Un X perdido en X
Un X perdido en X
Por Hughes
2 de septiembre de 2025

Las reacciones de, digamos, cierta incomprensión que provocó mi último articulillo me han llevado a pensar que algo más que la hispanidad/hispanchidad estaba en juego. Se percibe el aroma de algo reconocible.

EL MOMENTO

Verdaderamente, es extraño que cuando una fuerza política española pone en el centro del debate público la inmigración como problema, algunos que se dicen contrarios a la inmigración arremetan contra ese partido. Esto es de una gran originalidad.

Ha sido el verano de Jumilla, del Open Arms y del intercambio de mensajes entre Abascal y la jerarquía de la Conferencia Episcopal y justo cuando eso sucede, y cuando se empieza a ganar una centralidad en el debate, se organiza una polémica sobre la inmigración no africana ni magrebí sino hispanoamericana. Y es de verdad original que esa polémica se dirija contra la Hispanidad.

LA HISPANIDAD, DE REPENTE BAJO SOSPECHA

Es también extraño que personajes o bots (o quizás organismos ya entre medias) con banderas de España, gran prosopoyeya nacionalista, desde la derecha de la derecha de la derecha, con mensajes de esencias, de pureza salvapatria y gran «basadez» (el estar de vuelta, el jugar en el extremo de la vanguardia) así la tomen con un concepto que es absolutamente de derechas.

La Hispanidad se convierte en sospechosa y se llega a decir que hemos de mirar a Europa, que semos Europeos, que nada nos une con Hispanoamérica, que si romanticismo, que si confabulación anglo-pancho-sionista… Se iguala a globalismo (con dos cojones) y se fabrica una ecuación mononeuronal por la que mencionar la hispanidad= llenar Moratalaz de peruanos. Si Miguel de la Quadra-Salcedo quisiera hacer ahora una Ruta Quetzal, ¿podría? ¿podríamos ver a los niños de todos los países viajando al Orinoco?

LA HISPANIDAD, PLUS QUAM ESPAÑA, PLUS QUAM DERECHA

De repente, personas del derechismo más recalcitrante (tan recalcitrante que no tiene que tratar con la realidad en punto alguno) ponían en solfa el concepto, la idea. Una idea que acuña Zacarías de Vizcarra, un cura vasco y euscaldún pero de patriotismo español apasionado; el término, que pretende sustituir al de raza, lo lanza y usa Maeztu, también Morente, desarrollan la hispanidad intelectualmente y Franco, en los 40, crea el Consejo de Hispanidad, sustituido después por el Instituto de Cultura Hispánica. En los años 50 se firman los tratados de doble nacionalidad con países hispanoamericanos, por ejemplo. Y ese instituto lo dirige durante unos años Blas Piñar, que escribe lo siguiente en un largo artículo sobre la Hispanidad:

«De aquí que haya de buscarse preferentemente la cantera para las nuevas aportaciones demográficas en los países que integran la Comunidad de naciones hispánicas, o en aquellos otros que presen­tan con los mismos el mayor número de afinidades, pues la realidad demuestra que los grupos emigratorios muy diferenciados se enquistan y endurecen dentro del país, hacen dentro del mismo su pequeño mundo y tardan en incorporarse plenamente al quehacer nacional. Por el contrario, la inmigración española o portuguesa a las naciones de su lengua, ha puesto de relieve que, a la primera generación se funde y entraña con el país al que estima y considera como su patria».

Esto lo escribe a finales de los 50, desde una perspectiva tan emigratoria como inmigratoria. No soy ningún especialista en Blas Piñar, pero casi todos hemos visto un vídeo de los años 80 en el que advierte del problema de lo que él llama, no inmigración, sino «invasión». Observa a Le Pen, lo que sucede en Francia. Pero añade alguna puntualización. Se refiere «especialmente al mundo mahometano»; la invasión es un «fenómeno desde el tercer mundo y especialmente de África».

Si echamos la vista atrás, la Hispanidad recorre el tradicionalismo, Acción Española, la Falange, el franquismo y llega con Piñar hasta Fuerza Nueva. No se trata de un concepto de izquierdas, ni inventado por Gustavo Bueno o Gullo. Está en la columna vertebral del nacionalismo español del último siglo.

Otra cosa es que la hispanidad luego se use o pretenda usar para lograr una comunidad contra el comunismo, o rendirla a Rusia o China.

