Cuando Miguel de Unamuno llamó a rescatar el sepulcro de Don Quijote, estaba denunciando a una clase dirigente satisfecha, razonadora, instalada en la comodidad de la lógica y del cálculo. No hablaba de literatura: hablaba de decadencia. Hoy ese sepulcro sigue custodiado.
Y quienes lo guardan ya no se llaman bachilleres, curas o barberos; se llaman consenso, estabilidad, gobernabilidad. Se llaman alternancia sin alternativa. Se llaman bipartidismo.
Durante décadas, el bipartidismo ha administrado España como si fuera una gestoría. Ha discutido sobre porcentajes, ha intercambiado cromos institucionales, ha pactado cesiones que jamás sometieron al juicio moral del pueblo. Y mientras tanto, ha ido enterrando la soberanía, la identidad y la dignidad nacional.
El sepulcro del Quijote es el lugar donde han querido encerrar el ideal español: el amor a la patria sin complejos, la defensa de la unidad nacional sin cálculos, la voluntad de sacrificio por algo más alto que el interés personal. VOX representa, guste o no, el movimiento social y político que ha decidido ponerse en marcha hacia ese sepulcro. No para romantizar la locura, sino para rescatar la valentía. No para agitar sin rumbo, sino para afirmar sin miedo. No para administrar la decadencia, sino para combatirla.
Mientras otros preguntan “¿es prudente?», «¿es oportuno?», «¿qué dirán?», VOX ha optado por llamar a las cosas por su nombre: ruptura de la unidad cuando la hay, cesión cuando la hay, traición cuando la hay. Y eso, en una sociedad acostumbrada al eufemismo, resulta casi escandaloso.
Unamuno advertía que el mayor arma de los guardianes del sepulcro era el ridículo. Ridiculizar al que se sale del carril. Etiquetarlo, caricaturizarlo, aislarlo. Es la técnica más vieja del poder acomodado.
El bipartidismo ha hecho del ridículo su instrumento favorito: convertir en extravagancia lo que es convicción; en radicalidad lo que es coherencia; en exageración lo que es simple claridad moral. Pero el quijotismo no es imprudencia. Es decisión. Es asumir que hay momentos en que la neutralidad es complicidad. Es comprender que una nación no se sostiene sólo con presupuestos, sino con principios.
Rescatar el sepulcro de Don Quijote significa hoy algo muy concreto: recuperar la idea de España como proyecto histórico, no como simple marco administrativo. Significa devolver a la política su dimensión ética y trascendente. Significa recordar que sin raíces no hay futuro. Significa que hay que recuperar el Estado Nacional.
El movimiento social que ha crecido en torno a VOX no nace del cálculo, sino del cansancio moral de millones de españoles que intuyen que algo esencial se ha ido perdiendo bajo capas de pragmatismo y concesión.
Se trata de dignidad. Si el sepulcro está donde mueren los que combaten por una causa justa, entonces el camino hacia él no es cómodo ni breve. Implica soportar incomprensiones, presiones y ataques. Implica caminar muchas veces en minoría. Pero toda regeneración histórica empieza así: con una minoría que se niega a aceptar que el presente sea el límite de lo posible.
A por el sepulcro de Don Quijote no es un eslogan. Es una actitud política. Es la voluntad de romper el hechizo de la mediocridad organizada. Es la decisión de no pedir permiso para defender lo que es justo. España no necesita más guardianes del sepulcro. Necesita cruzados que se atrevan a abrirlo. Y esa marcha hace tiempo que comenzó.