
La violencia contra los cristianos no conoce fronteras. El pasado 30 de agosto, el sacerdote católico Augustine Amadu fue brutalmente asesinado en su casa parroquial en la diócesis de Kenema, en Sierra Leona. Los agresores entraron en la vivienda, le golpearon en la cabeza y lo estrangularon hasta la muerte, según informó la fundación pontificia Ayuda a la Iglesia Necesitada (ACN).
El padre Amadu, muy querido por sus feligreses, se preparaba para celebrar su misa de despedida en la iglesia de la Inmaculada Concepción, ya que había sido destinado a una nueva misión en la parroquia de San Juan, en Kailahun. Su cuerpo fue encontrado por miembros de la comunidad local. Aunque la policía investiga si se trató de un atraco, el crimen ha conmocionado a un país de mayoría musulmana donde las relaciones interreligiosas solían ser pacíficas y no se habían registrado incidentes graves de persecución.
El Consejo Interreligioso de Sierra Leona condenó el asesinato y destacó la figura del sacerdote como «un hombre de paz, compasivo y comprometido con la elevación espiritual y social de su comunidad». La nota enviada a ACN subraya que su muerte representa «una pérdida devastadora para la Iglesia católica y para todo el tejido social del país».
Este crimen se enmarca en un contexto global alarmante: uno de cada siete cristianos en el mundo sufre discriminación o violencia por su fe. En total, son 365 millones los que padecen persecución, según datos de Puertas Abiertas. Al mismo tiempo, crece la impunidad de los ataques, tal como advierte ACN.
Mientras tanto, en Nicaragua la dictadura de Daniel Ortega y Rosario Murillo mantiene su guerra contra la Iglesia. El sacerdote exiliado Edwing Román denunció que ya se han prohibido más de 16.500 procesiones y registrado más de 1.000 ataques contra templos y religiosos. Sin embargo, los fieles continúan llenando las iglesias y sosteniendo su esperanza en tiempos mejores.
El asesinato del padre Amadu recuerda que el cristianismo sigue siendo la religión más perseguida del mundo, y que la fidelidad de los creyentes se mantiene incluso ante el odio, la violencia y la muerte.