España se está convirtiendo en el país donde todo falla… y nadie responde. Donde coges un tren y puedes quedarte tirado durante horas, tengas la edad que tengas, viajes solo, con niños o con un bebé en brazos. Donde los maquinistas advierten del mal estado de las vías y nadie actúa. Donde los trenes descarrilan y la explicación oficial siempre llega tarde, diluida, sin responsables claros. Porque lo que está ocurriendo no es casualidad.
Es dejación. Es abandono. Es una forma de gobernar. Mientras aquí fallan los desvíos, se ignoran los avisos técnicos y se recorta en mantenimiento, hay dinero para financiar infraestructuras en otros países. Hay millones para el metro de El Cairo, pero no para garantizar que nuestros trenes circulen con seguridad. No es solidaridad: es una cuestión de prioridades mal colocadas.
Y el problema no acaba en el ferrocarril. Vivimos en un país donde no se limpian los cauces y luego llegan riadas que se llevan vidas por delante. Donde se producen apagones que dejan incomunicadas a miles de personas sin explicaciones ni responsables.
Donde los primeros en ayudar siempre son los vecinos y los voluntarios, mientras el Estado reacciona tarde y mal, como si todo fuera imprevisible. Pero no lo es. Los avisos existen. Los informes existen. Las advertencias estaban ahí. Lo que falta es voluntad política para prevenir en lugar de lamentar.
Y mientras tanto, se nos pide calma. Paciencia. Comprensión. Pero la calma no sustituye al mantenimiento. La paciencia no arregla vías rotas. Y la comprensión no devuelve vidas.
Estamos en peligro cuando un país normaliza el fallo, el abandono y la irresponsabilidad. Estamos en peligro cuando la propaganda pesa más que la seguridad. Estamos en peligro cuando nadie asume consecuencias.
Esto no va de ideologías. Va de vidas humanas. Va de dignidad. Va de un Estado que debería proteger y no mirar hacia otro lado. Porque cuando un tren descarrila, cuando una riada arrasa, cuando un apagón deja a miles aislados, no falla la suerte: falla el sistema que decidió no actuar. ¿Cuántos avisos hacen falta para que dejar de actuar deje de ser una opción?