«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu

TRIBUNA | ALONSO DE MENDOZA |

27 de septiembre de 2025

Castigar la crueldad o abdicar de la civilización

Vigilia por Charlie Kirk. Europa Press

Asesinaron a Charlie Kirk. Y no lo hicieron por ser conservador, de derechas o «ultra», como repitieron los titulares para que supiéramos que se lo merecía. Lo mataron por algo mucho más grave en este régimen político enfermo: por decir verdades. En un mundo donde se premia la mentira, pronunciar lo obvio —que el orden es mejor que el caos, que hombres y mujeres somos distintos, que las niñas no tienen pene, que un niño está mejor con un padre y una madre–— se ha vuelto un acto de heroísmo. Cuanto más universal es la verdad, más odio despierta en los que viven instalados en la mentira.

Eso era lo que hacía Charlie: recorrer universidades y foros y repetir lo que cualquiera puede ver. Decía que el pasto es verde, y lo hacía con una serenidad que los enemigos de la verdad no pueden soportar. No le odiaban porque gritara, sino porque no necesitaba gritar. Su claridad y su calma desenmascaraban la debilidad de sus enemigos. Y por eso lo odiaban más aún: porque decía lo evidente con una sonrisa.

Tan horroroso o más que el asesinato fue lo que siguió. Las burlas, los memes, los bailes obscenos celebrando su muerte. Los titulares que lo presentaban como un personaje polémico para recordar que se lo había buscado. Las tibias condenas de políticos y expresidentes que recordaron al «condeno todas las violencias» con el que los batasunos encubrieron siempre cada atentado de los terroristas etarras. Y, debajo del todo, en las últimas estancias de la alcantarilla moral, esa multitud que aplaudió al verdugo y se burló se la viuda.

Es imposible no pensar en Nerón. En aquella Roma decadente, los cristianos eran arrojados a los leones mientras las masas se reían y aplaudían. No bastaba con matar: había que exhibir la crueldad como símbolo de prestigio social. Se disfrutaba de la agonía del inocente como de un banquete. Era un ritual: el sadismo convertido en estatus. Hoy no hay leones, hay tertulianos; no hay circo de piedra, hay platós de televisión. Pero la dinámica es idéntica. El verdugo presume, la multitud aplaude y la sangre inocente se convierte en entretenimiento.

Lo más preocupante es que no hablamos de un grupúsculo marginal, sino de grandes masas azuzadas por sus antiélites y blanqueadas por grandes medios. Gente que ha aprendido que burlarse de según qué víctimas les reporta prestigio inmediato en forma de likes, notoriedad y estatus social. Igual que en el Coliseo, donde la plebe se sentía poderosa aplaudiendo la sangre, hoy una multitud encuentra en la crueldad el pasaporte a la aceptación de su tribu.

Ante esto no caben medias tintas. Quien fue votado para frenar esta locura no puede limitarse a lanzar amenazas o a prometer investigaciones interminables. Es preciso castigar socialmente y con rapidez a quienes transforman el homicidio en festejo público. Desmontar la impunidad que alimenta el circo y restaurar el pudor social. El momento exige decisión rápida y contundente y el castigo debe aplicarse de golpe. O se corta de raíz esta barbarie ahora, o el movimiento que prometía defender la civilización se derrumbará bajo el peso de su tibieza.

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