TRIBUNA | PEDRO CARLOS GONZÁLEZ CUEVAS
Francisco Franco a los 50 años: una reflexión histórico-política
Francisco Franco a los 50 años: una reflexión histórico-política
En 1972, Franco recibió a un prometedor político norteamericano, Ronald Reagan, gobernador de California. Ambos destacaron por su anticomunismo. (FNFF)
Por LGI
16 de noviembre de 2025

«No vale decir, como dicen algunos frívolos, que Franco es simplemente un individuo grotesco, que tiene buena suerte, porque eso no es más que la versión invertida de la imagen de Franco hombre providencial difundida por la propaganda. ¿Puede, en efecto, imaginarse nada más providencial que veinticinco años de buena suerte? Veinticinco años son muchos años. España y los españoles han cambiado, y aunque forzosamente hubieran cambiado también sin Franco, el hecho es que han cambiado con él. De la España que Franco deje han de partir quienes vengan cuando éste acabe, no de ninguna anterior». Así se expresaba, a la altura de 1965, Jaime Gil de Biedma, todo lo contrario de un franquista; gran poeta, hombre de izquierda y homosexual. El análisis destacaba por su realismo político y lucidez histórica.

Y es que, como hubiera dicho Ralph Waldo Emerson, Francisco Franco fue un «hombre representativo» de la sociedad española de la época. La representatividad estaba asociada al «heroísmo», «una actitud militar del alma», cuyo fundamento era «el desprecio por la seguridad y la tranquilidad, que constituyen el atractivo de la guerra». Desde otra perspectiva, Hegel hizo referencia igualmente a «los individuos históricos» como aquellos que «realizan el fin conforme al concepto superior del espíritu».

La sociedad española padece una de las crisis más agudas de su historia contemporánea. No se trata sólo de una crisis social y económica, sino cultural y de identidad. La actualidad española se caracteriza por una falta de creatividad ciertamente singular y alarmante. Nuestra historiografía no es ajena a esa realidad tan descorazonadora, sino su reflejo. En ese campo, vivimos bajo de férula del tópico. Lo cual se manifiesta en la incapacidad por parte de la mayoría de los historiadores a la hora de dar una interpretación mínimamente realista de la figura de Francisco Franco, que vuelve de nuevo a la actualidad. En la mayoría de los casos, la interpretación de la figura del dictador suele caer en la siempre fácil y gratificadora demología, en el mal radical. Como diría Leo Strauss: reductio ad hitlerum.

No caeré, por mi parte, en esa simplificación. El análisis de la figura del general Franco ha de hacerse desde la perspectiva del realismo político que profeso, tributario de Thomas Hobbes, Carl Schmitt, Julien Freund y Raymond Aron. A la hora de interpretar la figura histórica de Francisco Franco resulta indispensable contextualizarla en profundidad. Según señalaba Ortega y Gasset, la trayectoria vital de un ser humano es consecuencia de tres factores fundamentales: la vocación, la circunstancia y el azar.

La vocación es el tipo de hombre que la persona en cuestión pretende ser. Consiste en el más íntimo deseo del hombre, en su auténtico «yo». La circunstancia es el mundo de las cosas en derredor, las facilidades y dificultades con que toda vida se encuentra para realizarse. La circunstancia es un ingrediente esencial de la vida e incluye las facultades y aptitudes personales. El azar es un factor imprevisible que interfiere en ese sistema inteligible que forma la vocación y la circunstancia. Así pues, escribir una biografía es acertar a poner en ecuación esos tres valores.

Francisco Franco no fue, ni pretendió ser, un hombre de pensamiento. Fue un militar y un nacionalista español. Como demostraría a lo largo de su mandato, fue un político frío, realista e implacable, imbuido de una idea casi mesiánica de su misión histórica. Su figura resulta inexplicable sin la yuxtaposición de las dos grandes crisis de la sociedad española contemporánea: la de 1898, es decir, la de identidad nacional, y la de 1917-1939, a saber, la social y política. Franco fue un hombre que vio zozobrar los valores en que hasta entonces se asentaba el concepto de patria española; el declive del régimen liberal y parlamentario; las insuficiencias del proceso de «nacionalización de las masas» españolas; la debilidad del aparato estatal; el subdesarrollo social y económico; el ascenso de los nacionalismos periféricos catalán y vasco; el triunfo y la consolidación de la revolución bolchevique en Rusia y sus intentos de extensión al resto de Europa;  el ascenso de los fascismos; y, sobre todo, la amenaza muy real, y nada retórica, de revolución social en España a lo largo del período republicano. La guerra civil no puede interpretarse correctamente si no es a partir de la dialéctica entre revolución y contrarrevolución.

