Saltó el otro día a los medios la noticia de que un niño de un año había sido eutanasiado en Países Bajos. Su caso pasó a engrosar la lista de miles de personas eutanasiadas cada año en dicho país. En 2025 fueron un total de 10.341 personas, un 4% más que el año anterior.
La nuestra, como buena generación de pusilánimes, ha sustituido las estampitas en la cartera por una gomita de látex que nos permita vivir pensando que las consecuencias son evitables. Y ha permitido a la vez poner a las mujeres a disposición de los caprichos del varón.
Como bien cuenta Rafa Lafuente, si a una mujer se le pidiera que hiciera dos listas, una con los nombres de aquellos hombres con los que tendría relaciones sexuales sin preservativo y otra con los que sólo las tendría usando preservativo, nos encontraríamos con una lista seguramente de un solo nombre para el primer caso y otra mucho más larga para el segundo.
La tesis de Lafuente, más que certera, señala a los anticonceptivos como el origen de todo el desorden moral y sexual que padecemos. Y claro, acostumbrados a vivir como si las consecuencias de nuestros actos fueran evitables, hay que ir parcheando todos los errores que puedan colarse entre las partículas de látex.
Y así se empiezan a distribuir pastillas del día después como si de gominolas se tratara y se convierte el aborto en algo indispensable para asegurarnos de que, en caso de fallar la gomita, podamos al menos evitar las consecuencias. Aunque sea a costa de sacrificar la vida de nuestro hijo.
Pero como a veces incluso el aborto puede no ayudarnos del todo, pues hay enfermedades indetectables, y por nada del mundo podemos consentir que lo inesperado, la incomodidad o el sufrimiento hagan acto de presencia en nuestra vida, tiene que existir la eutanasia, que nos permite ejecutar a nuestro hijo —que ya habla, camina y nos abraza—.
Y así conseguimos cerrar el círculo a la perfección, sabiendo que si falla la gomita, tenemos la pastillita. Si falla la pastillita, tenemos la trituradora, porque ojos que no ven, corazón que no siente. Y si no hemos podido triturarlo a tiempo, siempre podemos aplicarle una muy quirúrgica e higiénica inyección que devuelva la tranquilidad a nuestras vidas.
Pensamos que podemos fabricar una generación de superhombres eliminando las consecuencias de nuestros actos para vivir mejor y la enfermedad del mundo para no sufrir. La generación más débil y cruel, incapaz de acompañar al enfermo, resuelta a acabar con él, piensa que conseguirá crear una sociedad de superhombres, cosa harto difícil tratándose de una caterva de cobardes y asesinos pusilánimes.