«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu

TRIBUNA | MARCELA REIGÍA |

30 de noviembre de 2025

La baliza de la DGT: un invento nuevo, un coste más y el recordatorio de que todo es obligatorio salvo el sentido común

Baliza de la DGT. Europa Press

La baliza de la DGT apareció como otra obligación más disfrazada de avance inevitable, como si el país no pudiera seguir adelante sin añadirle otro gasto a la gente que ya cuenta monedas para llegar a fin de mes. Llegó con su normativa, su fecha límite, sus requisitos técnicos y su aire de «esto es por tu bien». Pero así es el juego: cada año, un invento nuevo; cada invento, un coste más; cada coste, otro recordatorio de que la administración vive en un universo donde todo es obligatorio salvo el sentido común.

Y lo de la baliza es casi simbólico, porque lo que de verdad pesa es la paliza.

La paliza fiscal, normativa, burocrática y mental que cae sobre autónomos, pymes, trabajadores de a pie y jóvenes que intentan arrancar su vida laboral sin que el Estado les desmonte el motor antes de salir del garaje. Quieres trabajar, producir, crecer, pero cada vez que das un paso aparece un nuevo formulario, un nuevo impuesto, una nueva plataforma digital que solo funciona el día que la enseñan en rueda de prensa. Y por si el caos fuera poco, se suman decenas de normas absurdas que afectan a miles de personas y no hacen más que estorbar. Como los pequeños comercios obligados a registrar cada residuo como si gestionaran un vertedero nuclear; los hosteleros que deben anotar y almacenar el aceite usado como si estuvieran a punto de montar una refinería clandestina; los autónomos que, para emitir una simple factura, deben sobrevivir a sistemas electrónicos e informarle de cada tecleo a la Sra. Montero; o los transportistas que necesitan más papeles para mover una caja que la caja misma.

También están los agricultores, obligados a documentar hasta cuántas gotas de agua usan, como si fueran sospechosos de regar el desierto; o los ganaderos teniendo que registrar la vida entera de cada animal. Y qué decir de los comercios que deben pagar por las bolsas, por los envases, por los reciclajes, por las tasas medioambientales y por respirar en horarios regulados. La pescadería de barrio necesita más permisos que un avión para despegar, y cualquier chaval que monte un puesto temporal para vender artesanía tiene que aprender más normativa que un abogado novel.

Todo son exigencias que parecen escritas pensando que todos somos grandes corporaciones con equipos de contables, cuando la mayoría de los negocios son dos personas, una libreta, una impresora rebelde y un extintor que caduca cada doce meses aunque no haya visto una chispa desde 1997. Y mientras tanto, tú, que llegas con tus facturas al día y tu contabilidad ajustada al céntimo, recibes avisos y recargos como si fueras un fugitivo fiscal por equivocarte en una casilla.

Porque Hacienda es flexible… pero sólo cuando cobra. Ellos pueden tardar seis meses en devolverte tu propio dinero —y a veces más— sin que nadie se sonroje. Pero tú te retrasas seis minutos en un pago y aparece automáticamente un recargo que es otra paliza más. La puntualidad es obligatoria cuando pagas; cuando cobras, es un concepto espiritual.

Mientras tanto, el trabajador de a pie lucha con un sueldo que no sube, facturas que sí suben, alquileres que se disparan y normas que no solucionan nada salvo complicar la vida. Y los jóvenes, que deberían estar construyendo su futuro, se ven atrapados entre contratos temporales, requisitos imposibles, trámites eternos y un panorama donde las oportunidades parecen más un mito que una realidad. No es que quieran irse del país: es que aquí parece que solo pueden quedarse quienes disfrutan que les empujen cuesta arriba cada día y todavía dan las gracias.

Y al final, entre balizas obligatorias, palizas fiscales, devoluciones eternas, recargos exprés y normas absurdas disfrazadas de progreso, uno entiende que el verdadero obstáculo no está en la carretera, sino en quienes diseñan la ruta. Ellos respiran tranquilos, legislan desde su despacho, inspiran más regulaciones, expiran más obligaciones, y tú intentas avanzar sin que te atropelle el siguiente invento del BOE. Porque aquí, por mucho que nos quieran vender modernidad, lo único que se moderniza es la capacidad de complicarnos la vida. Y así seguimos: la baliza solo se usa cuando te paras; la paliza te llega incluso cuando estás corriendo.

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