Francisco Franco no fue un hombre mediocre y tampoco un líder político-militar improvisado. Aunque no era un intelectual; tuvo, sin duda, sus inquietudes culturales y literarias. Así lo demuestra su libro Diario de una bandera. Fue lector de Valle Inclán y de Ortega y Gasset.  Era uno de los militares más prestigiosos del Ejército español y uno de los generales más jóvenes de Europa. Ya en los años veinte del pasado siglo había adquirido celebridad como fundador y líder de la Legión Española. Y, como recoge la historiadora Laura Zenobi, en la prensa se hacía mención a «los bravos muchachotes de Franco», al «bravo Franco», al «as de la Legión». Gentilhombre de Cámara de Alfonso XIII, siempre se sintió monárquico, aunque acató disciplinadamente el advenimiento del régimen republicano, que acabó con una de sus grandes creaciones, la Academia Militar de Zaragoza. En sus diarios, Manuel Azaña lo consideraba el «más temible», «el único temible» de los militares sospechosos de antirrepublicanismo.

A lo largo de la etapa republicana, votó a la derecha católica representada por la CEDA, aunque fue suscriptor, por mediación de su amigo el marqués de la Vega de Anzo, de la revista monárquica Acción Española. Su actuación frente a la insurrección socialista de octubre de 1934 le valió la simpatía y el apoyo de los sectores republicanos conservadores y de la derecha católica. Diego Hidalgo, ministro de la Guerra en aquellos momentos, destacaba su «capacidad de trabajo» y su «clara inteligencia». En el mismo sentido, el escritor Salvador de Madariaga señalaba en sus Memorias su «inteligencia concreta y exacta». Cuando José María Gil Robles, el líder de la CEDA, accedió a la cartera de Guerra, Franco fue nombrado jefe del Estado Mayor Central. Y no deja de resultar significativo que el dirigente socialista Indalecio Prieto, en su célebre discurso pronunciado en Cuenca el 1 de mayo de 1936, destacara su figura como un posible candidato de una eventual insurrección contra el gobierno del Frente Popular: «El general Franco, por su juventud, por sus dotes, por la red de sus amistades en el Ejército, es hombre que en un momento dado, puede acaudillar —con el máximo de probabilidad, todas las que se deducen de su prestigio militar— un movimiento de este género».

El célebre constitucionalista Carl Schmitt vio en Franco la encarnación del Katechon español. Se trataba de una figura apocalíptica presente en la segunda epístola paulina a los Tesalonicenses, como un dique, una fuerza que impedía, en términos teológico-políticos, el triunfo del Anticristo. En el caso español, de la revolución anarquista y comunista.

En ese conflictivo contexto, Francisco Franco se mostró como un conservador escéptico hacia las ideologías, cuya convicción última era que, como había demostrado la experiencia republicana, el gobierno y el orden sólo podían resurgir de la autoridad omnipotente y de una comprensión astuta de las pasiones de los hombres. Un pragmático y realista que llegó a la conclusión de que sin un Leviatán que castigase a los revolucionarios, la sociedad española era incapaz de escapar al caos.

Con toda seguridad, se creyó llamado a ejercer la función de «dictador tutelar» por la que tanto habían clamado los regeneracionistas finiseculares, como Ricardo Macías Picavea, Lucas Mallada o Joaquín Costa. Un sistema más personal que institucionalizado. Una «dictadura soberana», en el sentido de Carl Schmitt, es decir, que no reconoce ni puede reconocer una normatividad preexistente, y que, en rigor, se atiene al auctoritas, non veritas facit legem, de Thomas Hobbes.

Franco se convirtió sin duda en el Katechon español, que anhelaba el conjunto de las derechas españolas frente a un claro proceso revolucionario en ciernes. Y hábilmente consiguió convertirse en el auténtico árbitro de la situación. Uno de sus grandes éxitos fue la de unificar al conjunto de las abigarradas fuerzas políticas confluyentes en el Alzamiento. Unas fuerzas que tenían idénticos odios, pero no los mismos amores. Monárquicos alfonsinos, carlistas, falangistas, republicanos conservadores y social-católicos tuvieron que plegarse ante la autoridad de un nuevo Caudillo. Triunfó allí donde fracasaron Largo Caballero, Azaña o Negrín. Su legitimidad como dirigente no se perfiló, en ese primer momento, ab origine, sino quo ab exercitum, es decir, ganar la guerra. De esta forma, su poder fue inmenso, consiguiendo un grado de autonomía que resultaba extraordinario.

