En tiempos de incertidumbre geopolítica, las naciones no sólo toman decisiones: se definen. Y España, ante las crecientes tensiones en torno a Irán, ante la posición adoptada por el Gobierno de Pedro Sánchez respecto al uso de las bases de Rota y Morón por parte de Estados Unidos, y ante su negativa a alinearse con el objetivo del 5% del PIB en defensa en el marco de la OTAN, vuelve a enfrentarse a una pregunta esencial: ¿pertenece inequívocamente a Occidente o aspira a deslizarse hacia una posición más próxima al llamado Sur global?
No es una cuestión táctica. Es una cuestión de civilización.
En el fondo de toda lucha política late una lucha por la cultura: por el conjunto de instituciones, hábitos y principios que sostienen la vida civilizada. Todo proyecto histórico invoca el progreso. Pero no todo cambio eleva; algunos erosionan. No toda ruptura libera; algunas debilitan el armazón que hace posible la libertad, el orden y la estabilidad.
España es hija de Europa. Su arquitectura política hunde sus raíces en Roma; su conciencia moral se consolida en la tradición cristiana asentada en el Reino de Toledo; su impulso racional bebe de Atenas. Su Estado moderno se forja en la experiencia continental, y su proyección atlántica se integra en la comunidad occidental. Esa herencia no es decorativa: es estructural.
Occidente no es simplemente una alianza militar articulada en torno a Estados Unidos. Es un espacio histórico basado en la primacía de la ley, la separación de poderes, la economía abierta y la dignidad de la persona. Europa no es su periferia: es su cuna. Y España forma parte sustantiva de esa tradición.
Sin embargo, la fricción reciente es evidente. Las declaraciones de Donald Trump, cuestionando públicamente el compromiso español con el objetivo del 5% del PIB en Defensa y sugiriendo eventuales represalias comerciales o estratégicas, no son mera retórica. Expresan una idea clara del vínculo Atlántico: quien no comparte las cargas, pierde peso. A ello se suma el debate abierto en ciertos sectores conservadores estadounidenses sobre el valor estratégico de mantener bases en países que no responden con lealtad suficiente a las exigencias de la alianza. Más allá del debate jurídico o diplomático, el mensaje estratégico es inequívoco: la confianza se ha resentido.
Aquí conviene introducir la reflexión de Samuel P. Huntington. En ¿Quiénes somos?, Huntington sostiene que las naciones no se sostienen únicamente sobre intereses, sino sobre identidades civilizatorias profundas. Las alianzas duraderas no descansan sólo en cálculos económicos o militares, sino en una percepción compartida de pertenencia cultural.
Aplicado a España, esto significa algo muy concreto: la pertenencia a Occidente no es una adhesión administrativa a una organización internacional; es la expresión política de una identidad histórica. Si esa identidad se relativiza —ya sea por cálculo coyuntural, por distanciamiento retórico o por ambigüedad estratégica— el país empieza a erosionar la base cultural que justifica su posición en el sistema internacional.
Huntington advertía de que, cuando una nación duda de su propia identidad, su política exterior pierde coherencia. La ambigüedad no se interpreta como sofisticación diplomática, sino como falta de convicción. Y en un mundo que vuelve a organizarse por bloques civilizatorios, la indefinición termina siendo una definición implícita.
El llamado «Sur Global» no constituye una civilización homogénea; es una agregación política de Estados con trayectorias, intereses y sistemas diversos, unidos en muchos casos por una narrativa de revisión antioccidental. Algunos de sus polos gravitatorios se sitúan en torno a China o países africanos, potencias que cuestionan abiertamente los principios institucionales que han estructurado el orden occidental europeo y transatlántico. No se trata de caricaturizar ese espacio, sino de reconocer que no comparte necesariamente el mismo marco civilizatorio que ha definido a Occidente y que, en muchos casos, se articula precisamente en oposición a él.
Para Huntington, la clave está en la coherencia entre identidad interna y proyección externa. Una nación que debilita su consenso interno sobre el Estado de derecho, la unidad política o la cultura compartida proyecta, inevitablemente, vacilación en el exterior. La fortaleza estratégica no es sino el reflejo de la solidez cultural.
España posee una vocación iberoamericana y mediterránea. Puede ser puente. Pero un puente no puede convertirse en territorio ambiguo. La autonomía estratégica europea puede ser legítima; la desvinculación civilizatoria, no. Asumir responsabilidades en defensa no es sumisión, sino corresponsabilidad dentro de una comunidad política más amplia.
En este contexto emerge una diferencia clara en el debate político español. Mientras buena parte de la clase dirigente aborda la política exterior en términos coyunturales o meramente administrativos, el presidente de VOX, Santiago Abascal, es el único líder español que ha formulado explícitamente una concepción civilizatoria de España en un sentido próximo al planteado por Huntington. Abascal sostiene que España «lucha por la identidad del mundo occidental» y que su proyecto político pretende ofrecer «resistencia a toda ofensiva contra las libertades, las costumbres y las soberanías!.
Desde esta perspectiva, la defensa de Occidente no es una cuestión meramente diplomática, sino histórica: preservar la continuidad cultural de las naciones que lo componen. Como él mismo ha afirmado: «La grandeza de Europa es la grandeza de sus naciones. Y esa grandeza de Europa sólo se puede lograr garantizando la continuidad histórica de las naciones, con respeto a su soberanía y a la libertad de sus gentes». Ese mensaje civilizatorio ha sido ratificado este fin de semana en la Convención Conservadora celebrada en Hungría.
La cuestión final es clara: ¿quiere España seguir formando parte activa del núcleo europeo-occidental? ¿O prefiere deslizarse hacia una ambigüedad estratégica que, en un mundo definido de nuevo por identidades civilizatorias, la sitúe en la periferia?
En política internacional, no decidir también es decidir. Y, como recordaba Huntington, las naciones que pierden claridad sobre quiénes son terminan perdiendo capacidad para influir en lo que sucede.
España necesita claridad. Porque la pertenencia a Occidente no es una consigna coyuntural: es una responsabilidad histórica y una definición de identidad. Frente a un Pedro Sánchez que duda, que tensiona la relación con los aliados occidentales y que se aproxima a potencias hostiles o rivales del orden occidental, mientras se sostiene en una coalición alimentada por quienes desprecian la continuidad histórica de España y de Occidente, Santiago Abascal afirma con rotundidad: «Hoy el mundo habla de España porque la gobierna un tirano. Pero mañana el mundo hablará de España por nuestro gran renacimiento. Reconstruiremos Europa. Reconstruiremos Occidente. Y reconstruiremos el mundo libre».