Una sociedad esterilizada
Una sociedad esterilizada
Por Carlos Marín-Blázquez
8 de agosto de 2025

Se puede vivir con menos. Siempre se puede vivir con menos. De hecho, la trayectoria de las sociedades occidentales durante las últimas décadas así lo confirma: sigue el itinerario de una continua desposesión. «¿Hasta qué punto?», cabría preguntarse ahora. El límite todavía no está marcado, pero en ningún caso se alcanzará el extremo de despojamiento célebremente anunciado hace unos años por el Foro Económico Mundial, recordemos: «No tendrás nada y serás feliz».

No, tendremos algo. Nos dejarán algo. Saben que deben dejarnos algo, porque ese algo que nos dejarán es lo que evitará el peligro de una revuelta masiva. Y porque, además, si no nos dejaran nada, ¿de dónde iba a extraer el Estado los recursos necesarios para alimentar su descomunal aparato burocrático? Pensémoslo un momento. Quien ya lo ha perdido todo no tiene nada más que perder si se rebela. Pero quien todavía tiene algo a lo que puede llamar suyo vive con el temor constante de que se lo arrebaten. Y ese temor lo vuelve dócil.

Fijémonos en España, una de las naciones más notoriamente perdedoras de ese controvertido fenómeno conocido como globalización. Su industria casi desmantelada, su agricultura en vías de desaparición, su sistema educativo en eterno estado de naufragio, su tecnología bajo mínimos, su sector energético en precario, su soberanía económica inexistente, su clase media empobrecida (97 subidas de impuestos), su sistema de pensiones en vilo, sus servicios públicos calamitosamente gestionados, toda una generación de jóvenes sin perspectiva de trabajo estable ni vivienda propia… ¿Cómo se aguanta una situación semejante cuando, además, el marco que la envuelve lo compone un régimen incompetente y corrupto, copado por una élite zafia y marrullera muy verosímilmente puesta al servicio de intereses extranjeros?

Las cosas, sin embargo, rara vez suceden de un día para otro. Las hecatombes sociales requieren sus tiempos. Hay largos períodos de incubación. Una perseverante labor de demolición precede al estado de cosas presente. Pero la ruina no puede ser total. Por eso las inteligencias depredadoras que dirigen la nave del Estado llevan tiempo transformándolo en una inmensa maquinaria asistencial. Ese es uno de los métodos a través de los cuales nos han esterilizado. En lugar de ensanchar las expectativas de futuro de una nación repleta de posibilidades, se han dedicado a procrear una sociedad enferma de ese mal degenerativo que acaba pudriendo el porvenir de las naciones: el conformismo.

Y es a ese conformismo a lo que pretenden que nos aferremos. A las migajas de un subsidio, a la muleta de una ayuda social, al bono que, si acabas de cumplir la edad mínima para poder votar, te sufraga una conexión barata a internet o te costea un periplo mochilero por Europa. En lugar de propiciar las condiciones para que florezca el empleo digno, presumen de aumentar un mes tras otro el número de beneficiarios del ingreso mínimo vital. En vez de invertir en una educación de calidad, limpia de despropósitos ideológicos y que implante en los más jóvenes la semilla del interés por la cultura y el afán de superarse, derrochan millones en una televisión pública saturada de propagandistas apesebrados y bufones al servicio del poder.

Así se corrompe una nación, así se malogra una sociedad. Al expolio espiritual le sigue el saqueo material. Pero no se le despoja de todo, siempre se le deja que siga poseyendo algo para que la gente piense que podría ser peor. Y es verdad que podría serlo. Pero también podría ser mejor, mucho mejor, aunque para eso se requiera un inmenso esfuerzo colectivo, abundantes dosis de resistencia a la mentira institucional y la autoestima imprescindible para rebelarse contra el desgobierno de la élites inversas. Porque con lo que nos están dejando sólo hay para habitar menesterosamente este páramo de ahora. Nada de mirar hacia el futuro y abrir una vía de continuidad para las generaciones del mañana. Hasta aquí hemos llegado. Con nosotros se acaba todo. Hemos perdido la confianza en el futuro y por eso la doma social, el largo proceso de esterilización que lleva décadas en curso entra ahora en su estadio definitivo, éste sí plenamente biológico. Se llama suicidio demográfico y hasta es posible que nos lo vayan a presentar como la conquista decisiva del progreso que con tanta euforia hemos abrazado. Es el triunfo de la perfidia, el engaño y la imbecilidad. Es el éxito de una sociedad que —repleta, eso sí, de supuestos derechos otorgados— está ahora mismo a las puertas de su extinción.

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