TRIBUNA | MARCELA REIGÍA
Una tiranía moderna
Una tiranía moderna
Pedro Sánchez y Francina Armengol. Europa Press.
Por LGI
14 de agosto de 2026

Hay refranes que sobreviven durante siglos porque contienen una verdad incómoda que cada generación termina reconociendo bajo disfraces diferentes, y pocos parecen escritos con tanta precisión para determinados momentos de nuestra política como aquel que sentencia que en el país de los ciegos, el tuerto es el rey, porque el poder rara vez necesita demostrar que ve perfectamente cuando ha conseguido algo bastante más eficaz: que una parte suficiente de la sociedad acepte caminar entre sombras, rebaje progresivamente sus exigencias y termine considerando clarividencia lo que quizá no sea más que la capacidad de orientarse mejor que los demás dentro de una oscuridad que la propia política contribuye diariamente a alimentar.

Pedro Sánchez ha demostrado una extraordinaria capacidad para sobrevivir políticamente, y negarlo sería confundir la crítica con el deseo, porque ha sobrevivido a derrotas, crisis internas, cambios de posición, alianzas anteriormente descartadas, promesas reinterpretadas y contradicciones que probablemente habrían terminado con carreras políticas menos resistentes, hasta convertir la supervivencia no solamente en una habilidad personal, sino prácticamente en una doctrina de gobierno en la que resistir constituye una virtud en sí misma y conservar el poder parece convertirse demasiadas veces en la justificación última de aquello que ayer se aseguraba que jamás se haría.

Y precisamente ahí aparece el tuerto, no como el hombre que todo lo ve ni como el estadista capaz de anticipar el futuro, sino como el dirigente que ha comprendido que en una sociedad suficientemente polarizada no necesita convencer permanentemente a la mayoría de que gobierna bien si consigue convencer a una parte decisiva de que cualquier alternativa sería insoportable, de manera que el juicio sobre la gestión queda sustituido por el temor a la sustitución y la mediocridad puede presentarse como prudencia siempre que enfrente se dibuje un abismo suficientemente amenazador.

Ahí comienza lo que considero una tiranía moderna, una tiranía que no necesita reproducir exactamente las formas de los regímenes autoritarios del pasado para resultar profundamente corrosiva, porque el poder del siglo XXI puede degradar una democracia sin necesidad de anunciar solemnemente su demolición: basta con colonizar progresivamente el debate público, convertir las instituciones en territorio de confrontación partidista, desacreditar cualquier resistencia como una amenaza y acostumbrar al ciudadano a que cada nueva contradicción, cada antiguo límite atravesado y cada decisión anteriormente presentada como inadmisible sean justificadas después como inevitables para impedir un mal supuestamente mayor.

Considero que España ha entrado en esa deriva y por eso no empleo aquí la palabra tiranía como un simple adorno retórico, sino como una valoración política sobre una forma de concebir el poder en la que la existencia de urnas, oposición y tribunales no debería bastar para clausurar cualquier discusión sobre la calidad de nuestra democracia, porque esta no se mide únicamente por la celebración periódica de elecciones, sino también por la fortaleza de sus contrapesos, la independencia de sus instituciones, la igualdad ante la ley y, sobre todo, por la existencia de límites que el gobernante no pueda desplazar simplemente porque hayan dejado de convenirle.

El tirano de esta metáfora no necesita cerrar las urnas ni abolir formalmente las instituciones; le resulta mucho más útil conseguir que su permanencia se confunda con la estabilidad, que sus necesidades políticas se presenten como necesidades del Estado y que la posibilidad normal de alternancia sea descrita como una amenaza ante la que resulte legítimo modificar posiciones, atravesar antiguas líneas rojas y justificar mediante la aritmética parlamentaria aquello que anteriormente se consideraba inaceptable.

Sánchez ha comprendido además una de las intuiciones más antiguas del poder: quien consigue definir aquello que una sociedad debe temer obtiene una ventaja formidable para presentarse posteriormente como aquello que puede protegerla, y por eso el miedo al adversario puede resultar mucho más rentable que la obligación de entusiasmar con el proyecto propio, pues permite conservar el apoyo de ciudadanos decepcionados no porque hayan dejado de percibir las contradicciones del Gobierno, sino porque han sido convencidos de que detrás aguarda algo todavía peor.

