TRIBUNA | MARCELA REIGÍA
Madrid, la ciudad que nos quitaron
Madrid, la ciudad que nos quitaron
El alcalde de Madrid, José Luis Martínez-Almeida. Europa Press
Por LGI
15 de diciembre de 2025

Nací en un Madrid donde la vida no se planificaba con un mes de antelación. Bajabas a La Latina y te tomabas unos pinchos en el Txakolí, en la Cava Baja o en cualquier bar del barrio, sin reservas, sin dobles turnos y sin relojes. Entrabas en Casa del Abuelo a por gambas al ajillo o te comías un bocata de calamares en la Plaza Mayor sin pedir permiso. Madrid era espontáneo. Madrid era barrio.

Era una ciudad de lugares con nombre y memoria: Casa Botín, Lhardy y las tabernas centenarias; las tertulias del Café Gijón, las mesas de mármol del Comercial; los teatros de siempre y las discotecas de los noventa donde convivían estudiantes, currantes y vecinos sin filtros ni postureo. Un Madrid que hoy sobrevive, al menos, en el recuerdo. Porque ahora resulta casi imposible ir a cualquiera de esos sitios —si es que no han echado el cierre— sin esquivar un patinete que te roza al pasar o sin pagar un coche de alquiler con conductor para llegar y otro para volver. El centro ya no se recorre: se atraviesa con cuidado, se paga a plazos y se sufre entre ruedas, tarifas y prisas. Era también el Madrid donde cruzar Colón por debajo de la calzada formaba parte del paisaje y donde moverte en coche, autobús o a pie no era un privilegio, sino algo cotidiano.

También era una ciudad segura. Los niños jugaban en la calle. Se iba del colegio a la plaza con un bocata en la mano. Las calles no estaban diseñadas para expulsar, sino para vivir.

Ese Madrid no desapareció por azar. Se lo han cargado desde la política.

Se prometió acabar con Madrid Central porque supuestamente estaba asfixiando al pequeño comercio. Fue bandera electoral. La realidad es que lo que vino después fue un modelo aún más restrictivo y recaudatorio. Un Madrid Central con otro nombre, pero con el mismo resultado: expulsar al vecino del centro.

La ampliación de los parquímetros es el ejemplo perfecto. Más horas de pago, sábados por la tarde, domingos incluidos y extensión a decenas de barrios. No es sostenibilidad: es un impuesto encubierto. Un sistema que recauda millones mientras castiga a las clases medias, a los autónomos y a los pequeños comercios.

El mensaje es claro: si no eres rico, no tienes garaje y no conduces un coche eléctrico, no eres bienvenido. Te toca el metro.

Un metro cada vez más saturado, con retrasos diarios, incidencias constantes y una red que no crece al ritmo de la población. Según datos públicos, Madrid ha superado los 3,4 millones de habitantes mientras la inversión en transporte y vivienda pública no acompaña. Se penaliza el coche sin ofrecer una alternativa real. No es movilidad sostenible: es movilidad forzada.

La vivienda ha terminado de romper la ciudad. El precio del alquiler ha subido más de un 40% en la última década y comprar una vivienda es directamente imposible para la mayoría de jóvenes. Ir a la universidad, independizarse o construir un proyecto de vida en Madrid se ha convertido en un lujo reservado a quien hereda o a quien llega con capital extranjero.

El centro ya no es un lugar para vivir. Es un decorado. Donde había mercerías, librerías y tiendas de barrio, hoy hay cadenas clonadas y locales pensados para el turismo rápido. Madrid no se vive: se consume.

Madrid siempre fue cosmopolita, pero también cercana, humana y vivible. Hoy se nos vende una ciudad global sin alma, donde moverse es difícil, vivir es caro y quedarse es casi imposible.

No es nostalgia. Es memoria urbana. Y es una denuncia política.

Porque cuando una ciudad deja de cuidar a sus vecinos, deja de ser ciudad.

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