Ussía
Ussía
Por Rafael Nieto
7 de diciembre de 2025

Una de las leyes inexorables de la vida es que las personas mayores se van muriendo casi siempre antes que uno, y van dejando vacío el mundo de nuestros recuerdos; también el de nuestros afectos y amores. Te vas quedando sin pasado poco a poco, y esa es la mejor prueba de que también se va quedando uno sin futuro, mientras el presente corre que se las pela. Un día coges tu teléfono para llamar a alguien, y antes de marcar caes en la cuenta de que ya no está; no es fácil acostumbrarse a esto, pero es tan cierto como que ustedes me están leyendo ahora mismo. 

Se ha muerto Alfonso Ussía, que fue el primer columnista de prensa diaria al que yo «me enganché» con apenas 13 o 14 años. Corría al kiosco a comprar el ABC, y antes de que mi padre lo pudiese hojear, ya había leído yo la columna de Ussía, y después la de Jaime Campmany. Ellos con sus artículos, y José María García en la radio, me fueron convirtiendo en periodista bastante antes de que yo me hubiese decidido a serlo, y después a estudiar la carrera. Fueron, para qué negarlo, mis «padres de la opinión», en unos años donde la sociedad era mucho menos compleja que ahora, y en España, el «felipismo» era una desgracia política infinitamente más pequeña que el estercolero que padecemos hoy todos.

Ussía despedazaba a los protagonistas negativos de sus columnas con una exquisita elegancia y una afiladísima pluma, mostrando una habilidad inigualable para ser siempre un caballero, incluso para insultar. Su estilo directo, su ironía arrolladora, la forma como iba deslizando sus argumentos a lo largo de los párrafos eran, simplemente, magistrales. Si encuentran ustedes algo más o menos talentoso en alguno de mis artículos, tengan la seguridad de que hay en ello una parte muy grande de todo lo que aprendí leyendo a Ussía a diario, durante muchos años de mi vida. 

Creo que aquel Ussía, el del ABC de Ansón, fue la mejor versión que yo recuerdo de este genio de las letras, a quien también escuchaba por la radio en las tertulias de Luis del Olmo. Luego tuvo otras etapas, y seguí apreciando sus escritos, pero quizá sentí que nuestros caminos se apartaban, en parte ideológicamente, y en parte porque todos nos vamos haciendo mayores y en ese envejecer despacio va también una inevitable evolución personal. El joven periodista que fui, que prefería quedarse sin comer a quedarse sin leer a Ussía, es hoy un cincuentón agradecido a Dios por haber tenido tantos «padres» en este oficio, tantos maestros, tantas influencias.

He visto el deterioro físico de don Alfonso durante los últimos años, en fotografías y vídeos, y aunque era fácil suponer este final, ni por asomo creí que sería tan pronto. La noticia me ha dejado tan frío como el ambiente de este diciembre madrileño; echando la vista atrás y recordando aquella España tan distinta a la de hoy. Recordando la risa inimitable de Ussía cuando su gran amigo Luis Sánchez Pollack, «Tip», soltaba uno de sus disparates; o cuando Antonio Mingote, otro de sus incondicionales, plasmaba en una viñeta la noticia del día. Aquella generación de ilustres nos hizo más digeribles unos años que, políticamente, ya fueron desoladores, un preludio inevitable de la cochambre actual. 

Nos deja el legado de sus libros, sus personajes geniales (como el Marqués de Sotoancho), y de sus incontables artículos. Nos deja también una clase y un señorío que los envidiosos confunden con la altivez de la soberbia. Nos deja una manera de escribir en prensa que no se hereda, ni se aprende, porque viene en parte de fábrica cuando nace la persona. Quienes nos hemos esforzado siempre por escribir como él nos sentimos hoy un poco huérfanos. Descansa en paz, maestro, Alfonso Ussía. 

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