Franco acertó a situarse por encima de las facciones políticas; y gracias a su imagen de «Salvador de España» le fue atribuida una personalidad carismática, cuyo máximo teorizante fue Francisco Javier Conde, el discípulo español por antonomasia de Carl Schmitt. Su carisma estuvo, además, impregnado de un claro contenido religioso. La fórmula «Caudillo por la gracia de Dios» fue producto no sólo de un contexto social impregnado de instancias religiosas, sino de la propia situación en que hubo de perfilarse su liderazgo. Y es que no era el jefe de un partido político, ni, por su condición de militar, podía ser exaltado como tribuno del pueblo. La legitimidad religiosa contribuía a enfatizar su carácter irresponsable.

En esta circunstancia, las fuerzas políticas confluyentes en el Alzamiento no pudieron tener otra estrategia que, por emplear la expresión de Carl Schmitt, el «acceso al poderoso».  Y es que lejos de ser monolítico, el régimen de Franco fue, de hecho, plural, una maraña inextricable de organizaciones y tendencias rivales que competían y se hostilizaban entre sí, y de las que el dictador fue un hábil domador y domesticador. El predominio de una u otra tendencia —falangistas, tradicionalistas, monárquicos, tecnócratas— cambaría, según los períodos, las coyunturas y la decisiva voluntad de Franco, que tuvo, desde el principio, el papel de árbitro y mediador entre aquella abigarrada constelación de fuerzas sociales y políticas. A ese respecto, lo que ha venido en llamarse «franquismo» resultó ser el recipiente en el que confluyeron las distintas tradiciones, viejas y nuevas, de las derechas españolas.

Su régimen no tuvo las características esenciales de los regímenes fascistas. Y es que el partido único, primero FET de las JONS y luego Movimiento Nacional, tuvo escasa importancia en la configuración y funcionamiento real del régimen. Algunos sociólogos y politólogos, como el liberal Raymond Aron, han clasificado el sistema político nacido de la guerra civil, como carente de partido hegemónico, a semejanza del Portugal salazarista o la Francia de Vichy. El historiador alemán Ernst Nolte señaló que la Unificación de 1937 fue «más allá de lo que un partido fascista puede soportar en síntesis, por la misma razón, el partido estatal de la España franquista no debe contarse entre los partidos fascistas». Las veleidades fascistas, si es que las hubo en realidad, dada la situación de una España en ruinas y tutelada doctrinalmente por un clero sumamente conservador, duraron hasta 1942. Los fundamentos reales del régimen fueron el Ejército y la Iglesia católica, no un partido de masas. Como sostuvo el politólogo falangista Rodrigo Fernández Carvajal, en su libro La Constitución española, se trataba de una «dictadura constituyente y de desarrollo».

Sin duda, Francisco Franco ha sido la principal figura política del siglo XX español. Fue un maestro del realismo político. Y resulta asombrosa su capacidad de adaptación a diversas situaciones y contextos sociales y políticos. Alguien que comparte fotografías, a lo largo de su mandato,  con personalidades tan diversas e incluso antagónicas como Adolf Hitler, Benito Mussolini, Philippe Pétain, Dwight Eisenhower, Gamal Abdel Nasser, Haile Selassie, Charles de Gaulle, Antonio Oliveira Salazar, Grace Kelly, Rainiero de Mónaco, James Stewart, Danny Key, Eva Perón, Juan Domingo Perón, Héctor J. Campora, el sah de Irán, Norodom Sihanouk, Richard Nixon, Gerald Ford, Ronald Reagan, Henry Kissinger, Habib Bourgiba, Konrad Adenauer, no puede ser considerado una personalidad mediocre. Además, supo rodearse y seleccionar a una clase dirigente cualificada y brillante, reclutada entre los diversos sectores de la derecha española.