Pero la Hispanidad es, inicialmente, un patrimonio intelectual y político de la derecha. Por eso es sorprendente este repudio desde posiciones de supuesto derechismo overtonclasta.

La hispanidad tampoco es una pérdida de tiempo. Si lo fuera, no habría tanto interés detrás. En un momento en el que las ideologías se difuminan y vuelven las identificaciones religiosas e incluso (veremos) raciales, la Hispanidad es una forma de ser en el mundo. Es un sustrato religioso, cultural, histórico, casi antropológico. Pueden llamarlo Hispanidad o llamarlo de otra forma, pero es algo con importancia. El contenido de esa placa de Petri, de esa probeta cultural podría desarrollar vida cuando no haya nada más.

Es, por otro lado, un continente lingüístico, una esfera de lenguaje. Otra forma de «instalación» en el mundo (y Rusia justifica intervenir por los rusófonos).

Es un gran patrimonio diplomático, cultural, económico, político y hasta metapolítico. Así que puede y debería haber concurrencia de hispanidades, competencias por su modulación, pero ¿abandonar o rechazar la idea?

Y es importante recordar que en las visiones fundantes de la hispanidad se evita la raza. Visto así, es natural que la Hispanidad repugne a quienes miran racialmente porque como concepto se sitúa por encima.

Esto es curioso: cuando los alemanes racializaban su germanismo, España desracializaba su hispanismo. Los larperos meset(arios) y los imitadores de soniquetes norteamericanos a la moda (que ahora veremos) tienen  un problema intelectual grave con la tradición de la derecha española. Y la hispanidad está en el centro. Mismamente, las formas, ese desprecio bellaco al hablar del otro son antiespañolas, impropias del estilo español y producen, como compatriotas, una vergüenza profunda. Mucho caballero cristiano no llega ni a caballerete.

Para la derecha española del siglo XX, la Hispanidad tampoco era algo que España liderase ya; se habla de hermandad o incluso del empuje americano, como en esas parejas que se ven por la calle (una de las formas que adopta la llamada «invasión» hispana) compuestas por un anciano español y una cuidadora hispanoamericana. La juventud de América ha de tirar del brazo de una vieja España.

Por eso, también, la situación ideológica, la estabilidad y la salud política y económica de esos países tiene, cada una ellas, gran importancia (por eso el disparate ideológico, el acreditado disparate ideológico es, en cierto modo, antihispánico).

UN AMBIENTE, UN TONO

Las voces críticas que hablan de hispanchismo (término que, ahora veo, Juan Manuel de Prada acepta usar parcialmente) son quizás marginales pero interesantes de analizar por otro motivo; porque surgen en Internet, en X, antiguo Twitter, ahora mismo el vehículo que le queda a cierta España y a cierta visión del mundo para expresarse. Esto es lo relevante de la ‘polémica’: que retrata el ambiente de Internet. Expulsada de los periódicos, las televisiones y las grandes emisoras, a una entera opción política le queda Internet, pero Internet es un medio mutante, transformable por algo más que la censura gubernamental. Tiene su virología.

¿Qué vienen a pedir los terminantes panchitófobos? Ideológicamente, se pide evitar la «sustitución étnica». Cerrar fronteras, deportar a discreción. Se pone el énfasis en cuestiones existenciales más que económicas. Ni siquiera raciales. Esa sensación que se tiene a veces de no ver españoles. Se incorpora aquí, plenamente, el gran reemplazo de Renaud Camus y la ansiedad conflictiva de Reino Unido o Francia.

En España justo ahora acabamos de empezar a poder cuestionar la inmigración, pero algunos consideran que es urgente hablar de proteger al blanco y generalizar la expulsión de todo el mundo o incluso renunciar al PIB.

¿Creen que tiene mucho punch electoral ese mensaje? El metro a veces parece Tegucigalpa, pero ¿será aceptado mayoritariamente ese progresivo difuminado, esa angustia existencial, incluso esa incomodidad como razón suficiente sin mayor conflicto? La disolución demográfica y nacional dura años y no ha importado y la xenofobia no es suficiente. Hay que imponer una narrativa sobre la imposible asimilación, sobre heterogeneidad cultural insalvable. Tiene más recorrido el impacto económico en la clase trabajadora.

ESTO YA LO HEMOS LEÍDO EN ALGUNA PARTE

Se incorpora el tópico de la «sustitución étnica» (podrían acusar a los conquistadores de haberse prodigado étnicamente en exceso), con un estilo que copia el de Estados Unidos.

