Las viejas disputas entre estadounidenses y europeos solían enfrentar a los conservadores de este lado del Atlántico contra los socialistas europeos del otro. Esta vez no. Si uno observa de cerca la última escaramuza transatlántica, encontrará entre sus protagonistas a múltiples figuras del centroderecha europea.
El choque lleva gestándose mucho tiempo, pero estalló la semana pasada tras dos acontecimientos. El jueves a las 22:00, la Administración Trump publicó la Estrategia de Seguridad Nacional de Estados Unidos, un documento que colocó a Europa en el punto de mira. Al día siguiente, la Unión Europea multó a X, propiedad de Elon Musk, con 140 millones de dólares por supuestas violaciones de la Ley de Servicios Digitales (DSA).
En ambos casos, el centroderecha desempeñó un papel clave. Esto responde a una dinámica interna europea que confirma, una vez más, la célebre frase del fallecido presidente de la Cámara de Representantes de EEUU, Tip O’Neill: «toda política es local».
Trump provoca a una Europa acobardada
Lo que está en juego es una lucha por el poder dentro de Europa. Por un lado, está la vieja centroderecha: un bloque conservador que lleva décadas mirando hacia otro lado en cuestiones clave como la inmigración, la hegemonía cultural de la izquierda o la ideología de género. Esa pasividad ha provocado una rebelión en el electorado.
Este desencanto popular ha alimentado el auge de nuevos partidos disidentes de derecha a los que la prensa etiqueta como «populistas» o «extrema derecha». Pero el público ya no se deja engañar por esas etiquetas y estas formaciones crecen, arrebatando votos a el centroderecha tradicional.
Esta división se refleja, en menor medida, también en Estados Unidos. Nuestros «RINOS» —republicanos que nunca aceptaron a Donald Trump— se han alineado con los «euro-RINOS». En otras palabras, esta disputa transatlántica es en realidad dos batallas paralelas por el poder, una allá y otra aquí.
En EEUU esa batalla está prácticamente decidida. Trump y el movimiento MAGA se han hecho con el Partido Republicano, al menos por ahora. Y tanto el vicepresidente JD Vance como el secretario de Estado Marco Rubio extenderían ese dominio si ganaran la presidencia en 2028.
Pero en Europa la historia es distinta: Chega en Portugal, VOX en España, Agrupación Nacional en Francia, AfD en Alemania, el FPÖ en Austria, Reform UK en Reino Unido, entre otros, representan alternativas «trumpistas» en ascenso. Todos compiten con la vieja centroderecha consolidada.
Ese viejo establishment conservador —gastado pero aún dominante— está formado por partidos como la CDU/CSU alemana, el Partido Popular español, Los Republicanos de Francia y otros. Aunque cuentan con dirigentes válidos que entienden la necesidad de pactos, sus líderes prefieren mantener un cordón sanitario contra las nuevas derechas y, en muchos casos, se niegan a formar coaliciones. Por eso la Comisión Europea necesita la censura y recurre a la DSA.
La Ley de Servicios Digitales: el nuevo «Acta del Timbre»
La DSA ha sido comparada con la Stamp Act británica de 1765, que imponía impuestos a los materiales impresos y fue uno de los detonantes de la independencia estadounidense. La comparación es pertinente: la DSA convertiría a los burócratas de Bruselas en la policía mundial del discurso online.
El pretexto oficial es siempre el mismo: crear un entorno digital «seguro», combatiendo el «discurso de odio» y la «desinformación».
Pero estos conceptos, tan maleables, son plastilina en manos de burócratas autoritarios. El viejo orden quiere usar la DSA para impedir que los nuevos partidos usen las plataformas digitales —especialmente X— para saltarse el cordón sanitario mediático.
Según Alexandra Harrison Gaiser, abogada senior de Alliance Defending Freedom, la DSA es un «marco de censura digital» que concede a una burocracia no elegida un enorme poder para silenciar la libertad de expresión en todo el mundo, amenazando a las plataformas con multas ruinosas.
La Comisión acusa a X de que su verificación de pago «confunde» a los usuarios, de mantener una biblioteca de anuncios insuficiente y de obstaculizar el acceso a datos públicos que permitirían analizar «discurso de odio». Excusas claras para limitar su libertad.
Y aquí es donde aparece el centroderecha europeo: Ursula von der Leyen preside la Comisión y Manfred Weber, del PPE, lidera el bloque de partidos tradicionalmente conservadores en la UE. Ambos proceden de la CDU alemana. Políticos como Radek Sikorski (Polonia), Esteban González Pons (PP español) y dirigentes de Dinamarca y Austria han celebrado abiertamente las multas.
Lo que dice la Estrategia de Seguridad Nacional sobre Europa
La estrategia publicada por Trump fue casi profética. Declaraba que EE.UU.: «se opondrá a las restricciones antidemocráticas impulsadas por élites contra las libertades fundamentales en Europa, el mundo anglosajón y el resto del mundo democrático, especialmente entre nuestros aliados».
Y advertía que Europa enfrenta problemas graves: «políticas migratorias que transforman el continente, censura y supresión de la oposición política».
La reacción del viejo orden europeo ha sido atrincherarse.
El sábado, el subsecretario de Estado Chris Landau preguntó en X por qué nuestros aliados más firmes en la OTAN «se convierten en feroces antiestadounidenses cuando se ponen el sombrero de la UE». La respuesta es evidente: dejan de comportarse como estadistas y actúan como políticos defendiendo su parcela de poder.
Mike González publicó este artículo originalmente en inglés en el Washington Examiner