Y, tras no pocas penalidades, Franco pudo estabilizar su régimen y presidir, a partir de los años cincuenta del pasado siglo, el período de mayor desarrollo económico y de movilidad social de la historia de España. Historiadores de la economía como Gabriel Tortella y Pablo Martín Aceña, han descrito esta época como «la edad de oro del capitalismo español». Como ha dicho el marxista británico Perry Anderson quien, en mi opinión, ha visto con mayor claridad la perspicacia de Franco y su triunfo final, en su lúcida obra El Nuevo Viejo Mundo: «Al término de la II Guerra Mundial, la democratización era una opción impensable para Franco: era arriesgarse a que el volcán político volviera a entrar en erupción. El caudillo no habría podido garantizar la seguridad del ejército, ni la de la Iglesia, ni la de la propiedad. Treinta años después, el régimen había cumplido su tarea histórica. El desarrollo económico había transformado la sociedad española, las bases políticas radicales habían desaparecido y la democracia ya no representaba una amenaza para el capital. La dictadura había hecho su trabajo tan a conciencia que el ineficaz socialismo borbónico no puede siquiera restaurar la república que Franco había derrocado».

Sin embargo, pese a estos indudables éxitos, su régimen careció de posibilidades de futuro. Como señaló Raymond Aron en sus Memorias, su presencia obedecía a una «necesidad trágica», dada la situación de subdesarrollo y polarización social y política de la España del siglo XX. Su mismo carácter personalista –Gil de Biedma caracterizó a Franco, en uno de sus poemas, como «el arquitrabe» del sistema- y no institucionalizado, le hacía depender decisivamente de la vida de su fundador y guía. A ello habría que añadir, como ya hemos señalado, las decisivas transformaciones sociales y económicas experimentadas bajo su égida, que contribuyeron a socavar la cultura cívica de los españoles. Por otra parte, el Concilio Vaticano II contribuyó decisivamente a deslegitimar sus fundamentos doctrinales, basados en la doctrina social de la Iglesia.

El contexto occidental estaba dominado por liberales y socialdemócratas, la influencia política, militar, económica y diplomática de Estados Unidos era decisiva. Todo ello abocaba a una evolución de la sociedad española hacia la democracia liberal. El propio Franco lo sospechaba, según le dijo al general norteamericano Vernon Walters. Se jactaba, en cambio, de haber creado unas clases medias que garantizarían la estabilidad social y política.

La biografía de Franco está por escribir. El dirigente español no ha encontrado su Renzo de Felice, su Allan Bullock, su Joachim C. Fest; ni tan siquiera del tendencioso Ian Kershaw. Tanto sus apologistas como Joaquín Arrarás, George Hills, Claude Martin, Hellmuth Günther Dahms, Ricardo de la Cierva, Luis Suárez, Jesús Palacios/Stanley Payne, como sus más radicales detractores, como Luis Ramírez, Javier Tusell, Paul Preston, Ángel Viñas, Alberto Reig Tapia, Julián Casanova o Gilles Tremlett, han sido, en mi opinión, incapaces de ofrecer un perfil convincente de su figura.

¿Cuál será el porvenir de Francisco Franco como personaje histórico? Es difícil de precisar. Todo dependerá, sin duda, de los contextos políticos en los que se desarrolle la historiografía. Como señaló el siempre lúcido Edward Hallett Carr, saber histórico y política se encuentran íntimamente relacionadas. En su historia de Roma, Gibbon ensalzó a Marco Aurelio como filósofo ilustrado; los revolucionarios franceses, a Catón y Bruto; los liberales del siglo XIX, a Julio César; y los partidarios de la planificación a Augusto. La época actual tiene por fundamento la incertidumbre. El «fin de la historia» pronosticado por los neoliberales no ha tenido lugar. Más bien todo lo contrario. La crisis europea, el ascenso de China como superpotencia, la aparición de las denominadas «democracias iliberales» y de las derechas identitarias, las emigraciones masivas o el proceso de globalización y sus contradicciones, hacen que, como profetizaba Oswald Spengler en su obra Años decisivos, estemos ante un horizonte de «décadas grandiosas», es decir, «terribles e infaustas». Lo cual hace que escritores como Russell Ronald Reno hagan referencia al «retorno de los dioses fuertes». Si esta situación se consolida es posible que se abra paso una visión más comprensiva, incluso positiva, en cualquier caso, no demonológica, de la figura de Francisco Franco. La historia es siempre un proceso abierto. Nada está escrito para siempre.

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