«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu

TRIBUNA | REBECA CRESPO |

15 de mayo de 2026

Madrid ya no huele a claveles

Una pareja de chulapos madrileños.

Hoy vuelvo a vestirme de chulapa. Como aquella primera vez en la que mi abuela, también madrileña, diseñó y cosió mi traje con aquellas manos que parecían capaces de arreglarlo todo. Hoy en especial pienso en el Madrid que ella conoció. El Madrid que todavía reconocíamos como nuestro.

Entonces mi abuelo llevaba boina. De esas que hoy tanto desprecian quienes creen que Madrid es mejor con los brunches, los matchas y las «salas de despecho». Era madrileño y se marchó un tiempo a Guinea Ecuatorial, cuando aún era provincia española, para trabajar y abrirse camino. Como tantos hombres de aquella generación, sólo tenía una maleta, ganas de trabajar y la dignidad de quien nunca pidió nada regalado. Después volvió a Madrid, a su ciudad. Mi familia materna llegó desde La Mancha, desde Ciudad Real, y terminó también aquí, como tantos españoles que durante décadas levantaron esta ciudad en silencio. Unos salieron y volvieron; otros llegaron desde otras regiones. Todos trajeron la voluntad de trabajar, prosperar y echar raíces.

Porque ese era el Madrid castizo. No una ciudad cerrada —en eso estamos de acuerdo, señora Ayuso— sino una ciudad con identidad. Una ciudad que acogía a quien venía a formar parte de ella, sin afán por cambiarla. Españoles con distintos acentos, pero españoles, unidos por una misma forma de entender el trabajo, la convivencia, la familia, el barrio y la nación. Madrid integraba sin borrarse.

Lo de ahora es otra cosa.

Hoy nos repiten que cualquier cambio es progreso y que toda pérdida debe celebrarse en nombre del «mestizaje». Pero hay cambios que no ensanchan una ciudad, la deshacen. Hay mezclas que no suman, sino que borran. Madrid no era valiosa porque cupiera todo, sino porque todo lo que llegaba acababa aprendiendo a ser Madrid.

Hoy, como madrileña, a veces siento que vivo en una ciudad ajena. Barrios irreconocibles. Comercios de siempre que han desaparecido. Violencia de bandas latinas convertida en rutina informativa. Jóvenes españoles expulsados de un Madrid convertido en un parque temático para esos que ni siquiera tienen que preocuparse de pedir una hipoteca. Del metro mejor ni hablo.

Ese es también el «Madrid abierto» del que presume Isabel Díaz Ayuso. El Madrid Miami, una ciudad convertida en escaparate global donde ya no importa conservar nada porque todo debe diluirse. También una ciudad que necesita mano de obra barata para limpiar casas, cuidar ancianos y servir mesas, todo vale con tal de tener las terrazas llenas.

Tal vez el problema no sea que Madrid haya cambiado. Las ciudades siempre cambian. El problema es que quienes gobiernan ya no creen que exista algo que merezca ser conservado.

Hoy volverán los claveles, los mantones y el chotis. Vestida de chulapa pensaré en ese Madrid de nuestros abuelos, el que no necesitaba convertirse en otra cosa para ser especial. Defender lo castizo no es vivir anclado al pasado, es negarse a aceptar que perder las raíces sea el precio inevitable de la modernidad.

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