«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu

TRIBUNA | MIREIA BORRÁS |

4 de septiembre de 2025

El precio de vaciar el campo

Incendio en Zamora. Europa Press

Agosto de 2025 será recordado por todos los españoles como un mes negro. Sólo desde el 8 de agosto han ardido 360.000 hectáreas en nuestro país (más de 400.000 desde el 1 de enero). A falta de varias semanas para finalizar la temporada de incendios, 2025 va camino de convertirse en el año con más hectáreas quemadas del siglo XXI. Para encontrar un año con peores cifras nos tendríamos que remontar a 1994, cuando ardieron 437.602,50 hectáreas.

No hacía falta ser un genio para saber que este verano iba a ser «complicado» forestalmente hablando. Después de un invierno y una primavera lluviosas, con precipitaciones abundantes y por encima de lo normal en buena parte de la península; montes, prados, tierras, lindes y cunetas se encontraban rebosantes de vegetación. Hace no mucho, esa vegetación habría servido de alimento para ovejas, cabras o vacas. Los miles de rebaños que pastaban por nuestro país en un régimen de semi libertad habrían ayudado a limpiar y desbrozar.

Pero ya no. En los últimos 20 años España ha perdido casi nueve millones ovejas, pasando de 22,4 a 13,5 millones de cabezas y cerca de 600.000 cabras, pasando de cerca de tres millones a apenas 2,4 millones de cabezas. Con respecto a las vacas, sólo en los últimos cuatro años nuestro país ha perdido 122.000 cabezas (casi el 7% de su cabaña) de 6.636.000 a 6.173.000.

Detrás de ese drama, se esconden miles de explotaciones cerradas, falta de oportunidades y despoblación. La ola de incendios que azota nuestro país no es más que la consecuencia de décadas de abandono del medio rural, de políticas erráticas que limitan su capacidad productiva y de normativas que disfrazadas de un falso ecologismo terminan por «aburrir» a sus habitantes hasta expulsarlos. Este es el resultado de legislar desde los despachos, que la norma choca con la realidad. Sólo cuando la naturaleza y la realidad es más fuerte que la ideología se rectifica.

Se rectifica cuando el Gobierno modifica la Ley de Residuos a los pocos meses de su aprobación tras comprobar que la prohibición general de quema controlada de restos de poda agrícola es un absoluto despropósito y puede suponer una acumulación brutal de combustible en el medio rural.

Se rectifica, cuando después de meses de protestas, la Comisión y el Gobierno se abren a modificar la condicionalidad de la PAC, para permitir, por ejemplo, un laboreo superficial de los rastrojos después de la cosecha, para que, entre otras cosas, la propia tierra pueda servir de cortafuegos.

Se rectifica, cuando después de 10.000 ataques de lobo, 30.000 cabezas afectadas y cientos de explotaciones abocadas al cierre, la Comisión se abre a cambiar la Directiva Hábitats para modificar el estatus del lobo y gestionar su población. Y así todo.

Y todo esto con un país que cuenta con más del 36% de su superficie protegida y donde hay declarados 16 parques nacionales, 154 parques naturales, 294 reservas naturales, 367 monumentos naturales, 67 paisajes protegidos y más de 800 espacios con otras figuras desarrolladas por las CCAA en donde la limpieza y desbroce de estas superficies está sometida a autorización. De la práctica imposibilidad de tocar y limpiar los cauces de los ríos por parte de los ciudadanos ya ni hablamos, recordemos Valencia.

El conjunto de catástrofes que afronta España no es una consecuencia directa del cambio climático por mucho que Pedro Sánchez se empeñe, sino el resultado de décadas de abandono, de despoblación y de desastrosa gestión del medio rural.

Necesitamos que se devuelva la capacidad de gestionar y producir al campo, que se permita el aprovechamiento sostenible de los recursos y que se apoye a quienes aún resisten en el medio rural.

Sólo mediante un cambio de rumbo en la orientación de las políticas públicas poniendo la productividad, la rentabilidad y al agricultor-ganadero-silvicultor en el centro podremos volver a ofrecer un futuro a los habitantes de nuestro mundo rural. Porque la ideología cuesta vidas. Y la factura que pagamos cada verano en forma de hectáreas quemadas, pueblos arrasados y vidas truncadas es el precio de una política que da la espalda a la realidad y a la gente que mantiene en pie nuestra tierra.

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