«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu

TRIBUNA | JULIÁN VICTORIA |

13 de septiembre de 2025

¿Es este el fin de Occidente? 

Partenón. Europa Press

Que Occidente bebe de distintas pero sinérgicas fuentes para configurarse en la civilización que es —o ha sido— es una obviedad de sobra conocida. En términos nucleares, podemos afirmar los tres pilares que nos sustentan: Grecia, con su logos, el pensamiento racional que iluminó nuestras mentes; Roma, con el «iure», las leyes que construyeron nuestras sociedades; y el cristianismo, que insufló el anima misma en el cuerpo de nuestra civilización.

Empero, también es de sobra conocido —aunque por pocos reconocido— que Occidente vive en la actualidad sus horas más bajas. Tambores de victoria empiezan a ser percutidos por otras culturas ante la débil situación y casi inminente caída del hegemón. Huntington en estado puro. Dos milenios de luz están a punto de doblarse sobre el ruedo de la historia y, como Ícaro, sus alas parecen haberse quemado por volar tan cerca del Sol.

Cabe entonces preguntarse: ¿es este el fin de Occidente? 

Basta con rebuscar entre los antiguos pergaminos, aquellos borrados de la biblioteca de nuestra memoria como si del incendio de Alejandría se tratase, para encontrar un ya pasado pero apocalíptico presagio: Roma.

¿Por qué cayó Roma? No fue tan sólo por su tamaño o corrupción, sino por las cuatro grandes causas que llevaron a su colapso: la crisis económica, la decadencia moral, la caída demográfica y las invasiones bárbaras.

La crisis económica fue como un veneno que corrió lentamente por sus venas. La moneda, pilar de su economía, fue destruida progresivamente. Durante décadas, Roma devaluó el denario para «crear» más dinero. Lo que empezó como una pequeña erosión, terminó convirtiendo lo que fue una próspera economía en un sistema colapsado. En tiempos de Augusto, el denario contenía un 95% de plata; bajo Marco Aurelio, un 75%; con Caracalla, ya solo quedaba un 50%. Y bajo Diocleciano, no era más que un pedazo de bronce cubierto por una fina capa de plata. La inflación, que llegó a superar el 1000%, desangró a los ciudadanos romanos, y el Estado, siempre ansioso de expansión y poder —el Leviatán de Hobbes—, devoró los recursos de su pueblo.

En cuanto a la decadencia moral, ¿qué podemos decir que no sea ya una elegía de la destrucción? La perversión de menores, el afeminamiento de los hombres y la corrupción de la virtud que había hecho grande a Roma —sustituida por intrigas palaciegas, gula de placeres y bacanales de supuestos derechos— convirtieron a la Cittá Eterna en un lupanar irreconocible. En palabras del Dr. Jordan Peterson, «si crees que los hombres fuertes son peligrosos, espérate a ver de lo que son capaces los hombres débiles».

Luego está la caída demográfica, un flagelo silencioso que fue erosionando las entrañas del Imperio. En los últimos siglos, Roma experimentó un dramático descenso en su natalidad. La élite, temerosa de dividir sus vastos patrimonios, decidió no tener hijos, prefiriendo gozar de su riqueza en vida. Roma depositó entonces sus esperanzas en la inmigración como sustituto de población propia, a modo de parche para mantener la pesada operatividad de su sociedad.

¿Y las invasiones bárbaras? Ante la debilidad manifiesta de Roma emanada de las tres primeras causas, sus enemigos olieron la sangre y no dudaron en acudir a bebérsela. Por un lado, sucesivas oleadas de ataques bárbaros frontales fueron erosionando y socavando las antaño inexpugnables fronteras del Imperio. Por otro, dichas fronteras ciertas fueron de forma imperceptible traspasadas por otro tipo de bárbaros, quizá no tan beligerantes en armas, pero si en costumbres, que creyeron ver en la Roma decrépita la posibilidad de un mejor futuro. La nueva Babilonia estaba servida: culturas antagónicas enfrentadas entre ellas, guetización de las ciudades, nuevos y distintos dioses -y, por tanto, nuevos y distintos valores-, maneras salvajes, etc. En fin, un estercolero multicultural ingobernable, donde lo propio fue desplazado por lo ajeno.

Todo lo anterior creó el cóctel perfecto para la implosión de cualquier sociedad: no reconocerse, en sí misma, a sí misma.

Pero ¿qué tiene esto que ver con Occidente?

La verdad es que todo. Las grietas en nuestra civilización son innegables, y nos llevan por el mismo camino de ruina que Roma recorrió. La crisis económica nos devasta, el alma de nuestra sociedad está enferma, nuestras tasas de natalidad decaen, y el multiculturalismo nos arrastra hacia una —quizá— inevitable sustitución poblacional y un desplazamiento cultural manifiesto.

Animo al lector de estas líneas a preguntarse si los errores cometidos por los romanos no son aquellos mismos que con esmero y exactitud estamos replicando en Occidente. Si no hemos aprendido nada del pasado, o quizá nuestra civilización es ya tan irreconocible y ha mutado tanto que la ruina de sus antepasados no es augurio de lo que está por venir.

Occidente se halla sumido en una especie de viaje astral, donde al alma se separa del cuerpo y, al verse desde fuera postrado, no reconoce como propia la gangrena que necrosa sus extremidades. Es el coronel Aureliano Buendía, sentado frente a su casa y arropado tan sólo por una roñosa cobija, viendo pasar su propio entierro.

Cuando las grietas de nuestra civilización, a saber, la crisis económica, la debacle moral, la caída demográfica y el multiculturalismo bárbaro terminen de dilatarse, los otrora orgullosos muros del Bien, la Verdad y la Belleza que sustentaron nuestro destino manifiesto colapsarán. Y entonces, como Quevedo, exclamaremos:

«Buscas en Roma a Roma, ¡oh peregrino!,

y en Roma misma a Roma no la hallas:

cadáver son las que ostentó murallas,

y tumba de sí propio el Aventino»

TEMAS |
+ en

Noticias de España

Fondo newsletter