Y todo lo que podría llegar a tener
Y todo lo que podría llegar a tener
Por Roberto Granda
14 de junio de 2026

«Nos veremos en el infierno», le dice como postrera despedida Richard Harris al personaje que interpreta Sean Connery, en la excelente The Molly Maguires (Odio en las entrañas). Se lo espeta al hombre que traicionó y que le consideraba su amigo, al que condenó a un final de patíbulo como única redención por los pecados de alguien que no se arrepentía de nada. Y que había segado vidas en nombre de una utopía y una revolución imposible.

Sabrosas casualidades del cine, Richard Harris aparece, ya crepuscular, en la incontestable obra maestra ‘Sin Perdón’. El pistolero reconvertido en sheriff al que pone piel Gene Hackman, también le vaticina a William Munny, ese frío asesino, alcoholizado y con sus demonios volviéndole a acorralar, que se encontrarán en el infierno.

En esa película del recientemente retirado Clint Eastwood reflexionan sobre lo que significa arrebatar una vida, pues «le quitas todo lo que tiene, y todo lo que podría llegar a tener». Por eso es tan duro matar a alguien.

La visita a España del Papa León XIV ha generado todo tipo de análisis, fervores, críticas e interpretaciones. No es lugar este artículo para desentrañar un viaje tan intenso como histórico. Otros ya lo han hecho mejor y más extendidamente. Me quedo con el Santo Padre en el Congreso, donde explicaba la doctrina de la fe católica en materias como el aborto y la eutanasia, mientras los diputados, hasta lo más incandescentes anticlericales, escuchaban sus palabras con inquieta solemnidad.

Irene Montero, que está empeñada en que no perdamos de vista su fatigosa figura, se graba para redes sociales vídeos así muy grimosos con la cara en primer plano y abriendo mucho la boca, esputando su habitual discurso hiperbólico y panfletario. «¿Por qué hemos de aceptar que el Papa vaya al Congreso y ataque derechos fundamentales como el derecho a las mujeres a decidir sobre su propio cuerpo?», se pregunta la elementa. Lo que demuestra, sin ser ninguna novedad, que no tiene ni puñetera idea de lo que es un derecho, ni de lo que es un cuerpo.

Empezando por algo más atrás, las arengas rutinarias y chapuceras, plagadas de afectaciones y monsergas, de la ideología de género, donde la mujer es un ser indefenso supeditado al hombre (que es un terrorista emocional y violador y asesino en potencia), ha quedado en un extraño y sucio rincón de la historia, pues la vida real de las mujeres se sostiene hoy sobre sectores sociales y culturales cada vez más alejados de ese imaginario podemita.

Luego, parece necesario explicar algo tan básico como que “puedes decidir sobre tu propio cuerpo” si se trata de operarse de una hernia, de hacerse un aumento de pecho, ponerse un tatuaje o anillarse la nariz con un alambre de esos de atar morcillas.

Cuando lo que crece dentro de ti es el milagro interno de la vida fecundada, en tu cuerpo se desarrolla un ser independiente que no es el hígado, ni el bazo ni el páncreas, y más allá de disquisiciones religiosas, éticas, filosóficas o médicas, el aborto niega la existencia del otro antes de que se produzca. La madre le refuta desde fuera de su vida para impedir la suya. Al «interrumpir» algo que está por nacer también le está arrebatando todo lo que podría llegar a tener, llegar a ser.

He visto cómo el Papa movilizaba a la juventud y hablaba de la unidad, de la familia o del matrimonio. Da igual que algunos, en el ámbito religioso, juguemos en el equipo de los escépticos o los incrédulos, porque España está vertebrada a lo largo de los siglos por un fuerte catolicismo cultural que trasciende creencias. Las frases del Papa suscitan emociones en las masas, y las emociones colectivas tienen profundas consecuencias políticas.

En materias tan complejas, donde yo he cambiado de parecer y matizado mis puntos de vista, tras largas meditaciones, en varios momentos a lo largo de los años, los dogmas del feminismo militante son irreflexivamente fundamentalistas.

Para una abortera radical, desde la concepción ya comienza a abrirse paso, hasta para ella misma, la contradicción de la vida que ya no es cuerpo propio. Pero ellas quieren decidir de forma tajante e impune sobre lo que consideran un error existencial. Una inconveniencia temporal que pueden manejar. Un «ahora mismo no me apetece». Eliminar a gusto de la consumidora como la que se quita un lunar. Es el relativismo moral llevado a niveles de espanto.

No saben la tragedia que supone para muchas parejas la pérdida repentina de un bebé esperado. O el golpe psicológico que supone para muchas mujeres que van a esas clínicas donde «ellos se ocupan», esa sensación de desmoronamiento emocional inesperado que les invade después. No, sin duda, no es como retirar un herpes.

Hay que ser consciente de que una regularización chapucera implica ausencia de garantías médicas y jurídicas elementales. También entender lo difícil que es un análisis riguroso sobre en qué condiciones precisas es legítimo el procedimiento abortivo.

Existen demasiadas aristas y muy sensibles sobre casos de violaciones, malformación del feto, meses límite, peligro para la vida de la madre y otros supuestos ante los que no me veo capacitado para pontificar. Sólo entiendo que, para una sociedad secularizada, se dejan más preguntas abiertas de las que se pueden honestamente responder.

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