
La desconexión posmoderna entre superioridad militar y control del relato bélico no halla mejor cristalización que en el estado judío, resucitado en 1948 a apenas tres años de firmar Orwell aquello de «la Historia la escriben los vencedores».
Refutando al inglés, el mundo sigue tomando a los agresores de Israel, una y otra vez derrotados, como autorizados narradores de un conflicto donde rara vez la trágica muerte de civiles bajo fuego israelí recae en los terroristas escudados tras vidas inocentes. Wokismo y posverdad no hacen sino cementar la anomalía. Altos el fuego, treguas y armisticios sólo intensifican la contienda informativa en que Israel se juega su futuro, sustituyendo rifles y pistolas por tribunas y alegatos. Cesadas las hostilidades, el imperativo judío de autodefensa cambia de registro. Aprovecha para centrarse en la beligerancia argumentativa o hasbará, tan crucial para la supervivencia del Estado hebreo como lo fue para su nacimiento y consolidación.
El actual acuerdo de liberación de rehenes, con sus delicadas fases de implementación, y el eventual plan de reubicación de civiles gazatís, no son excepción a esta regla. Singularmente sanguinarios y amparados por la izquierda occidental, los autores del 7 de octubre han suscitado en Israel una reflexión, más profunda aún, sobre la sostenibilidad de sus alianzas.
Fue temporal el respiro en Jerusalén tras la victoria Trump, aupado entre otras pulsiones por un transaccionalismo que busca reducir ayudas y garantías militares bajo el imperativo de América Primero. Impredecible en este como en otros tableros, el propio Trump traduce la demografía inestable de su electorado. El voto cristiano-evangélico, que por adherencia teológica a Israel y memoria del Holocausto sostuvo la alianza americano-israelí en la posguerra, envejece rápido. Carente de ese sentimentalismo religioso y madurado a la sombra de Iraq y Afganistán, el nuevo bloque MAGA a menudo relaciona apoyo a Israel con estado profundo y aventurismo neoconservador. La preocupación que esto genera en Jerusalén trasciende el ciclo actual del conflicto.
En cuanto a Europa, los escenarios optimistas contemplan recortes de su ayuda a agendas anti-sionistas, acaso posturas diplomáticas más asertivas contra los desmanes de la Autoridad Palestina y la UNRWA. Pero el auge de partidos anti-inmigración masiva y anti-islamistas no se traduce en apoyo bélico, por mucho que vean en Israel un estado-nación modélico. Si no invierte Europa en su propia defensa, menos lo hará en la de sus eventuales aliados. La islamización de los electorados como telón de fondo, asimismo, vuelve inestable toda apertura a Israel, susceptible de suscitar intifadas y amenazas terroristas en países que osen dar el paso.
Entretanto, con contadas excepciones como la India de Modi o el Brasil de Bolsonaro, el Sur global ha seguido maldiciendo el orden mundial basado en reglas y su hegemonía americana, amparo de la única democracia en Oriente Medio. Hezbolá, Hamás y Houthis son para este bloque revisionista adalides de una cruzada global contra el ordenamiento unipolar.
Este tablero, incierto y contingente, es el que sigue pautando la estrategia para-política y diplomática del estado judío. Pero omite—o erra al categorizar—un actor clave. Iberoamérica goza de resortes para constituirse como actor en la defensa de Israel y la lucha contra los enemigos de una civilización asediada, la suya. Sin huella militar en Oriente Medio, pero con peso diplomático en los desenlaces de un orden mundial cambiante. Más amenazada por el crimen transnacional que por el radicalismo islámico, pero con mayorías cristianas—culturales y de fe—conscientes de la línea divisoria entre civilización y barbarie.
La omisión resulta curiosa, porque en sus vuelcos electorales la región viene entrando precisamente en este papel. El ciclo de 2025-26, en que más de la mitad de sus habitantes irá a las urnas, presagia un cambio en la correlación de afinidades entorno a Oriente Medio. En al menos cuatro naciones, el chavo-madurista Foro de São Paulo podría verse sustituido por gobernantes de persuasión occidentalista y patriótica.
