¡Qué privilegio vivir como testigo empático en esta España de 2026! Al fin, tras décadas de desaliento y degradación, se atisba en lontananza la regeneración moral de la patria. Fijamos sin agobios una mirada de amor y discernimiento en la valía y las virtudes de nuestro país, para reconocernos en su digna historia, en su raigambre y tradiciones, en la bella pluralidad de gentes y regiones, en los milenios de espiritualidad, mestizaje conciliador y aportaciones de alto calado a la civilización humana.
Como el drogadicto, el estafador o el maldiciente al que le da un día por mirarse al espejo y se espanta al contemplarse, sintiendo la necesidad de reaccionar, hemos de dar gracias por ese súbito privilegio. No importa que llevemos tantísimo tiempo sumidos en el fanatismo trabucaire, la porfía progresista, una cerrazón atrabiliaria al estilo del que, al castizo modo, anuncia: «Me importa un pimiento si esto es bueno y verdadero; yo me opongo con todas mis ganas». Porque, para variar y rendir homenaje al péndulo, la tortilla se está dando la vuelta por su cuenta.
Se imponen las pulsiones más elementales: el apego al terruño, el amor a la familia de sangre o elección, la lealtad a lo más precioso, el sentido común, la identificación con los mejores ancestros, el coraje guerrero, el aprecio a la religión verdadera, perseguida por los herejes refractarios. Y ello no por rutina cultural, sino por fe. Por devoción a San Juan de Ávila, a Santa Teresa de Jesús, a San Juan de la Cruz, a San Ignacio de Loyola, personajes tan grandes y tan nuestros como Francisco de Vitoria, Quevedo, Cervantes, Velázquez, Jorge Juan o Isaac Peral. Odiar a España es un negocio rentable si cobras de sus enemigos y vas de matón ilustrado. Siempre lo fue. Pregúntenles a Sagasta y sus ministros en el 98, felones con mandil. Pero esa veta está tan sobreexplotada, que cualquier remedo gubernamental de hoy queda más cutre que un chiste de Eugenio.
Esta vez no ha hecho falta que las turbas excitadas por los profetas del mal se pongan a quemar iglesias, fusilar retablos o violar monjas. Ni hipostasiar los cruentos mecanismos del rencor, la envidia, la codicia y el complejo de inferioridad. Nos hemos ahorrado la clásica masacre de burgueses, profesionales competentes y ciudadanos desafectos al salvajismo revolucionario, impulsada por quienes dicen estar del lado correcto de la historia (lo cual viene a ser un dislate equivalente a sostener que la lepra es una forma superior y más saludable de atractivo corporal). Como no ha habido que sufrir otra guerra civil ganada con sacrificio por los pelos.
En esta ocasión ha bastado con tener paciencia. Ha sido suficiente con estos tristes años de Pedro Sánchez y su corte, lo mismo que alcanzaron los ocho años escasos de la Segunda República, o los doce pavorosos años del nacionalsocialismo, para que quedase impreso, negro sobre blanco, diríase como esculpido en piedra, lo que son, lo que encarnan y lo que enseñan esta clase de periodos. En su fase hegemónica, cuando han colonizado las instituciones del Estado, arruinado la educación pública y viciado los entornos venales de la comunicación, la creación artística y la cultura, parece que obran una devastación integral, el exterminio irreversible de cuando aprecia y respeta una persona cabal. Pero cuando se produce su colapso, cuando ya son mero trampantojo y empezamos a identificarlos como un decorado de cartón-piedra, descubrimos que eran apenas una trama rizomática basada en el clientelismo y el aplauso servil al crimen.
Sin que quede en evidencia este sindiós, en tanto que no caiga hecho fosfatina —sin que nadie lo haya empujado— este teatrillo de tres al cuarto, no habrá esperanza. Cuando se culmine su desplome, no ayudará a los rufianes que hayan acaparado la fuerza coercitiva del sistema, ni que hayan urdido un ingente engranaje de insidias, embustes y manipulaciones, y acudido a sobornos y chantajes, derrochando en ello sumas colosales de dinero público. No les habrá servido de nada, como tampoco las restantes artimañas que se les sigan ocurriendo. Lo mismo que, en estrategia complementaria, ya pueden ponerse a importar delincuentes, islamistas y estómagos agradecidos por millones, o esforzarse en reducir y reemplazar población autóctona mientras despliegan, con el sostén de los organismos más turbios del planeta, las diferentes ingenierías sociales del menú globalista. Una pretensión vana, enferma, propia de desesperados. Vamos a preservar nuestra forma de ser, nuestra solvencia ética, nuestra alma. No conseguirán arrancarnos de la piel de toro.