Es una mezcla de islas de zangolotina erudición amarillenta con hiperventilados de toda la vida e imitadores de los groypers estadounidenses del podcaster/influencer Nick Fuentes, sin que se avizore su talento oratorio (imaginen una chispeante brillante verbal gay al servicio de la raza).

La libertad sin filtros del X eloniano y Youtube funden estilo y contenido: Internet es la parresía, la verdad, lo no dicho, decir lo que no se podía decir, como si solo así se justificase la cibercomunicación: transgredir todos los dogmas boomers, copular edípicamente con la mamá matando al papá boomer. Todo debe ser racista y antijudío. Kanye West convierte en estribillo Heil Hitler. Es un torpedo musical al tabú fundacional de posguerra. Hasta Tucker Carlson, ya en internet, fuera de la Fox, entrevista frenéticamente a todos los que pueden revelar teorías de la conspiración o incluso nuevos puntos de vista de la 2GM: Adolf, Winston… ni los buenos son tan buenos

Pero Carlson, por ejemplo, es un carroza que se suma apresuradamente a un nuevo estilo, y ese estilo es de voces casi indistinguibles, como un ejército de bots, una alt right evolucionada, cortante y unidimensional. Ese estilo de Fuentes se traslada a España, lo copian. Y si ya se puede decir Hitler… ¿qué no se puede decir?

Un chaval se sienta al teclado y mientras se rasca un huevo escribe: Franco era un bumerazo.

Ya no es exactamente la primera Alt Right. Son nativos digitales absolutos. A veces, salvajes digitales. Llegan aquí, no es difícil detectarlo, imitadores de ese racismo directo y lúdico y se mezclan con imitadores del espartanismo erudito de BAP. En realidad serían opuestos, pero… ¿quién se va a enterar?

Esta polémica del hispanchismo responde a un interés político evidente. Nos preguntamos: ¿a qué portería chuta esta gente? Pero hay también algo (algo) de juvenil espontaneidad. Convive la sempiterna derecha CNI, friquis de toda la vida, algún oportunista y algo de esto: las primeras trasposiciones españolas del estilo nickfuentes en la toma de la Bastilla Búmer.

Se genera en X un nuevo estilo que es muy difícil de tratar. Alta parresía racial-racista y posboomer, imbatible en cierta edad. La reductio ad hitlerum se convierte en reductio ad judeum. No se habla desde la derecha sino como blanco-católico. Sucede algo curioso. En EEUU acaban criticando a Trump, por ejemplo, diciendo cosas que dirían los demócratas o, al menos, cosas que la izquierda desearía que la derecha dijera. Se comportan como si su interés fuera descabezar a los líderes reales, efectivos. De tan puros son antiMAGA.

DOS FORMAS DE PURISMO

Conocíamos otro purismo loser. Más nuestro. El preconciliar o antiguo régimen. El que todo lo ve capitalista, americanista, nunca lo suficientemente de derechas… El que dice, no sé, que comprarse un ipad es rendirse al consumismo demoníaco que corroe Occidente al servicio del tecnofeudalismo protestante yanqui y poshumano… A punto de declararse en España un Estado federal, el problema de la derecha española sería que no se declara ortodoxa.

Ahora conviven, se solapan, esos dos purismos, el ya conocido nuestro (entrañable) y el abiertamente  racista a lo nickfuentes. Uno se pone un ropaje religioso-moral, el otro racial. Dos formas relativamente exitosas de garantizar que la derecha no consiga nada.

EL MOMENTO DEL INTERMEDIO GENERACIONAL

Tras mi pobre artículo, llegaron los improperios, pero esto es normal. Lo predominante, algo nuevo, era la sensación de estar entre dos mundos. Excluido de los dos; incapaz de sentido en ambos. Una sensación generacional, aunque lo generacional no sea tan importante.

Pero entre la Generación del Boom y la Generación Z, los boomers y los zeta y millennials rezagados, los viejos y los jóvenes, estamos algunos, ya talluditos, incapaces de seguir en un tren que en realidad nunca fue nuestro y de subirnos en el siguiente. Yo era, ayer, un miembro de la generación X perdido en X. Alguien pasmao en un andén. Los boomers apuran su mundo, los Z piden el suyo con auténtico odio generacional. Yo no sé, realmente, cuál es peor. La hegemonía de unos y la fría resolución obtusa que se adivina en otros encajan como las mandíbulas de una flor carnívora.

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