo conservador, al tipo de derecha-de-toda-la-vida, llega a hacérsele francamente incómoda.
Ocurre que el conservador cabal, por definición, es un realista, y por tanto huye despavorido del optimismo antropológico: no cree en la bondad general de los hombres (menos aún en la bondad esencial de tal o cual régimen político), ni en la visión progresista de la Historia, ni en la resolución definitiva de todo conflicto ni en el carácter moral de las ideologías. Más bien reserva todas esas cosas para el ámbito metafísico y, al contrario, desconfía de los que se envuelven en maniqueísmos demasiado pedestres, porque la idea pura del Bien sólo se halla en Dios y calzársela a la democracia liberal resulta tan abusivo como hacerlo con el socialismo científico. El conservador, porque es realista, tiende a cierto escepticismo trágico, y del mismo modo que reconoce de inmediato la existencia de un enemigo político, así acepta de forma natural la idea de que siempre habrá un enemigo u otro, lo cual le vacuna contra la pretensión —tan mesiánica, tan neocon, tan… de izquierda— de aniquilarlos a todos. Por eso resulta fascinante observar cómo, hoy, el talante neocon se ha apoderado de buena parte de la derecha liberal, empujada de forma patente a adoptar maneras que casan bastante mal con lo que pudieron pensar o sentir sus abuelos.
Así como la izquierda es, con frecuencia, una caricatura de lo peor de las estructuras eclesiásticas, así el liberalismo neocon deriva con asombrosa facilidad hacia una réplica de las hierocracias, con sus sacerdotes o sus ayatolás henchidos de santa intolerancia que promulgan fatuas inapelables contra el disidente, dispensan aquí y allá bulas según les convenga y condenan al fuego del infierno al que ose balar fuera del rebaño. Aquella vieja máxima revolucionaria de «no haya libertad para los enemigos de la libertad», fuente del totalitarismo moderno, vuelve ahora con otros ropajes, pero con el mismo espíritu, y el tipo de derecha común, que al principio ríe las gracias del ayatolá, termina sintiendo que le han metido en un mundo que no es el suyo. Tal vez porque ese mundo, todo sea dicho, ha desaparecido ya, y es muy difícil ser conservador cuando no hay gran cosa que conservar. El viejo mundo, aquel que se dividía entre derecha e izquierda, ha sido reemplazado por este otro donde se nos empuja a elegir entre un socialismo que se convierte en nihilismo a ojos vistas y ese liberalismo de ayatolás que empieza a funcionar como nueva religión laica. Sí, es legítimo el deseo de escapar de aquí.