Así adquiere otra dimensión el viejo refrán, porque en el país de los ciegos el tuerto no necesita ver demasiado para convertirse en rey; solamente necesita conseguir que los demás parezcan todavía más ciegos y que cada elección sea percibida como una emergencia histórica, cada adversario como una amenaza existencial y cada concesión gubernamental como un sacrificio inevitable, hasta conseguir que la cuestión fundamental deje de ser si aquello que hace el Gobierno resulta conveniente para España y pase a ser simplemente si la alternativa podría resultar peor.

Y es precisamente aquí donde el eclipse deja de ser una simple anécdota astronómica para convertirse en una metáfora casi perfecta de nuestra época, porque mientras millones de españoles levantan la cabeza, se colocan unas gafas oscuras y contemplan fascinados cómo una sombra avanza durante unos minutos sobre el Sol, aquí abajo existe otro eclipse bastante menos hermoso, mucho más prolongado y considerablemente más caro, formado por una actualidad frenética que consigue mantener al ciudadano pendiente de la polémica del día mientras las decisiones verdaderamente importantes continúan acumulándose fuera de su campo de visión.

No hace falta imaginar que el Gobierno fabrica cada distracción para comprender el mecanismo, porque una cortina de humo ni siquiera necesita ser creada por el poder para resultarle útil; basta con aprovecharla y comprender algo tan elemental como que una sociedad que mira obsesivamente hacia un punto deja inevitablemente de mirar hacia los demás, especialmente cuando vive rodeada de titulares, alertas, declaraciones y pequeñas emergencias informativas que desaparecen antes de que hayamos terminado de comprender la anterior.

Nos hacen mirar al sol mientras deberíamos estar mirando las cuentas.

Porque quizá ahí se encuentre una de las imágenes más exactas de esta España: el ciudadano con las gafas oscuras puestas mientras el Estado continúa gastando, recaudando, endeudándose y acumulando compromisos cuya factura no paga ningún presidente de su bolsillo, sino trabajadores, empresarios, autónomos, familias y generaciones futuras que algún día descubrirán que una parte de aquello que todavía no habían ganado ya había sido comprometido antes incluso de que pudieran producirlo.

El verdadero expolio político no necesita parecerse al ladrón que entra de madrugada por una ventana, porque puede adoptar una apariencia perfectamente administrativa cuando el esfuerzo fiscal de quienes trabajan comienza a tratarse como un recurso prácticamente inagotable, cuando cada problema encuentra como respuesta una nueva partida presupuestaria y cuando la deuda permite trasladar hacia ciudadanos que todavía no pueden votar el coste de decisiones cuyos beneficios políticos se disfrutan en el presente.

Mientras todo esto ocurre, Sánchez resiste, y quizá esa sea su mayor habilidad política: haber convertido la permanencia en una forma de éxito, como si conservar la Moncloa demostrara por sí mismo la calidad de un Gobierno y no simplemente una extraordinaria capacidad para reunir los apoyos necesarios para seguir ocupándola.

Pero los gobiernos no deberían juzgarse por cuánto tiempo consiguen sobrevivir, sino por el país que dejan detrás, y ahí es donde conviene apartar por un momento el ruido de la actualidad y mirar lo esencial: la deuda que compromete el futuro, la presión fiscal que soportan trabajadores, familias, autónomos y empresas, la fortaleza de las instituciones y una sociedad tan acostumbrada a la polémica permanente que corre el riesgo de olvidar hoy aquello que le indignaba ayer.

Nos hacen mirar al sol mientras deberíamos estar mirando España.

Sánchez pasará, suponemos, aunque después de tantos entierros políticos prematuros hasta afirmarlo admite cierta ironía. Lo verdaderamente importante será saber qué queda cuando finalmente se marche, porque los presidentes pasan, las cortinas de humo terminan disipándose y hasta los eclipses concluyen, mientras las deudas, las instituciones deterioradas y las consecuencias de las decisiones políticas permanecen mucho más tiempo que quienes las tomaron.

Así que miren al sol durante unos minutos si quieren, pero cuando termine el eclipse quítense las gafas y miren hacia abajo. El sol volverá por sí solo. España, si la quebramos, no.

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