
Hace unos días, Alejandria Ocasio-Cortez, quien muchos ven como la próxima candidata del Partido Demócrata, hizo gala de una desmemoria notable de la historia de Estados Unidos, a la par, de México y España. Ocasio-Cortez (que comparte apellido con aquel extremeño que conquistó, con ayuda de tlaxcaltecas, texcocanos, cholultecas, huexotzincas, cempoaltecas y totonacas, el Imperio mexica) quiso ir al choque con Marco Rubio y, de paso, borrar de forma pública los vínculos históricos con España.
Todo viene porque Rubio apeló este domingo en la Conferencia de Seguridad de Múnich a las raíces españolas de la identidad americana: «nuestros caballos, nuestros ranchos, nuestros rodeos —todo el romance del arquetipo cowboy que se ha convertido en sinónimo del Oeste americano— nacieron en España».
Ocasio-Cortez no pudo consentir tamaña «apelación a la cultura occidental» y con una sibilina expresión corrigió a Rubio: «Mi parte favorita fue cuando dijo que los cowboys estadounidenses vinieron de España. Creo que los mexicanos y los descendientes de los pueblos esclavizados de África querrían decir algo al respecto».
Y, claro, una persona de la talla de AOC, con una flamante graduación cum laude en Relaciones Internacionales y Economía en la Universidad de Boston, tenía la responsabilidad moral de «corregir» los gazapos históricos de Rubio. Craso error. AOC, demostrando una grave precariedad intelectual en materia histórica (no siguió la consigna de «es mejor estar callado y parecer tonto que abrir la boca y despejar las dudas»), aprobó en Teoría Crítica de la Raza y Leyenda Negra antiespañola, pero suspendió en Historia.
No queda otra. Hablemos de España, América y de cowboys. Uno de los rasgos definitorios del vaquero es su caballo (Silver para el Llanero Solitario, la yegua Siete Leguas de Pancho Villa, el Tornado de El Zorro o Trigger de Roy Rogers, Rey de los Vaqueros). Pues bien, cuando los españoles llegaron a América a finales del siglo XV, no había caballos en el continente, por lo que los equinos fueron introducidos por los exploradores hispánicos (sin caballos no habría vaqueros).
Como dice Juan Miguel Zunzunegui en Al día siguiente de la conquista (Esfera de los Libros, 2025): «Llegaron caballos que permitieron unir mundos antes inconexos y crear reinos gigantes».
Tampoco había vacas. Hay testimonios históricos que atestiguan tanto la llegada de reses como su dispersión por el continente a principios del siglo XVI. Por ejemplo, la del conquistador Francisco Vázquez de Coronado, que llevaba bueyes, corderos y cerdos en su expedición sobre el norte del actual México, Arizona, Nuevo México, Texas, Oklahoma y Kansas (curiosamente esos territorios del «salvaje oeste»). O las 7.000 cabezas de ganado bovino que Juan de Oñate llevó en 1598 a Nuevo México (sin vacas no habría vaqueros).
Y, el tercer elemento necesario para el surgimiento del vaquero: la técnica y el modelo agroindustrial. En ese Virreinato de la Nueva España se implantó el modelo de la hacienda del Valle del Guadalquivir, en los que hombres a caballo pastoreaban reses.
Cuando ese método llegó a América, los misioneros españoles adiestraron a los nativos y, con la extensión del mestizaje, tomó su propia evolución. Ejemplo de ello es el cibolero (de cíbola, «búfalo»), que vestían de forma similar a esos vaqueros andaluces: chaqueta y pantalón con chaparreras de cuero, sombrero plano y espuelas (sin estos vaqueros no habría cowboys).
Más allá del evidente legado (plasmado también en la lengua inglesa: mustangs de meseteños, buckaroo de vaquero, rodeo, rancho, corral, lasso de lazo o bronco) el vaquero mexicano es el hijo y el cowboy texano es el nieto de aquellos españoles que llegaron a un Nuevo Mundo en el que germinó una civilización mestiza. «México no existiría sin España y España no existiría sin México», escribe Zunzunegui.
Lo hace con gran acierto, pues la génesis de México (y de ese suroeste de Estados Unidos, parte de México hasta mediados del siglo XIX) es fruto de unión, intercambio y herencia histórica compartida. AOC intenta hacer esa eliminación de España de la historia de México y Estados Unidos. Y en esto solo tiene una parte de culpa.
Su convicción, al igual que la de otros célebres negrolegendarios como Claudia Sheinbaum, es fruto de 200 años de amnesia intencionada, de la enseñanza de un pasado contado por el enemigo, y del repudio de lo que fuimos, causa de la negación de lo que somos.
Rebatirla no es cuestión de patriotismo o nacionalismo, es una cuestión de verdad y justicia. Para reafirmar esos vínculos que nacen en Andalucía, en el Valle del Guadalquivir, y sin los cuales no habrían existido (o, al menos, no como los conocemos) ni los famosos dragones de cuera ni los legendarios Wyatt Earp, Doc Hollyday, Butch Cassidy o Sundance Kid.