«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu

TRIBUNA | LUIS MONTERO TRÉNOR |

13 de octubre de 2026

El asesinato de ‘Pololo’ y otras historias de octubre

Miguel Durán Terry, conocido como 'Pololo'. Luis Montero

Cuando los chicos de Sol abandonan el camping y desfilan por las calles con sus banderas rojas, su clamor contra los abusos del casero y cierta querencia por viejas insurrecciones, la memoria (memoria histórica) se torna traviesa y recuerda revoluciones y revolucionarios de octubre que practicaron el genocidio con enorme eficacia. Arderéis como en el 34 o el 36.

Imaginamos el sopapo que cualquiera de aquellos mineros asturianos —curtidos en la oscuridad del subsuelo— soltaría a estos jóvenes de hoy, tan orgullosos de pertenecer a sindicatos de inquilinas como de asegurar que juntas vencerán al capital. Mejor si gritan más bajito para no avergonzar ni a Lenin ni a Largo Caballero ni a los padres de sus padres.

Madrid será la tumba del fascismo, inquilinas al poder. Quizá alguno de los acampados cuelgue en su cuarto un póster con la bandera roja que ondeó sobre el Reichstag y certificó la caída —988 años de adelanto— de un Reich con vocación milenaria. Una foto tan bien captada que parece inteligencia artificial de 1945, no como estas imágenes de ahora capaces de provocar leve vergüenza ajena y hasta cierta nostalgia por las formas soviéticas: activistas encaramados al oso de Sol (u osa, aquí también hay debate) con telas rojas pequeñitas y una lata de cerveza.

Que no se enteren los padres de vuestros padres, ni Largo Caballero ni Lenin, de que para vosotros el Palacio de Invierno es la sede de Urbagestión y hasta los chicos de Tecnocasa —con su descuidado aliño indumentario—  podrían ser considerados siervos del fasciocapitalismo. Hace años, en el 15-M, la disociación con la realidad llegó a ser tal que uno de sus líderes exclamó solemne: «¡Aquí, en la puerta del Sol, centro financiero de Madrid…!». A eso se le llama conocimiento de la zona.

Avanza el otoño madrileño con ojos de ira, pañuelo palestino y manifestantes que a juzgar por sus símbolos desearían marchar sobre Petrogrado. Por misterios y divergencias de los calendarios gregoriano y juliano, aquella revolución de octubre sucedió en nuestro noviembre y coincide en fechas casi exactas con las matanzas de Paracuellos. La carga simbólica es aplastante: arderéis y moriréis como en el 36. 

17 años después del año 17, socialistas, anarquistas y comunistas ensayaron otra revolución en Asturias: fueron pasados por las armas sacerdotes, seminaristas, empleados, propietarios, directivos, ingenieros o guardias civiles que combatieron hasta quedarse sin munición. Quizá el crimen más estremecedor y conocido sea el de los Mártires de Turón, asesinados con crueldad insuperable y canonizados por Juan Pablo II en 1999.

Antes de octubre del 34 —antes de la barbarie—, un asturiano polifacético, vitalista y singular encandilaba con su fútbol en esa zona de Madrid donde dos años después de su muerte comenzaron a librarse algunos de los combates decisivos de la guerra civil. Imaginemos a un  hombre pleno de optimismo, aficionado a vivir deprisa y a alcanzar la excelencia en todo lo que se propusiera: el fútbol (fue internacional con España), la ingeniería, la natación, la hípica y hasta el motor. 

Imaginemos al tipazo jugando en el Stadium Metropolitano (ubicado en la actual plaza de la Ciudad de Viena) junto a otros diez futbolistas que juntos formaban el llamado «Equipo de los Caballeros». Acostumbraban a congregar en cada partido a una ingente cantidad de señoritas, elegantes por cierto, deseosas de ver en acción al hombre del que hablamos —Miguel Durán Terry, conocido como Pololo—, al intelectual y notario Monchín Triana y a otros muchos jugadores de Honor y postín que lucían camisetas con alegres rayas rojiblancas.

Después del Atleti llegó el Real Oviedo y más tarde la edad aconsejó a Pololo dedicar todos los esfuerzos a su oficio de ingeniero y a la fábrica de explosivos de Lugones (Asturias) que dirigía su padre, Miguel Durán Walkinshaw.

Llegó octubre de 1934 y aquella fábrica resultó ser, por motivos obvios, objetivo prioritario de la turba. Padre, hijo y algunos empleados trataron de repeler el ataque, pero muy pronto se dieron cuenta de lo inviable de la empresa, agarraron un camión, introdujeron en él a varios familiares y con Pololo al volante comenzaron a transitar por caminos infestados de revolucionarios de gatillo fácil. El objetivo, alcanzar la salvación en el cuartel de la Guardia Civil de Oviedo.

La aventura y loca carrera por la supervivencia estuvo a punto de finalizar cuando un grupo de socialistas dio el alto al camión en La Corredoira, pero entonces imaginemos que Pololo pisó a fondo el acelerador, pasó por encima del punto de control y recibió una ráfaga de disparos. Le alcanzaron y las heridas eran mortales, pero los héroes son así y el defensa asturiano condujo alrededor de 15 kilómetros más —¡15 kilómetros!— hasta dejar a su familia en lugar seguro y, a continuación, abandonar este mundo para, imagínemos, llegar a ese otro donde ningún héroe es anónimo.

También su padre —como tantos padres, como tantos hijos— moriría víctima de la barbarie, pero los demás familiares salvaron la vida. Y ahora, cuando vemos las telas rojas y de pronto recordamos a los antepasados ideológicos de quienes las portan, lo mejor es mirar hacia arriba y pensar que siempre hubo y habrá héroes capaces de enfrentarse a las turbas, de no dudar ante el peligro y de escribir las mejores páginas de nuestra historia.

TEMAS |
+ en

Noticias de España

Fondo newsletter