Menos mal que aún nos quedan las musas del sanchismo. A ellas hemos de agradecerles los arrebatos de sinceridad de los que adolece el jefe, siempre en busca de una coartada que justifique invasiones y censura. La ministra Sira Rego reconoce que es partidaria de limitar y prohibir el uso de la red social X no sólo para los jóvenes, sino para toda la población. Igual que Irene Montero admite que el objetivo de inundar España de inmigrantes es reemplazar a la población autóctona (fachas fuera; marronas dentro), Rego se abre de capa y dice que la cosa no va de proteger a los menores, sino de la censura total en las redes sociales.
Y es muy de agradecer esta sinceridad de algunas de las portavoces del feminismo, que tanto callan con las violaciones y agresiones que sufren los menores a manos de extranjeros. Que no abren la boca por las mutilaciones del clítoris o los matrimonios forzosos que tantas niñas padecen en España. Esta misma semana un magrebí de 16 años ha violado a un niño de cuatro en un centro tutelado de Navarra y veinte marroquíes han pegado una paliza a un padre y a su hijo en Almería. Jamás nos hubiéramos enterado si no fuera por las redes. Irene y Sira lo saben. Y Sánchez también, que si aplica la censura es para proteger a los menores “del salvaje oeste digital”.
Pero Rego, que ostenta la cartera de Juventud e Infancia, no se anda con las sutilezas del líder, que va al New York Times a vender su mercancía averiada —la invasión— y mendigar la aprobación del globalismo más depravado del que aspira a ser punta de lanza en Europa. Sánchez entra al cuerpo a cuerpo contra los tecno-oligarcas a los que cree humillar inventando citas de El Quijote, que ya es mala suerte que no lo haya leído ninguno de los mil asesores de la Moncloa. Ni citar sabe ya —quién lo diría— el que copió su tesis doctoral.
Cuando el wokismo retrocede en todo Occidente, Sánchez convierte a España en los últimos de Filipinas de la posmodernidad. Quiere proteger a los menores en las redes el Gobierno que ha puesto en la calle a cientos de violadores, asesinos y pederastas, y rebajado la condena a más de mil por la ley del «sólo sí es sí». Las mujeres y niños nunca han sido más vulnerables, en parte porque los que deberían custodiar las puertas de Constantinopla las abren a los bárbaros.
Sánchez también pretende que los directivos de las grandes tecnológicas asuman responsabilidades por las infracciones en sus redes. Y habla del delito de odio, comodín que su colega Starmer utiliza para enviar a la policía a detener de madrugada a quienes escriben mensajes contrarios a la corriente dominante. El Reino Unido otorga trato de criminal a un hombre que contó en redes que estaba harto de ver banderas de Palestina y a otro que publicó los delitos cometidos por inmigrantes. El lechero de Churchill es sólo un recuerdo de aquella Merry England que ya no existe más que en Mary Poppins o The Crown.
Ojo, hablamos del país que ocultó durante décadas que 1.400 menores fueron violadas por bandas pakistaníes en la ciudad de Rotherham. A la policía británica se le escapan los depredadores sexuales foráneos, pero no los nacionales que opinan a contracorriente. Por eso denunciar una violación es racismo y decir la verdad delito de odio.
Claro que esta atmósfera que preludia el colapso civilizacional ha tenido padrinos en casi todos lados. Liberales pata negra como Arcadi pedían hasta hace dos telediarios un Ministerio de la Verdad. Toma fact-checking, Ana Pastor, que Espada llegó antes al mundo orwelliano.
El proceso es el siguiente: las élites que trajeron multiculturalismo, desarraigo y delincuencia no permiten a los nacionales expulsados de sus barrios defenderse en las redes. Te invaden y a callar. Sánchez, Starmer y toda esa generación de políticos que no puede poner un pie en la calle lo que en realidad temen es que los jóvenes accedan a información que jamás fabricarían los creadores de contenido con patente de corso gubernamental. Para eso está Broncano, recién renovado, al que los españoles pagarán 100.000 euros por programa. Barbacid necesita 30 millones de euros para la investigación del cáncer de páncreas, uno menos de lo que nos costarán dos temporadas del humorista del sanchismo.
Pero no todo es cuestión de dinero. El alma de los jóvenes —como decía Gramsci— está en juego. Y quienes jamás renunciarán a las aulas para moldear conciencias e incitan a los menores a mantener relaciones sexuales con adultos tampoco entregarán la hegemonía de las redes sociales, único agujero del discurso oficial en la decrépita Europa.