TRIBUNA | MARCELA REIGÍA VALES
Un modelo que convierte el reciclaje en excusa y el control en virtud
Un modelo que convierte el reciclaje en excusa y el control en virtud
Contenedores de basura. Europa Press
Por LGI
23 de octubre de 2025

Recibí hace unos días una amable comunicación de la presidenta de mi comunidad. En ella me recordaba, con un tono casi pedagógico, que el nuevo pago de la tasa de basuras dependerá de la cantidad y el tipo de residuos que generemos. Que seamos «responsables», decía. Como si hasta ahora hubiéramos vivido entre montañas de desperdicios sin conciencia ni orden. He de reconocer que me conmovió tanta fe en la capacidad moral del cubo gris para redimirnos como ciudadanos.

Lo que sorprende no es tanto el pago en sí —porque ya pagábamos por casi todo— sino la naturalidad con la que se nos impone una tasa más disfrazada de modernidad ecológica y obediencia europea. Nos dicen que «viene de Bruselas», ese mantra con el que se justifica cualquier decisión impopular. Pero lo cierto es que los ayuntamientos tienen margen, mucho margen, para aplicar o modular la tasa. La ley les obliga a «cubrir el coste del servicio», sí, pero no a multiplicarlo, ni a convertir la basura en una fuente de recaudación discrecional. De hecho, se estima que hasta un 20 o 30 % de lo recaudado acaba quedándose en el propio ayuntamiento para gastos de gestión, administración o simplemente por inercia burocrática. La basura, ya se sabe, siempre acaba en casa.

El discurso oficial es impecable: quien contamina paga, quien separa recicla, quien no paga será sancionado. Pero bajo esa retórica verde se esconde un sistema de vigilancia constante. Los residuos, antes íntimos y anónimos, ahora se fiscalizan con lupa. Si tiras mal una botella, si mezclas restos de comida con cartón, si tu cubo se llena demasiado rápido, el algoritmo municipal tomará nota. Se nos convierte así en sospechosos domésticos, con el contenedor como escenario del delito. Todo sea por la economía circular.

Y mientras tanto, los consistorios se apresuran a aprobar ordenanzas, inventar coeficientes, diseñar tablas y recordarnos que el deber cívico tiene un precio. Un precio creciente, además. Lo irónico es que pagaremos más por los mismos camiones, los mismos operarios y las mismas rutas de recogida. Lo único nuevo será la factura. Y la sensación, cada vez más palpable, de que el Estado ha descubierto en nuestros cubos un nuevo filón recaudatorio.

Pero, puestos a mirar con lupa, quizá convenga repasar también la Constitución Española, esa que prohíbe la doble imposición y garantiza la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley. Porque si un mismo servicio —la recogida de basuras— ya se financia mediante los impuestos municipales, ¿no estaríamos pagando dos veces por lo mismo? Y si cada ayuntamiento fija su propia tasa, con criterios distintos, arbitrarios y desiguales, ¿no se estaría lesionando también el principio de igualdad? La basura se mide por kilos, pero la justicia no debería medirse por códigos postales.

De hecho, en varios puntos de España ya se están presentando recursos y reclamaciones contra esta tasa: vecinos, asociaciones y hasta algunas patronales han cuestionado los criterios de cálculo, la falta de transparencia en los costes reales del servicio o la forma en que se reparten las cuotas entre hogares y comercios. En algunos municipios, los tribunales ya han advertido que el método de cálculo es «poco justificado» o «carente de base técnica», y no han faltado casos donde la propia ordenanza ha sido anulada. Todo apunta a que esta basura judicial también va a necesitar recogida selectiva.

Nos piden responsabilidad individual, cuando el verdadero problema es la irresponsabilidad institucional: un modelo que convierte el reciclaje en excusa y el control en virtud. Porque la pregunta incómoda sigue ahí, entre los contenedores y las ordenanzas: ¿de verdad lo exige Bruselas, o simplemente conviene a los ayuntamientos? Cuando la basura se mira con lupa, uno acaba preguntándose quién vigila al que mira.

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