No deja de sorprenderme ver a cuánta gente le ha afectado profunda y personalmente el asesinato de alguien a quien no conocíamos más que por vídeos. Y no hablo de lo aparatoso de la escena. Al fin y al cabo, vivimos en un mundo en el que podemos ver casi en directo un tiro en el cuello y hacerlo con una hamburguesa en la mano.
Me refiero a una pena que a muchos se nos ha instalado estos días en cada cosa que hacemos. Ese no poder quitarse de la cabeza la imagen de las postales familiares de los Kirk que circulan estos días en redes. A esos dos pequeños y su madre, que están recibiendo la gracia de millones de oraciones, se les ha arrebatado la sensación de un abrazo de su padre y esposo, al menos en este mundo, o la alegría infantil de verlo entrar en casa después de trabajar. Maldito sea el que se llevó todo eso y les dejó a cambio la ejecución grabada de su padre.
Y malditos también todos los que, borrachos de maldad, han celebrado o justificado el asesinato de Charlie Kirk. Entre ellos, hay una subespecie especialmente lamentable por su supuesta responsabilidad con la verdad.
Los propagandistas, quizás en otro tiempo periodistas, han protagonizado su enésima representación de su bajeza moral. Veinte minutos después de declararse oficialmente a Kirk por muerto, algunos medios de comunicación españoles llevaban ya tres titulares distintos sobre el tema. Cada actualización no se debía a novedades informativas del caso, sino a las distintas expresiones que se les iban ocurriendo para apellidar a la víctima del tiro en el cuello: «ultra», «activista de ultraderecha», etc.
Pretendían así desviar la primera reacción natural de escándalo hacia una sensación de que quien sembró vientos, recogió tempestades. Si pensaba como un fascista entonces recibió en forma de bala la misma violencia que desprendía en sus palabras. Empate.
En la forma más sibilina de justificación del asesinato han estado esos que han desviado el foco hacia la segunda enmienda de la constitución estadounidense, que blinda el derecho a portar armas. Una enmienda que defendió fervientemente Kirk. Estados Unidos tiene un problema evidente de acceso a las armas personales, pero culpar a la segunda enmienda de este asesinato es como culpar del 11-M a la falta de controles de explosivos en las estaciones de tren. Las armas no se disparan solas y tampoco han hecho falta armas de fuego para algunos asesinatos irracionales recientes, que se lo pregunten a Iryna Zarutska.
Si escarbamos más en las causas de esta violencia, llegamos a una conclusión muy incómoda para los que apreciamos la concordia. Los últimos asesinatos políticos (o intentos de) han sido instigados y justificados por los mismos y han tenido un patrón ideológico en sus víctimas. Esta es la respuesta a los aires de cambio que vienen en Europa y toda América. Los años de la hegemonía cultural progresista que se instauró a finales de los 60 están llegando a su fin. Ese dominio va a terminar, pero no gratis.
Las prioridades, anhelos y la brújula moral de los jóvenes hoy son muy distintos al ideal liberal que nos llevan décadas vendiendo. Durante años parecía como si se hubiera conseguido un empate entre progresistas y conservadores: los primeros alimentarían las almas y los segundos los bolsillos.
En este fin de la historia, parecía que el conservadurismo se había conformado con ganar la Constitución, la división de poderes, poder vivir urbanizaciones cerradas y enriquecerse con puñado de valores bursátiles.
Pero no, la pendiente resbaladiza moral a la que nos ha llevado este presunto consenso ha tocado suelo. La reacción, protagonizada por los jóvenes en todo el mundo a los que ya se les queda pequeña la etiqueta de conservadores, ha sido un punto de inflexión que avanza hacia la restitución, actualizada con las cualidades de esta generación, de realidades que se habían pisoteado como la identidad, la Nación, la fe o la familia.
La hegemonía cultural progresista va a terminar, pero dejará por el camino estos coletazos, algunos sangrientos. Pero eso no debe llevarnos ni a la ansiedad ni al miedo. Charlie quiso ser recordado por su fe y su valentía, justo lo contrario a lo que pretenden inyectarnos. Esta es la única respuesta posible a cualquier propuesta de enfrentamiento violento que se nos ponga encima de la mesa por parte de quienes están perdiendo poder sobre las almas que creían que tenían en el bolsillo.
Acción organizada, formación constante, creatividad y diálogo sin descanso, sin ceder ni un milímetro en las convicciones, pero desde el vínculo entre personas, no desde la ruptura. Hablar de política como si Dios existiera, como hacía Kirk, porque así es. Y aprender a disfrutar también de lo bueno y bello, de una cerveza y una novela, del abrazo de un hijo, por aquellos que ya no podrán disfrutarlo en este mundo.
Esta es la opción civilizada, la única sensata, y está abocada al éxito.