Ser autónomo en España no es un modo de vida: es una prueba de resistencia. Una combinación extraña de trabajo, contabilidad, fe y algo de masoquismo burocrático. Se suele decir que los autónomos son el motor de la economía, pero todo apunta a que, en realidad, son el muñeco de entrenamiento del sistema fiscal. En otros países, cuando alguien emprende, se le anima. Aquí se le observa con lupa, como si la voluntad de trabajar por cuenta propia fuera, en sí misma, una sospecha. Mientras tanto, desde los ministerios llega siempre el mismo mensaje: ayudas, incentivos, subvenciones extraordinarias. Suenan muy bien en las ruedas de prensa, con fotos y sonrisas, pero rara vez aparecen en la vida real.
Las ayudas son como los unicornios: existen en los folletos, en los anuncios, en las promesas. El autónomo las solicita, adjunta papeles, certificados, avales, declaraciones juradas, informes, análisis, y descubre que hay un requisito escondido que lo deja fuera. Lo más gracioso es que todos esos documentos ya los tiene el propio Estado, accesibles con sólo pulsar una tecla, pero aun así exigen que el autónomo los adjunte, los imprima, los escanee y los vuelva a mandar como si ellos no los tuvieran. Es la versión moderna de pedirte el DNI para comprobar que eres tú, aunque ya están viéndote la cara. El procedimiento importa más que el resultado.
Y luego está Hacienda. Hacienda no es una administración: es un personaje siempre presente, siempre detrás, siempre atento. No sea que el autónomo se equivoque en una coma, en un céntimo, en una fecha. No sea que facture algo. No sea, Dios no lo quiera, que gane dinero. Aquí, el éxito no se celebra, se revisa. En España un buen ejercicio económico no es motivo de felicitación: es motivo de inspección. El autónomo no sabe si trabaja para su negocio o para Hacienda, pero tiene claro que, cuando paga, nunca es suficiente. Siempre hay algo más: una cuota, un recargo, una regularización, una sanción preventiva. Se le trata como si el delito fuera intentar prosperar.
La burocracia es un personaje más en esta historia. Formularios digitales que no funcionan, sedes electrónicas que colapsan los días clave, certificados que deben imprimirse, firmarse, escanearse y enviarse… en PDF. El país presume de digitalización mientras obliga a adjuntar documentos digitales que fueron impresos previamente para ser digitalizados otra vez. Es poesía administrativa. La burocracia no ayuda: vigila. Y lo hace con una dedicación admirable, como si el verdadero objetivo del trabajo público fuera impedir el privado.
Y entonces llega el capítulo más brillante: la revalorización retroactiva de cuotas según ingresos. Una idea extraordinaria: se exige pagar hoy por lo que se ingresó ayer con criterios inventados mañana. Los abogados, especialmente, lo han comprendido con claridad. Deben declarar ingresos antiguos usando reglas nuevas, como si tuvieran una máquina del tiempo guardada en el despacho. La seguridad jurídica deja de ser un principio y pasa a ser una anécdota. El mensaje es sencillo: si ha ganado algo, incluso si no lo sabía, vuelva a pagarlo. Hay que admirar cierta creatividad.
Ser autónomo, se dice, es libertad. Y quizá lo sea, si uno entiende la libertad como correr sin descanso, perseguido por formularios, cuotas y recibos. Libertad es poder elegir cuándo trabajar, aunque rara vez se pueda elegir cuándo descansar. No hay vacaciones garantizadas, ni bajas seguras, ni red de protección. Lo que sí hay, garantizado, son los pagos. El autónomo trabaja por amor a su oficio, pero también por amor a no tener que pedirle nada al sistema. Porque cuando pide, tarda. Pero cuando debe pagar, es puntual. Y esto no es una exageración simbólica: el 18 de agosto es la fecha en la que muchos españoles finalmente dejan de trabajar para Hacienda y podrían empezar a ganar algo para sí mismos. Libertad debería ser poder elegir cuándo trabajar, aunque rara vez se pueda elegir cuándo descansar.
España afirma necesitar emprendedores, pero trata al autónomo como si fuera un problema pendiente de resolución. Se le estudia, se le registra, se le documenta, se le persigue con regularizaciones. Tal vez algún día se descubra que, además de pagar, los autónomos trabajan. Incluso generan riqueza. Puede que entonces llegue la ayuda anunciada. O puede que llegue otro formulario. Lo único seguro es que mañana el autónomo volverá a levantarse temprano. No por amor al sistema, sino por algo más sencillo, más humano y, seguramente, más realista: porque todavía queda trabajo por hacer y nadie más va a hacerlo.