«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu

TRIBUNA | MARCELA REIGÍA |

13 de enero de 2026

El Estado del bienestar deja de proteger a quienes lo sostienen

Pedro Sánchez. Europa Press

Las recientes declaraciones de Pedro Sánchez, en las que presenta la inmigración masiva como un pilar imprescindible para sostener el Estado del bienestar y minimiza el impacto del llamado efecto llamada, no se quedan en el terreno de las ideas. Tienen consecuencias reales, visibles y cotidianas, especialmente para una generación joven que trabaja, cumple y, aun así, siente que cada vez llega a menos.

No hace falta recurrir a grandes estadísticas para entenderlo. Basta con mirar la vida diaria de miles de jóvenes que encadenan contratos temporales, comparten piso porque no pueden permitirse un alquiler propio o esperan meses para una cita médica. Estos problemas no se viven como debates ideológicos, sino como cansancio acumulado, como frustración constante. Y cuando desde el poder se insiste en que todo funciona y que cuestionarlo es insolidario, la sensación no es de progreso, sino de abandono.

La inmigración se presenta a menudo como una solución automática al envejecimiento de la población, pero rara vez se analiza desde su impacto real sobre los servicios públicos más tensionados o sobre los salarios más bajos. El Estado del bienestar no se rompe de golpe: se va desgastando poco a poco. Son pequeños problemas que, día tras día, acaban colándose en la vida de cualquiera, incluso en la de quien nunca pensó que le tocarían.

Restar importancia al llamado efecto llamada no es un gesto de empatía, sino una forma de mirar hacia otro lado cuando la realidad empieza a incomodar. Las políticas públicas envían señales claras, y cuando esas señales transmiten desorden o falta de control, el resultado no es convivencia, sino incertidumbre. Especialmente entre quienes sienten que hacen lo correcto y, aun así, ven cómo las oportunidades se reducen.

Lo más preocupante no es la inmigración en sí, sino la imposibilidad de debatirla sin ser señalado. Defender límites, exigir integración o pedir que los recursos no se estiren hasta romperse no es rechazar al otro; es intentar proteger lo común. Un Estado que renuncia a ordenar termina descargando el peso sobre los mismos de siempre: los que trabajan, los que cotizan y los que no tienen alternativa.

España necesita una política migratoria seria, pensada tanto para quien llega como para quien ya está aquí intentando construir un futuro. Porque cuando las decisiones se toman lejos de la calle, sus efectos siempre acaban llegando al mismo sitio: al bolsillo, al barrio y a la vida del español corriente.

Y mientras desde arriba se repiten consignas tranquilizadoras, abajo crece una generación que trabaja más, cobra menos y vive peor que la anterior. Una generación a la que se le piden sacrificios infinitos, pero a la que nadie parece querer escuchar. Cuando el Estado del bienestar deja de proteger a quienes lo sostienen, el problema ya no es ideológico. Es profundamente humano.

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