«No eres mejor por no ver La Isla de las tentaciones». Eva Soriano, «monologuista, cómica y persona» (dice su perfil de X), se despachaba el otro día en su programa con esta declaración, que acompañó de otro montón de cosas.
Vamos a empezar por lo que dice y es cierto. Claro que la relación entre cultivarse y el tipo de persona que eres no es unívoca: no hay correlación uno entre cultura y bondad, como en realidad no la hay entre casi nada que hagamos y nuestro carácter. Como ella comenta, sí que existen pedantes —aunque sean muy pocos— que establecen esa ecuación imposible, «como si ver x tipo de programa te hiciera peor persona, inculto, estúpido o directamente imbécil». Pero esa posición extrema y minoritaria la usa para ocultar esto que es más cierto, y es que cultivarse importa, que es incluso un deber, aunque ella, digna hija de la generación de la derecholatría, no mencione esa obligación en ningún momento.
Es otra vez la falacia castro y mota, que consiste en defender dos conjuntos de ideas sobre el mismo asunto, el primero peregrino y el segundo plausible, de modo que, cuestionado el primero, se refugia uno en el segundo, acusando al adversario de impugnar esta base razonable; y en cuanto este nos da la razón —como no puede ser de otro modo—, volvemos a ese conveniente castro y añadimos todas las ideas disparatadas que no expusimos cuando corrimos a la mota a refugiarnos. En este caso la mota es que ser culto no te hace, con certeza, mejor persona, lo cual es indudable; y el castro, que no tiene impacto en tu sensibilidad ni por tanto en tu vida ver bazofia en vez de películas de Billy Wilder.
Capítulo aparte para la pesadísima mención a la superioridad moral de Soriano. Como ya expuse lo esencial en otro artículo, no insistiré en el fondo del asunto: tan sólo recordaré que ya basta de llamar superioridad moral a señalar que en el mundo hay cosas que son mejores que otras, porque es muy cansino. Que los que arrastran complejo de inferioridad escojan otro comodín del público.
El solo hecho de que la monologuista no distinga entre ficción y reality ya da para un ensayo. Es incapaz de distinguir «de lo que van» El apartamento y La isla de las tentaciones de lo que son; un reality que se hiciera de un tipo vengándose de quien mató a su padre (todo se andará) de Hamlet. Se le escapa que la cuestión no es «el intríngulis» (sic), sino el vehículo; que nada tiene que ver la pornografía con la cinematografía sobre personas practicando sexo, solo por poner otro ejemplo. La razón, seguramente, es que se ha normalizado el reality, que es, por definición, obsceno («ofensivo al pudor», DLE). No es culpa, desde luego, de Soriano, que ya no se distinga grabar a alguien tirándose un pedo o sacándose un moco de hacer cine; ella es una víctima más de esa decadencia.
Pero a lo mejor sí hay que atribuirle la estupidez de confundir realidad con reality, porque, en fin, ya es mayorcita. Lo de igualar un libro sobre Enrique VIII —La quinta reina de Enrique VIII de Ford Madox Ford, por ejemplo— con esa mamarrachada que ha urdido Tele 5 juntando a un puñado de discapacitados sentimentales con más músculos y curvas que neuronas es de su cosecha. Cada cual que lea o vea lo que estime oportuno: este es un país libre. Pero llamar pedante a quien entiende que lo peor no es lo mejor, a quien sabe que no es lo mismo visionar a una camada de jésicas y llados que vivir la historia a través de un gran texto es de primero de ignorante.
Hay hoy demasiada gente ciega a la calidad de las historias y los sentimientos. Todo ya vale lo mismo, todo es idéntico. Montoya corriendo por la playa, las chabacanas imágenes de su supuesta novia poniéndole los cuernos, junto a Jack Lemmon capturando en un espejo roto que Shirley MacLaine, a la que adora desde la distancia, tiene un affaire con su jefe, un adúltero y un necio: ¿cómo hay que tener de estragada la sensibilidad para igualar lo uno y lo otro? Una vez más: la culpa es nuestra, de todos, por permitir una educación que deja la sensibilidad intacta.
Como quien no tiene argumentos siempre termina intentando dar pena, sostiene Soriano que a ella le apetece, tras trabajar y comprar, sentarse a procurarse una «desconexión mental», por ejemplo disfrutando de cómo cierta gente real se prostituye sentimentalmente, que en eso, y no en otro cosa, consiste La isla de las tentaciones. A mí ésta es la parte que más me preocupa. Soriano no tiene familia y tampoco hijos ni desea tenerlos, hace un trabajo creativo y tiene 34 años: si normalizamos que ésa es la perspectiva de la gente de su edad, cero espacio para cultivarse incluso cuando la vida es relativamente sencilla y amable, imagine lo que nos espera o más bien ya tenemos. Mi juicio no es personal —sería impresentable—, sino sociológico, porque me lo encuentro en cada vez más gente joven, de vidas acomodadas, con tiempo más que suficiente, que sólo aspira a evadirse. Si bien cada cual se evade como quiere y cuando quiere, aquí no hay un mero ejercicio del derecho a dejar el cerebro en suspenso: al consumir este tipo de productos se promueven valores socialmente dañinos. Se aplaude la estupidez, la falta de respeto en el amor, la superficialidad sentimental y hacer mofa de quienes no dan para más, que son todos los que se prestan a este engendro televisivo. Aquí lo que se consume y se vende es la crueldad, en definitiva, y participan gente que con toda seguridad se considera superempática.
Termino. «El hecho de que yo vea un reality no me hace menos culta que tú», sentencia Soriano. Esto es de nuevo el castro y la mota. El problema, como decía Ortega en La rebelión de las masas, no es «que el vulgar crea que es sobresaliente y no vulgar, sino que el vulgar proclame e imponga el derecho de la vulgaridad o la vulgaridad como un derecho». Por ver nada es nadie menos que nadie. Ahora bien: por supuesto que tu dieta intelectual y sentimental, en la que entra sin duda lo que ves y lees, tiene un impacto en cuánto te cultives. Decir esto, que es evidente, no es impedir a nadie ver o leer lo que le apetezca: allá cada cual con su conciencia, como esta mujer sugiere. Pero a ver si sólo va a tener patente de corso quien dice estupideces, y quien sostiene la verdad va a cometer un pecado (el de importunar a las masas).