Cuando los socialistas y comunistas recibían las órdenes de Moscú sabíamos a qué atenernos, pero ahora que siguen a líderes como Maduro o Jameni no sabemos qué buscan realmente. Lo mismo se apuntan a la ideología woke para seguir la lucha de clases por otros medios que se embarcan en la flotilla de Gaza para salir en los programas de risa de las televisiones.
Han cambiado la lucha contra la opresión obrera por la ojeriza contra el mapa del tiempo y nos dicen que las inundaciones son cosa del cambio climático provocado por la reciente actividad industrial humana. Pero desde el tiempo de los romanos hemos tenido inundaciones recurrentes y documentadas. Los archivos atraviesan la antigüedad, la modernidad y la época contemporánea con aguaceros, llenas y acometidas que se lo llevaron todo por delante.
Ahora la izquierda pide, para la cuenca del Mar Menor, un Plan de Inundaciones, multas contra los agricultores, cinturones vegetales y charcas para detener las avenidas. Pero los planes contra las inundaciones ya están vigentes, aunque los filtros verdes que proponen van derechos al mar cuando llueve torrencialmente. No faltan planes ni conocimiento del problema. Lo que falta es presupuesto y voluntad para ejecutar proyectos con estructuras de hormigón.
Otro problema es la descoordinación entre administraciones y la hiper-regulación ambientalista que sólo admite las falsamente denominadas «soluciones basadas en la naturaleza» sin aporte de hierro y cemento sobre el relieve. Este ideario ecologista descarta las obras de estructura (diques, presas, canalizaciones, pantanos) para hacer frente a los desbordamientos de ríos y ramblas.
Para señalar a los culpables de este desastre es importante repasar las competencias. La competencia para recuperar y deslindar el dominio público hidráulico, así como la limpieza de cauces, excepto en tramos urbanos, corresponde al Estado (Confederación Hidrográfica del Segura), que también está obligada a que las ramblas cumplan su función de drenaje y tengan sección hidráulica suficiente para la evacuación de caudales.
La comunidad autónoma tiene competencia en ordenación del territorio, reforestación de las zonas de cabecera, obras de interés regional y las buenas prácticas que afectan a la escorrentía en las explotaciones agrícolas. A los ayuntamientos corresponde la disciplina urbanística para impedir que se edifique en zonas inundables, redes separativas, tanques de tormenta y la evacuación de pluviales en sistemas de drenaje urbano.
La cuenca del Mar Menor (1235 km2) desde siempre sufre inundaciones desastrosas y recurrentes. El sector central del Campo de Cartagena está atravesado por la Rambla del Albujón. Al sur hay diversas ramblas para drenar buena parte de la sierra minera de La Unión, y al norte las que drenan la ladera sur de la Sierra de Carrascoy que desaguan en una zona densamente urbanizada tras atravesar importantes superficies de regadío. El sistema es el siguiente: Rambla de la Higuera que afecta a San Pedro, Rambla de Cobatillas que atraviesa San Javier hasta la Academia del Aire, Rambla de la Maraña que va a Los Alcázares, la del Albujón con tres afluentes que atraviesan Torre Pacheco, Rambla del Miedo que desagua en Los Urrutias y la Carrasquilla que desemboca junto a Islas Menores.
Todas esas ramblas acaban en el Mar Menor que es una bahía en fase de colmatación. Tienen una zona alta y escarpada de captación, una zona o llanura intermedia de transporte y, finalmente, la desembocadura sin pendiente, con desarrollos urbanos y suelos inundables. Los planes contra inundaciones prevén actuaciones diversas: regeneración de la cubierta vegetal, correcciones hidrológicas, deslinde y recuperación de cauces, buenas prácticas agrícolas, recolección de pluviales, derivaciones y tanques de tormenta.
El problema es que faltan obras de estructura para retener, infiltrar y laminar el agua hasta su desembocadura. Pero las obras de estructura son repugnantes para la «nueva cultura del agua» (de inspiración woke) que prefiere la restauración de la naturaleza a su estado original para que las inundaciones hagan su trabajo en la dinámica de los ecosistemas, como lo hubiera hecho con la «renaturalización» del cauce del Turia.
La tarea urgente es identificar a los responsables de esta canallada porque reviste perfiles criminales como hemos visto en sucesos recientes. El saldo de la infiltración del wokismo hidráulico en las administraciones es desolador. El Marco de Actuaciones Prioritarias (en manos del PSOE) y las actuaciones previstas en la Ley del Mar Menor (en manos del PP) dan como resultado un programa de chapuzas que no pueden con la riada cuando viene con fuerza y anega los municipios ribereños.
Y entonces ¿qué hacer? En espera de un hobierno de patriotas sólo podemos hacer rogativas para que no llueva, porque los políticos no son capaces de gestionar las gotas frías sin daños ni la muerte de inocentes. En las inundaciones recientes hemos visto gobiernos arrastrados por el fango de la ideología woke que pretende dar rango constitucional a un lema fracasado: «España renuncia al cemento como instrumento de la política de aguas».