Si podemos permitirnos una sociología elemental de nuestro país a fecha de hoy, cabría segmentar la población actual, antes de que nuestros gobernantes intenten embutir en la misma los millones de ciudadanos postizos, previstos para su introducción en el «demos» a modo de injerto electoral, en tres tercios más o menos parejos. De manera provisional y movediza, desde luego. Porque en Ceuta hemos comprobado cómo se puede arrollar y avasallar a una ciudad completa en 24 horas, endosándole un cien por cien o más de intrusos teledirigidos y ávidos.
Si un Gobierno afanado en el reemplazo poblacional busca implementarlo, y pone a disposición de dicho ultraje a sus nacionales el aparato estatal, la verborrea buenista, la logística de transporte y una burocracia cómplice, amén del típico enjambre de oenegés infladas de dinero nuestro, sobrinas elegidas por catálogo y la consabida infantería de deudos enchufados, será coser y cantar que abundantes municipios del interior, con escasos vecinos, alcancen de la noche a la mañana mayorías de foráneos. Ya no sólo dispuestas a servirse a su antojo del patrimonio local, sino a nombrar ediles y mamonear el cotarro en beneficio tanto propio como de la cuadrilla que mueve los hilos. Por ahora, y como aperitivo, disponemos del dato oficial de que, en medio millar de localidades españolas, las incorporaciones al censo electoral vía ley de nietos superan ya al conjunto de los votantes con arraigo genuino en esos pueblos. ¿Y si también meten «migrantes»?
Pero no adelantemos escenarios. Y volvamos a la teoría de la distribución tripartita de carpetovetónicos, los de pata negra, esos castizos entrañables que engarzan ciclos y ciclos de adiestramiento en la enseñanza pública de cariz socialista, la escaleta televisiva y las desquiciadas consignas del progresismo orwelliano. ¿Quiénes constituirían, a ojo de buen cubero, los tercios de marras?
Un primer tercio lo integran los buenos españoles. Son personas que aman a España y se identifican vivamente con la patria porque lo sienten natural y les hace felices, les infunde bondad, les confiere alma, emoción, sentido de pertenencia. En consecuencia, buscan el auge y reconocimiento del país. Con ilusión, gratitud, humildad y legítimo orgullo ante lo que representan su historia, su territorio, su ascendencia imperial y religiosa, su cultura y espiritualidad. Celebrando la fecunda síntesis, tras siglos e incluso milenios, plasmada en un concreto paisanaje. Desde luego que hay compatriotas de mil clases, estilos, orientaciones, anhelos, virtudes, intereses y defectos. Aunque por encima de la diversidad laten lo común, la etnicidad palpable, la honra de ser español.
El segundo tercio lo ocupan los malos españoles, el reverso de los anteriores. Resultan airados detractores de todo lo español, de la Reconquista a la evangelización de América, la Contrarreforma, Juan de Yepes, Teresa de Ávila, Ignacio de Loyola, la Cruz de Borgoña o la tauromaquia. Odian la hispanidad de pe a pa. Se creen «ilustrados» y, por ende, aliados de los peores rivales y enemigos de nuestra nación, ya sean protestantes, masones, afrancesados, comunistas, herejes, etarras, secesionistas, maleantes, sarracenos o creadores de leyendas negras. Todo les vale. Porque sólo se nutren de cuanto estiman dañino para España. De lo que ven lesivo a su gente, unidad nacional, prestigio, porvenir y linaje. Su sentimiento central es el asco, sobre una biliosa sed de venganza. Un rencor y escozor que vuelcan en especial contra los buenos españoles, a quienes no perdonan las arcadas que los pobres les provocan —tal los ajos a Drácula— con su mera existencia.
Nos resta el tercer bloque, que cabría llamar los españoles tibios, siendo suaves. No son ni fu ni fa, ni carne ni pescado, ni de derechas ni de izquierdas, ni amigos ni enemigos, ni leales ni traidores. Sino neutros que ni crujen ni mugen. Por aguda previsión no son ni fríos ni calientes, igual que la iglesia de Laodicea. Simplemente están. Tumbados en su nube de apatía o algodón de azúcar, de centrismo o desidia, de cautela o tapujo. Están a verlas venir. A ver qué pasa y qué nueces les caen. A ver quién vence, en esta excitante revancha de la Guerra Civil. Para apostillar luego con brío que eran de ese bando, cómo vas a dudarlo, desde antes de nacer. Su hábitat es el desdén, la jactancia, el cálculo, el morro, el teatro. No puedes contar con ellos para nada, ni acompañarlos a la esquina, porque te fallarán a la primera y —lo más repipi del trance— te aburrirán con joviales prédicas acerca de la tercera vía y la equidistancia ética que encarnan.
Con estos bueyes —estos recios tercios— hay que arar. Componen lo real. Si los arúspices del deterioro no consideran aún, gozando de tamaña ventaja numérica, que llevan todo atado y bien atado, abarrotarán todavía más nuestras calles, parques y centros de salud con invasores extra, a ver si de una vez meten en cintura a los del primer tercio y diciéndose que, en contrapartida a las ventajas regaladas a los advenedizos, estos devendrán en adeptos, esbirros o sicarios útiles, vista la flébil condición del tercer tercio. Harán un pan como unas tortas, eso seguro, y además les importa un bledo, porque su meta es deshacer, humillar a España, poner lo expoliado a buen recaudo en Marruecos o Santo Domingo. Aunque, ¿y si les sale el tiro por la culata? ¿Y si generan una reacción de pundonor y España, en insurgente amanecer, saca pecho?