Hay momentos en política que marcan una línea entre la dignidad y la mera ambición de poder. Y lo que estamos viendo por parte del Partido Popular y su aproximación a los partidos separatistas constituye una de las mayores renuncias morales y políticas que pueden recordarse en la historia reciente de España.
Resulta difícil encontrar una muestra mayor de desmemoria, de oportunismo y de falta de principios que la de un partido que sufrió en primera línea el golpe separatista de 2017 y que hoy parece dispuesto a mendigar el apoyo de quienes intentaron destruir el orden constitucional, romper la unidad nacional y humillar al conjunto de los españoles.
Conviene recordar lo que ocurrió, porque no fue un simple desacuerdo político. Fue un intento deliberado de subvertir el orden constitucional, de rendir el Estado de Derecho, de liquidar la soberanía nacional y de colocar a una parte de España por encima de la ley y de la voluntad del conjunto de los españoles. Fue un desafío sin precedentes a nuestra democracia protagonizado por quienes utilizaron las instituciones públicas para atacar al propio Estado que las financiaba.
Mientras algunos parecen haberlo olvidado, miles de catalanes no lo haremos jamás. Miles de ciudadanos constitucionalistas sufrimos persecución social, escraches, amenazas, señalamientos, discriminación profesional y aislamiento por el simple hecho de defender la legalidad y el orgullo de sentirnos españoles. Perdimos amistades, relaciones familiares e incluso oportunidades laborales. Fueron años de coacción permanente, de intimidación organizada, de humillaciones y de propaganda separatista financiada con el dinero de todos.
Y ahora, apenas unos años después, el Partido Popular pretende actuar como si nada hubiera ocurrido. Como si todos aquellos agravios pudieran borrarse de un plumazo. Como si quienes intentaron dar un golpe de Estado fueran hoy socios políticos perfectamente homologables. Pero no, la traición no se olvida y el olvido, jamás puede convertirse en moneda de cambio para alcanzar La Moncloa.
Jamás pensé que vería a un gran partido nacional aceptando que, para aspirar al Gobierno de España, tenga que someterse a las condiciones de quienes han hecho del chantaje su principal herramienta política, tratándose, además, de un partido que fue víctima directa del desafío separatista. Y si la gran traición del PSOE consistió en indultar primero y amnistiar después a quienes atentaron contra el orden constitucional para mantenerse en el poder, no resulta menos decepcionante contemplar cómo quienes denunciaron aquellas cesiones parecen hoy dispuestos a recorrer el mismo camino de dependencia política respecto a los golpistas. La escena resulta especialmente humillante, por tener que someterse a las condiciones que le imponga un prófugo de la justicia que se regodea públicamente de su capacidad para decidir quién gobierna España y quién no.
Y lo más grave es que con ello no solo se blanquea a los separatistas, también se blanquea todo lo que hicieron. Se blanquean las leyes de desconexión, el referéndum ilegal, los ataques a jueces, policías y guardias civiles, algunos de ellos, gravemente heridos. Se blanquea la utilización sectaria de las instituciones y los años de odio político inoculado desde escuelas, medios de comunicación públicos y organismos oficiales.
No existe una imagen más indigna que ver a dirigentes españoles aceptando que el futuro de la nación dependa de la voluntad de quienes llevan décadas trabajando para destruirla.
Quienes resistimos aquel proceso no vamos a olvidar. No vamos a olvidar los intentos de someternos a una severa mordaza política y convertirnos en una sociedad en la que quienes discrepamos, nos callemos por temor a ser estigmatizados, etiquetados o expulsados de la vida pública. Volver a la espiral del silencio.
Por eso resulta especialmente repugnante contemplar cómo algunos pretenden ahora otorgar respetabilidad institucional a quienes jamás se han arrepentido de nada, jamás han pedido perdón y jamás han renunciado a sus objetivos. Los mismos que ayer intentaron romper España son los mismos que hoy siguen trabajando para debilitarla desde dentro.
La amnistía ya supuso una de las mayores traiciones políticas a los principios constitucionales de nuestra democracia. Pero que quienes decían combatirla estén hoy dispuestos a buscar el favor de los beneficiarios de esa misma amnistía demuestra hasta qué punto algunos han decidido sacrificar cualquier convicción por conseguir el poder.
Por eso, frente a quienes hoy están dispuestos a olvidar por interés electoral, muchos españoles seguiremos recordando. Recordaremos la afrenta a la unidad nacional y quien resistió para defenderla. Y recordaremos también quién, después de todo aquello, decidió arrodillarse ante los mismos que intentaron destruirla tratando de rehabilitar políticamente a los responsables de la fractura de España.