Este año recibí sendos avisos de dos amigos senderistas. Me decían que el monte parecía un leñero. Había llovido muchísimo en otoño y en invierno, como ustedes recordarán, y la abundante hierba ya estaba muy seca en primavera. Ardería como la yesca. Era una bomba incendiaria de relojería. Uno me escribía desde Navarra y el otro desde Madrid. Aunque no se conocen entre sí, los dos querían lo mismo: que escribiese un artículo advirtiéndolo.
¿Tenían fe en que mi columna fuese a cambiar la ciega política forestal? No creo. Sólo querían que, cuando estallasen los fatídicos incendios, nadie echase la culpa al cambio climático o hiciese demagogia con la tragedia. Los políticos son los que hacen política con lo que la buena política tenía que haber prevenido.
Agradecí mucho la información, pero luego no escribí el artículo. Por un haz de razones. El presente se impone casi siempre al columnista de opinión, que se debe a la realidad candente. Tampoco me gusta ser augur de desgracias. Y menos aún cuando son tan evidentes que cualquier persona inteligente —o sea, la práctica totalidad de mis lectores— las deduce por sí misma. Por otra parte, los políticos o no me leen o no deducen nada. Lo sé por inexperiencia: nunca actuaron tras un aviso mío.
No tenía, por tanto, esperanzas de que, fustigados por mi prosa, limpiasen los montes. Por último, no haber ido yo al monte ni haber visto toda aquella hierba seca con mis propios ojos terminó de disuadirme. Los artículos de oídas suenan a hueco.
¿Me arrepiento ahora de no haber escrito aquella columna? No. Decir «ya lo dije» es casi siempre tan impertinente como inútil. De hecho, ninguno de mis amigos, a pesar de la violencia de los incendios que habían previsto, me ha escrito para recordarme su aviso de hace tantos meses.
Sé que no hacía falta mi artículo. Lo del monte lleno de leña seca lo sabía todo el mundo. Lo que no sé es por qué no se hace nada. Ésa es la verdadera pregunta que tendríamos que hacernos imperiosamente en estos momentos. Y mucho antes. Y mucho después.
¿Es por desidia o por maquiavelismo subconsciente (para arrimar luego el ascua a su sardina del cambio climático) o porque consumen el presupuesto en sus aparatos políticos y no dejan ni las migas o porque el ecologismo de despacho y de demagogia los ciega ante lo que cualquiera que pone un pie en el monte (o tiene un amigo que lo pone) ve venir de lejos? Más que avisos redundantes, haría falta un serio examen de las responsabilidades morales y no sólo jurídicas. Las políticas, que serían las primeras, sólo se exigen al partido rival. Tanto fuego debería caldear los ánimos de la opinión pública.