Un socio absolutamente fiable
Un socio absolutamente fiable
Por Iván Vélez
3 de agosto de 2026

«De Melilla a Nador hay un paseo/todos los días bajo yo/a ver la mora que tengo/a darle mi corazón/y a cantarle por flamenco». La copla, evocadora de tiempos coloniales, la cantó Camarón durante una juerga nocturna sevillana sobre un trasfondo de grillos y vasos chocantes. En algunas de sus idas y vueltas, el flamenco habla de legionarios. También, desde los setenta y de la mano de Smash, de Ketama. Nada de extraño hay en ello, pues el norte de África es parte de nuestra historia más reciente, la invasión de Ceuta ocurrida la semana pasada, y de la más remota. En aquellas tierras se urdió la traición de don Julián —don Urbano, según otros— a la que dio continuidad don Oppas. Establezca el lector los paralelismos que se le antojen.


La sorprendente aparición del Nuevo Mundo desvió los planes norteafricanos que elaboró Cisneros, consistentes en recuperar, restaurar, reconquistar, lo que había sido hispano. Cristiano, en suma. Aquella tierra era un anhelo y una amenaza. Tan fue así, que Alfonso X concibió el fecho del Allende o fecho de África para conjurar el peligro mahometano.


Que Ceuta y Melilla son ciudades —plazas, se decía en tiempos— españolas es algo que la Historia avala pero que nuestros mandatarios desmienten con su sumisión a Marruecos. Un moroso repaso de lo ocurrido en las últimas décadas lo avala. Desde la visita que Juan Carlos I hizo a Ceuta en 2007, ninguna testa coronada ha pisado la antigua Septem Fratres. En cuanto al Ejecutivo, Suárez visitó la ciudad en 1981. Felipe González, asistente la semana pasada a la Fiesta del Trono, no lo hizo nunca durante los casi 14 años que permaneció en La Moncloa. Aznar estuvo dos veces como presidente del Partido Popular. En 2006, ya como Presidente del gobierno, Zapatero visitó Ceuta y Melilla. Lo hacía después de acceder a la Presidencia del Gobierno tras los atentados del 11M de 2005 de los que Federico Trillo, en la presentación de sus Memorias de anteayer, dijo tener la absoluta convicción de que fueron cometidos por «comandos moritos» enviados por Marruecos bajo coordinación de los servicios secretos franceses. «Siento ser tan claro», remató, antes de asegurar que la CIA y el MI6 coincidían en que detrás de los moros había un servicio de inteligencia continental.


El paseo que se han dado decenas de miles de marroquíes entre Castillejos y Ceuta, tan distinto al cantado por José Monge, ha propiciado una nueva visita de Sánchez. En esta ocasión lo ha hecho acompañado de Grande-Marlaska, ministro del Interior, pues quien maneja la cartera de Defensa no ha comparecido, que ha asegurado que Marruecos es «un socio absolutamente fiable». En cuanto a Felipe VI, ni está ni se le espera. Un comunicado en el que no se nombra a Marruecos ha sido todo lo que ha emanado su palacio estival. Doctores tiene la Casa que sabrán calibrar si esa actitud, que se justifica apelando a las limitadas facultades que le otorga la Carta Magna, fortalece la transmisión de la herencia a su real progenie.


Sea como fuere, lo cierto es que la fiabilidad de nuestro ¿socio? del sur es más que discutible. Si atendemos a las palabras de Trillo, la sociabilidad marroquí prefiere a un gobierno socialista por razones que son fáciles de adivinar. A los atentados del 11 M hay que sumar el intento de toma del islote de Perejil que tantas chanzas provocó entre esa progresía que ignora el significado del concepto «soberanía». Aquel episodio se produjo durante un mandato popular, coloración que tiñe Ceuta desde hace un cuarto de siglo en el que la ciudad ha seguido un imparable proceso de marroquinización acompañado del nombramiento de Abascal como persona non grata por pedir lo que ahora implora Vivas. Mientras escribo estas líneas, ya se conoce el despliegue de un «elemento de contención» en la fronterilla del Tarajal: una boya.

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