«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu

TRIBUNA | GOIZEDER AZÚA |

21 de diciembre de 2025

Esperar la libertad de Venezuela

María Corina Machado. Europa Press

Esperar a María Corina Machado en Oslo, después de 16 meses en clandestinidad en Venezuela y en medio de una travesía de película en tierra, mar y aire, no fue sólo un acto de paciencia en medio de la incertidumbre. Fue un gesto colectivo de esperanza, de fe profunda en que la historia —cuando es justa— termina encontrando su cauce. Esperarla era honrarla. Y honrarla significó también acompañarla con actos cargados de sentido, como la presentación del documental María Corina: la conquista de la libertad, una producción de la Fundación Disenso que se ha convertido en una pieza audiovisual rotunda y necesaria para entender cómo llegamos hasta aquí.

El documental recorre el origen de una vocación que no nació del poder, sino del servicio. La historia de María Corina Machado es la de una joven ingeniera y estadista que, con una visión clara y una misión profundamente humana, se propuso mejorar la vida de los niños venezolanos. En ese camino entendió algo fundamental: sin transparencia electoral no hay futuro posible. Sin verdad en las urnas no hay justicia social, ni desarrollo, ni dignidad.

Fue esa convicción la que la llevó al Parlamento y la convirtió en una diputada incómoda para el poder. Una mujer que le habló claro y de frente a la dictadura cuando muchos preferían el silencio o la ambigüedad. «Expropiar es robar», dijo sin rodeos, poniendo palabras donde otros sólo insinuaban. Y luego hizo algo aún más peligroso para un régimen autoritario: se adentró en el país real, en el pueblo, en las calles olvidadas, desafiando obstáculos, amenazas y persecuciones.

El régimen la vio siempre como enemiga. Por eso intentaron silenciarla políticamente, le prohibieron salir del país, la separaron físicamente de sus hijos, la sometieron a un castigo que busca quebrar no solo al líder, sino a la persona. Y, sin embargo, ella insistió. Insistió con valentía y con dignidad. Dos valores que, sumados a la confianza ganada del pueblo venezolano, la llevaron a Oslo para recibir el Premio Nobel de la Paz. Un premio que no es sólo suyo, sino de todos los venezolanos que creen, que esperan y que inspiran.

Esperar a María Corina en Oslo, en medio de la incertidumbre de su llegada, y poder darle un abrazo fue mucho más que un gesto emotivo. Fue el punto de partida simbólico para el reencuentro, la reconciliación y la transformación de nuestro país. Venezolanos de distintas partes del mundo —desde Japón hasta la Patagonia— hicieron un esfuerzo extraordinario para presenciar uno de los momentos más potentes de nuestra causa: la entrega del Nobel de la Paz a una mujer que representa la lucha limpia por la libertad.

Ese premio se convirtió también en una sentencia y una advertencia contra los regímenes autoritarios, en especial el de Nicolás Maduro. Desde el propio Comité del Nobel se exigió su renuncia por haberse robado la elección, por haberle robado la libertad a millones de venezolanos, con un énfasis particular en los jóvenes secuestrados por pensar distinto, por protestar o simplemente por estar en el lugar equivocado.

Fui testigo de ver a María Corina en varias de sus facetas. La política brillante y valiente, capaz de sostener un discurso firme sin perder humanidad. La madre imparable, porque las madres hacemos lo que sea por nuestros hijos. La líder que inspira a sus equipos incluso en las peores circunstancias. Y la venezolana de bien que trabaja incansablemente por liberar a un país secuestrado por un narcoestado.

El documental de Disenso logró algo difícil y profundamente necesario: sacó lágrimas, provocó sonrisas y nos removió el sentido de pertenencia. Nos recordó lo que significa tener una tierra y perderla. Lo que implica que los abuelos no conozcan a sus nietos. Lo que duele ver a jóvenes secuestrados por resistir a una dictadura. Escuchar a parte del equipo de María Corina hablar de ella —y de ellos mismos—, incluso después de haber estado privados de libertad durante meses, confirma que ella no solo construye equipos de confianza, sino de compromiso real.

Con más de 120.000 reproducciones en YouTube, el documental es también una pieza de libertad, de ejemplo y de valentía. No es la demostración de una ideología repartida en testimonios. Es la verdad de un país contada desde múltiples voces. Es la confirmación de un apoyo moral firme en el rescate de la democracia y la libertad.

Estamos viviendo una historia cuyo final está escrito. Seremos libres. Y esperamos que sea lo más pronto posible, porque el abrazo del reencuentro de las familias no puede seguir esperando. Gracias, María Corina. Y gracias, de corazón, a quienes reconocen nuestra causa, que es la causa de todo aquel que cree en la democracia real: esa que sale del discurso y se instala en la calle para mejorar la vida de los ciudadanos.

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