Xenelasia
Xenelasia
Por Hughes
7 de septiembre de 2025

Decía Nick Land hace muy poco que estar a favor de deportaciones moderadas se estaba convirtiendo en un nuevo y tembloroso centro.

Se refería al mundo anglosajón, donde las cosas han adquirido un nuevo tono –cargos públicos  juran por Alá–. Aunque España ha pegado un acelerón y en inmigración masiva ya está ahí ahí, la discusión no está tan desarrollada.

En Inglaterra hay voces en el Partido Conservador que hablan de reemigraciones, no es solo Farage, y Trump multiplica en Estados Unidos el número de deportaciones, aunque para algunos no sea suficiente.

En España fue hace muy poco, hace nada, el 9 de julio, cuando El País tituló con los supuestos deseos de Vox de deportar a ocho millones de personas («y a sus hijos»). Fue tras una rueda de prensa en la que Rocío de Meer hacía un alegato urgente por la conservación de España como pueblo; Samuel Vázquez, portavoz de seguridad, habló de algunas medidas técnicas y recordó la propuesta de deportación de ilegales, criminales y legales que no se adapten, quizás el islamismo que cuestiona el fundamento civilizacional.

No es poca cosa. Abascal lo reafirmó esta semana recordando la dificultad de la empresa. Hay un marco europeo de legislación humanitaria, para empezar. Sin embargo, hay gente que dice querer más. No pueden echar a Sánchez y van a echar a millones de legales…

Décadas tocando el violón y ahora, con razón, entran las prisas.

Overton genera sus oportunistas. Siempre hablamos de los centristas (o liberales que, súbitamente, piden Bukeles) pero también hay personas más, digamos, excéntricas, que acuden a vender su mercancía extravagante cuando otros les han abierto el espacio.

Cuando se derriba la ventana de Overton lo que queda es la realidad. Cuando la ventana de Overton ya no existe y se puede decir «¡deportemos a los que bailan reguetón!», «¡deportemos a las mujeres de anchas caderas!»,  el problema ya no es decirlo, sino hacerlo, en el caso realmente descabellado de que alguien pueda pretender tal cosa.

En un país en el que no somos capaces ni de garantizar la integridad de la Vuelta a España, con bandas mafiosas en cada costa y los golpistas amnistiados cuarteando la Hacienda, hablar de deportaciones que nos devuelvan a 1995 es un brindis al sol. Es, además, lo que quiere escuchar El País. O sea, es darle a El País su titular. Pedir deportar a millones y millones de personas legales es la mejor manera de colaborar a que no se deporte a nadie. En plata: el maximalismo deportador que principia en Internet es un argumento antideportación.

Otra cosa sería pedir cierre de fronteras a partir de ahora y que no pase ni Mastantuono, pero eso acabará en una discusión económica sobre el modo de crecimiento y el mercado de trabajo que el IBEX y los del dinero estarán encantadísimos de tener.

La expulsión de los extranjeros estaba prevista en las leyes de Esparta: era la xenelasia, y pretendía evitar el contagio de «malas costumbres». Salvaguardar la pureza dórica, la integridad cultural, la seguridad. Pero la xenelasia, que podría acabar siendo un nuevo ideal, un aullido a la luna contracultural y loser de Internet, la practicaban los espartanos, que no eran cualquier cosa, y en unos términos un poco más modestos (se estima que eran 35.000 habitantes).

Hay xenélatas como hay hispanoplanistas (no es mío el copyright) que han visto Overton y se les ha hecho el culillo pepsicola. Lo que dice Nick Land. Solo que aquí no gobierna Trump ni venimos de un Brexit ganado.

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