La muerte de Charlie Kirk —abatido mientras ejercía lo que debería ser la forma más elemental de la vida cívica en democracia: debatir ideas— no es un hecho aislado. Llega después de años en los que se ha incubado una teoría que convierte ciertas ideas en delitos y a quienes las sostienen en agresores a los que se puede parar por cualquier medio. Es un punto de inflexión trágico que, por doloroso que sea, conviene mirar de frente.
En primer lugar, la razón de fondo por la que hemos llegado hasta aquí reside en el propio concepto de «discurso de odio». No hablo de los insultos o amenazas, que ya están tipificados, sino de la noción, cada vez más expansiva, según la cual determinadas convicciones conservadoras serían per se violentas y, por tanto, una amenaza existencial para colectivos enteros. La izquierda woke ha teorizado esa equivalencia y, acto seguido, la ha convertido en doxa: si esas ideas «dañan», quienes las expresan estarían ejerciendo violencia; y si hay violencia, sus presuntas víctimas tendrían derecho a defenderse, incluso físicamente. He aquí la coartada moral de la violencia política. No debería sorprender, entonces, que esa lógica haya preparado el terreno para una cadena de agresiones y atentados contra líderes y activistas de derechas dentro y fuera de Estados Unidos.
En efecto, quienes busquen el germen de la polarización actual harán bien en empezar por este punto. Durante años, la combinación de censura, cancelación y exclusión social consiguió imponer un monopolio de ideas a través del miedo: la sanción reputacional, el despido, la expulsión de las redes. Ese régimen informal de silenciamiento dio frutos mientras la ventana de Overton pudo estrecharse a conveniencia. Pero cuando el debate público comenzó a reequilibrarse y la réplica conservadora regresó con fuerza, el miedo a la cancelación dejó de bastar. Al perder el monopolio, algunos han creído necesario pasar del veto al golpe, de la intimidación a la violencia física. Lo que ayer fue una cultura del amedrentamiento hoy amenaza con convertirse en una cultura del atentado.
La lista de víctimas de esta escalada no empieza ni termina con Kirk. La tentativa de asesinato contra Donald Trump, el tiroteo que acabó con la vida de Miguel Uribe en Bogotá, o la brutal agresión a Hervé Breuil en plena campaña legislativa en Francia, dibujan un patrón que ya nadie sensato puede negar. La violencia política no es una anécdota: forma parte los métodos de amedrentamiento de la izquierda woke.
Ahora bien, reconocer el origen de esta deriva no implica resignarse. Al contrario. Precisamente porque sabemos de dónde viene, sabemos también cómo se combate: no con simetrías espurias —no es cierto que «todos hacen lo mismo»—, sino con una negativa serena a aceptar la premisa que alimenta el abuso. Defender ideas conservadoras no es un acto de agresión. No hay odio en el deseo de proteger la libertad, la responsabilidad individual, nuestras naciones y tradiciones, y la familia como unidad natural y básica de la organización social. No hay violencia en sostener que las instituciones deben servir al bien común y que la ley ha de proteger la pluralidad de conciencias. La hay, en cambio, en quien pretende callar al discrepante por el atajo del insulto o del puño.
Por eso, la conclusión es sencilla, aunque exigente. Yo —como tantos otros— estoy harto de que se me tilde de extremista o violento por el simple hecho de sostener convicciones conservadoras. Estoy harto de callar por miedo. Hemos soportado años de censura y cancelación, de sospecha preventiva y de cordones sanitarios. Pero la frontera se cruzó de nuevo ayer, y la respuesta no puede ser el silencio. El asesinato de Charlie Kirk no debe amedrentarnos: debe darnos el coraje para defender sin miedo ni complejos aquello en lo que creemos. Si algo exige este momento es la serenidad firme de quien rechaza el odio y se mantiene en la palabra, en la razón y en la ley.
A los que quieren callarnos y creen que nuestras ideas no tienen lugar en el espacio público, les auguro un futuro amargo, porque vamos a seguir hablando y bien alto. Porque como nos decía Charlie Kirk: «Cuando la gente deja de hablar, es cuando gana la violencia».