Y es que si la izquierda iberoamericana ha abanderado la causa palestina, ha sido por tercermundismo “anti-colonial”, a espaldas del sentir de la región, y siempre por inercia. Esta huida en adelante es indisociable de las propias dinámicas autoritarias de estos regímenes, siempre necesitados de un chivo expiatorio para encubrir sus fracasos. No fue hasta el 2010 cuando Hugo Chávez arengó: “condeno desde el fondo de mi alma y mis vísceras a Israel. Maldito seas, Estado de Israel. Maldito seas, terrorista y asesino». El 7 de octubre no alteró las simpatías de la izquierda bolivariana, al contrario. En febrero del 2024, Jerusalén declaró a Lula persona non grata por su analogía entre nazismo y el estado que crearon sus víctimas, odioso paralelo que el chileno Boric repetiría ante la ONU en septiembre. Petro rompió relaciones en mayo con Israel, costándole al ejército colombiano una valiosa cooperación tecno-militar. En una ofensiva del Foro que incluyó a Bolivia, Cuba, México y Nicaragua, todos ellos secundaron ya en diciembre del 2023 el infame litigio de Suráfrica ante la Corte Internacional de Justicia de La Haya.
Este hostigamiento se desmarca del patrón europeo, en tanto que multiculturalismo islamizado e inmigración magrebí y medio-oriental no son sus motores. Pero asumir que será más fácil revertirlo que en Europa supone ignorar la penetración de Hezbolá en el hemisferio occidental. El analista Joseph Humire ha documentado las fuentes ilícitas que atrajeron al grupo chiita-libanés a la región, y desde ahí lo siguen nutriendo: drogas, tráfico de personas, lavado de dinero, todo ello recopilando inteligencia por el camino y amenazando con atentar. Estos ingresos son críticos para un Hezbolá deseoso de autonomizarse financieramente de Irán. El grupo opera principalmente en las triples fronteras de la región, donde el solapamiento de autoridades genera vacíos legales: Ciudad del Este (Argentina, Brasil, Paraguay), los Andes trasfronterizos (Chile, Perú, Bolivia) y la triple frontera marítima entre Venezuela Panamá, y Colombia.
Hezbolá emplea en Iberoamérica una extensa red de empresas-pantalla o sociedades interpuestas: desde tiendas de electrónica y casas de cambio a supermercados y tabacaleras. Irán exporta armas y energía a la región. Ambos concurren en Venezuela: Hezbolá entrena a los colectivos chavistas que agreden a opositores, mientras Irán le vende armamento a la seguridad interna (SEBIN) y al ejército (FANB). Ambos apoyan a Maduro en su afán de conquistar Esequibo, y le reconocen tras el mega-fraude del verano. Tareck el Aissami ha sido su enlace en Venezuela y Colombia, a cambio de apoyo para evadir sanciones. Grupos de esta naturaleza prosperan en las vacancias de poder y el desorden que generan regímenes autoritarios o anarquías. Una restauración democrática en su base de operaciones les sería funesta.
La administración Trump augura una coordinación contra este caos transnacional que no debe hacernos olvidar los resortes reactivos propios de las naciones que lo padecen. Iberoamérica aborrece el crimen como el resto, más aún si sirve para financiar a terroristas en la otra punta del mundo contra el único estado judío del planeta.
Hay recorrido tras estas amenazas de particular actualidad. La revolución islámica de Irán, en 1980, propulsó el fundamentalismo chiita, internacionalizando a Hezbolá. Buenos Aires sufrió atentados, en 1992 y 1994. 22 personas murieron en el primero, menos conocido, contra la embajada israelí. Del segundo atentado, un coche bomba a la Asociación Mutual Israelita Argentina (AMIA) que dejó 85 muertos, se sabe más —y ojalá pronto más aún—. En la víspera del homenaje del 30 aniversario de la AMIA, a apenas un semestre de su inauguración, el presidente Javier Milei fustigó que política y justicia «le dieron la espalda a la tragedia». Responsabilizó a «sectores vinculados al gobierno de Irán, Hezbolá y Hamas» que perpetraron la masacre del 7 de octubre de ser «el mismo terrorismo que nos atacó a nosotros hace tres décadas».
Milei afirmó que, tras la impunidad, «elegimos la palabra, no el silencio». Destacó que «el terrorismo iraní es un asunto de interés nacional que afecta directamente a la vida de los argentinos». Alberto Nisman la perdió por querer arrojar luz. Fiscal que instruyó la causa, apareció con un disparo en la cabeza en su bañera, en 2015, horas antes de su comparecencia ante la comisión parlamentaria que investigaba el memorándum que el gobierno peronista había suscrito en 2013 con Irán, y que encubría las huellas de la teocracia chiita en el atentado. Igual que se baraja que Milei ayude a esclarecer estos macabros hechos robusteciendo la investigación, se espera que el Estado peronista quede pronto delatado en su intención de convertirse en la posguerra en refugio para criminales nazis. Tras reunirse con Milei en febrero, investigadores del Simon Wiesenthal Center accederán a documentos desclasificados que probarían lo que las obras del periodista Uki Goñi ya hacían sospechar. Si entre 5.000 y 12.000 nazis se instalaron en Argentina tras el 1945 —entre ellos Eichmann y Mengele— fue porque el régimen de Juan Domingo Perón habilitó numerosas ratlines, o rutas de ratas, para permitirlo.
