No luchamos con las mismas armas
No luchamos con las mismas armas
Cierre de la cuenta en X de Jon González. Redes sociales
Por LGI
13 de mayo de 2026

La semana pasada un tipo llamado Jon González cerró su cuenta de X. Así, sin más. Un ciudadano anónimo, empleado de banca, padre de familia probablemente, aficionado al fútbol quizá, que un buen día decidió que ya no merecía la pena. Que el coste de opinar en voz alta —en su tiempo libre, desde su sofá, con su teléfono— superaba cualquier beneficio imaginable. Había cometido el pecado imperdonable de no comulgar con las ruedas de molino del progresismo. Y la jauría lo encontró.

El procedimiento es ya un clásico: localizar el empleo de la víctima, mencionar a la cuenta corporativa, azuzar a la tribu con capturas de pantalla convenientemente recortadas, exigir el despido. BBVA, que sepa usted, no es una empresa cualquiera: es de esas que llena sus memorias anuales de diversidad, inclusión y sostenibilidad, esa santísima trinidad del capitalismo cobarde. No sabemos si hubo represalias internas. Lo que sabemos es que Jon González ya no alzará la voz. Misión cumplida.

Y aquí viene la pregunta incómoda: ¿dónde estábamos los demás mientras lo trituraban?

El españolito medio, ese que usted y yo conocemos bien —porque somos él—, tiene una vida normal. Hipoteca, niños que llevar al colegio, un jefe con el que no conviene enemistarse, cenas familiares donde es mejor no hablar de política. No es cobarde; es prudente. Ha aprendido que las batallas se eligen, y que la mayoría no merecen la pena.

Le veo cada mañana atascado en Madrid. Y vemos situaciones que replican ese patrón cada día. Entra un fulano que llegó ayer a España, uno de esos que nos va a pagar las pensiones, y decide que las normas del metro (de Madrid) y la convivencia no van con él: pone música a todo volumen, ocupa dos asientos, escupe en el suelo, mira desafiante. ¿Qué hace el vagón? Agachar la cabeza. Apartar la vista. Cambiarse de sitio si es posible. Nadie quiere el lío. Nadie quiere ser el héroe que acaba con un ojo morado —o en los titulares como «agresor racista»— por pedir un mínimo de civilización.

No estamos preparados para la confrontación permanente. Y ellos lo saben.

Durante décadas, gente que no tiene nada que perder ha legislado contra los intereses de España. Profesionales de la agitación, vocacionales del conflicto, devotos de una revolución que siempre pagan otros. No tienen empresas que inspeccionar ni nóminas que embargar ni reputaciones que custodiar. Viven del Estado, del partido, del sindicato, de la subvención… Su modus vivendi es el señalamiento, la protesta, la delación, las órdenes del partido, la manifestación a la que le ordenan ir esta semana…

Mientras tanto, los buenos —esa España que madruga, produce y calla— miran hacia otro lado. No por indiferencia, sino por cálculo. ¿Voy a arriesgar mi puesto para defender a un desconocido en Twitter? ¿Voy a convertirme en el siguiente Jon González? La respuesta, casi siempre, es no.

Y así avanza el enemigo: no porque sea más fuerte, sino porque nosotros no estamos dispuestos a pagar el precio. Luchamos con armas desiguales. Ellos juegan a la destrucción; nosotros intentamos conservar algo. Ellos atacan; nosotros sólo queremos que nos dejen en paz.

Pero algo está cambiando. Poco a poco, casi imperceptiblemente, la gente empieza a hartarse. Aparecen voces que no se callan. Cuentas que no cierran. Ciudadanos que devuelven el golpe.

No sé si serán suficientes. No sé si llegarán a tiempo. Lo que sé es que Jon González no debería haber tenido que elegir entre su libertad y su sustento. Y que cada vez que lo permitimos, perdemos un poco más de país.

Quizá el problema no es que ellos tengan armas que nosotros no tenemos. Quizá el problema es que todavía no hemos decidido usarlas. Pero que no se equivoquen. España está despertando.

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