Todo ello, junto con un memorándum bilateral que Milei firmó en noviembre y su siguiente visita de estado por invitación de la Knesset a finales de marzo, pone a Argentina al frente del bloque pro-Israel en la región. Milei radica este afán de combatir el terrorismo islamista tanto en la experiencia argentina de los 1990s como en los nexos y afinidades culturales y civilizatorias con Israel. Su gobierno ha fortalecido el marco jurídico contra la financiación del terrorismo y declarado organización de esa naturaleza a Hamás, quien el 7 de octubre mató a siete argentinos—resultarían ser ocho con el cadáver de Kfir Bibas—y raptado a quince más. Milei declaró el lunes 24 de febrero día de duelo por la familia Bibas. Estamos ante un compromiso con la verdad y la reparación a las víctimas del AMIA, pero extensible al combate contra el terrorismo y el odio a Occidente como categorías generales.
Argentina acaso no hubiera asumido este rol sin la idiosincrasia de su líder, cuyas pasiones incluyen la Biblia hebrea, y cuyo cometido de conversión al judaísmo emprenderá tan pronto pueda retomar el descanso sabático como expresidente. La arenga libertaria de Milei («¡Viva la libertad, carajo!») deja de ser una consigna abstracta cuando se trata de exigir y celebrar la liberación de los rehenes de Gaza. Se dice que el libro del Éxodo, con las tribus de Israel saliendo del cautiverio y cohesionadas no por un poder central sino por su moralidad común, inspira el libertarianismo de Milei. El peluca ha llorado ante el Muro de los Lamentos, y sus discursos a menudo acaban con una cita de Macabeos: «Que las fuerzas del cielo os acompañen».
Hay un interés geopolítico y el reflejo de una evolución electoral detrás de cada anécdota, antes incluso de plasmarse en diplomacia. Marcada por la persecución autoritaria-militar de los 1970, Milei debilita al peronismo cosechando apoyos entre la comunidad judeo-argentina. En su comparecencia ante el Senado antes de instalarse en Tel Aviv, Axel Wahnish, rabino de Milei y ahora embajador en Israel, planteó alinear a Argentina con las resoluciones de la ONU moviendo la embajada a Jerusalén, capital eterna del pueblo judío. El senador cívico-radical Martín Lousteau expresó el tradicional rechazo del estamento diplomático, alegando en el lenguaje de la descolonización que la medida debilitaría el reclamo argentino por Malvinas. Aunque la decisión no se ha concretizado, es notorio que Argentina razone desde el plano moral, donde otros países se pierden en una teoría de juegos jurídico-diplomática carente de juicios de valor.
¿Es extensible al espacio iberoamericano esta pata impostergable de su reconquista democrática? El potencial existe. Con la corajuda independencia que caracteriza su diplomacia, Paraguay reabrió su embajada en Jerusalén en diciembre, tras décadas de profunda amistad bilateral. Jair Bolsonaro, cuyo éxito en 2019 se apoyó en el voto evangélico pro-Israel que también existe en latitudes de Centroamérica, pidió a la corrupta Corte Suprema de su país la venia para viajar a Jerusalén y transmitir la amistad del pueblo brasileño. En un Chile con la mayor diáspora palestina de la región y hasta un equipo de fútbol propio, José Antonio Kast condena, por convicción, lo que un coro autorizado tilda de antisemitismo en las declaraciones de Boric.
Lejos de importar agendas foráneas, dichos líderes reafirman la coherencia de este apoyo con su patriotismo en auge, siendo los caciques autoritarios de la región los que pretenden emplear a Israel como enemigo externo cohesionador. Con comunidades judías relevantes tan sólo en el Cono Sur y México, y ni remotamente la amenaza migratoria que sufre Europa, los resortes de esta evolución resultan una singularidad iberoamericana. Valga la anécdota: el salvadoreño Nayib Bukele, de origen palestino, es otro gran aliado de Israel, mientras que la doble ascendencia askenazi y sefardí de Claudia Sheinbaum no le ha valido para disfrazar sus keffiyehs de progresismo ante la mayoría de mexicanos. Si la actual espiral del conflicto parece dificultar la defensa de Israel, la Iberosfera se desmarca del molde.
Jorge González-Gallarza (@JorgeGGallarza) es investigador principal del Centro de Derechos Fundamentales (@El_Centro_DF), fundación húngara con presencia en Madrid desde 2024.