TRIBUNA | BERND DIETZ
Balance de coyuntura
Balance de coyuntura
Manifestación a favor de incluir la transexualidad en los colegios. Redes sociales
Por Bernd Dietz
5 de septiembre de 2026

Esclavos somos de nuestras cogniciones, igual que de nuestra conveniencia. ¿Qué fue antes, el huevo o la gallina? ¿Sostener con aplomo las más chuscas imposturas o albergar motu proprio las creencias más truculentas? ¡Pues no es perita en ambas lides nuestra recalcitrante izquierda! Resiliencia, le dicen. Lástima no tener ya entre nosotros a John von Neumann, padre de hallazgos estremecedores, para matematizar la respuesta y explicar, verbigracia, el caso Heidi Beirich, quien, tras una vida consagrada al fervor zurdo y su estrafalario concepto de los “derechos humanos”, fue detenida en agosto de 2026 por regalar millón y pico de dólares, procedentes de sus crédulos donantes, a un neonazi del que estaba prendada.

Cuando el gobierno y la intelectualidad pesebrista salen en tromba pregonando, ya no la inocencia lironda de los Sánchez-Gómez, sino su acrisolada virtud digna de pasmo, o cuando un Tribunal Constitucional le da la vuelta cual calcetín a sentencias condenatorias emitidas por un Tribunal Supremo, ¿qué pesa más, la mentida cognición o la tangible conveniencia? ¿En qué orden se fecundan mutuamente? Ni ellos mismos deben de saberlo.

La verdad reviste hoy tan mala prensa entre nosotros, que no distinguimos entre el vodevil y el delirio. Cierto que el éxito de una actuación convincente implica meterse en el papel, dándose casos en los que el sujeto se identifica hasta tal punto con su ficción, que deja de ser quien era, para transfigurarse en quien no es. Oficialmente, con pólizas. Algo normalizado hoy en día sin cirugía ni hormonas, por súbita ventolera, y que te hace acreedor a privilegios y preseas, a las más rumbosas vitolas de excelencia, amén de una silla de pista en el olimpo progresista.

Pretendemos darle matarile a aquella antigualla, la cultura del merecimiento y el esfuerzo. La estrategia de pillos como Arday es sostener férreamente que te crees algo distinto, harto más exótico de lo que fuiste, de esos que, habiendo sido cojos, se hacen un maratón benéfico cada tarde. ¿Qué menos, por tanto, que piruetear sin tocar un libro de mondo bachiller a catedrático con potestad feudal sobre el Rector? ¿O de vacuo maniquí de pitiminí a estadista, rey filósofo y timonel de los destinos del planeta?

Se fundamenta así la cognición en una parte opcional y acaso homeopática de objetividad, empirismo, raciocinio y entidad epistemológica, y otra parte mollar de capricho, narcisismo y pensamiento mágico. La conveniencia, por contra, es otra cosa: un factor descarnado, granítico. Jamás hace amigos, menos aún prisioneros, porque su lucha es a muerte. Sin bridas ni escrúpulos.

Si reparamos en los logros eminentes de la civilización humana, brotados de una humilde aristocracia de ejemplaridad, sacrificio, cerebro y espiritualidad, notamos que no fueron fruto del azar o del antojo. Si la bondad, la moral, la abnegación y ese sano orgullo que lleva a preferir el bien sobre el mal irradian más prestigio que la vanagloria, la doblez, la codicia o la impiedad, es por algo. Si lo honroso se impone a lo fullero, o el temor de Dios a la altivez prometeica, no es solo por justicia poética. Sino por un designio lógico.

1968 marca el descrédito clamoroso del socialismo en los países avanzados, y apenas subsiste su cruda igualación en la miseria como partitura para tiranos, carniceros y bandidos en zonas atrasadas. Véase Nicaragua. Con tamaño cambio de paradigma, adviene como sucedáneo el timo posmoderno, la memez hippie, sostén de unos magnates que, merced a la tecnología, sueñan con un control global, exhaustivo, irrevocable. Sustituyendo el miedo por pornografía, el hambre por obesidad, el estudio por estupidez y el pálpito existencial por pantallas líquidas. Gates y Gramsci, a la postre, una extraña pareja. Cebando como señuelos populares el asco al talento superior, el hedonismo barato, el borreguismo y un resentimiento para vagos sin moverse del sofá.

Los nuevos lobos del rebaño han desplegado una minuciosa trama cultural, mediática y educativa para hacernos creer que lo blanco es negro, y que lo espurio, santurrón y abusivo equivale a democracia pura y dura. Los Münzenberg y Goebbels de la posmodernidad aran terreno abonado. ¡Quién va a protestar si te caen dádivas por rechazar la competitividad, la disciplina o la autoexigencia! Menudo chute de azúcar es el victimismo. Por eso los progresistas legislan sobre la gordofobia. ¡Que nadie se deprima por sentirse una foca!

No esperemos estímulos positivos por parte de quienes cortan el bacalao, ni de sus prosélitos y recaudadores. Nos quieren yonquis y obedientes. La libertad resulta políticamente incorrecta. Es «bulo y fango» ultraderechista, según cacarean. Pero la rebeldía contra la vesania del amo brota del alma del individuo pensante. Tú mismo puedes desprogramar tal robótica. Por eso, y no por cálculo demoscópico, los cuerdos en santa minoría apelan al corazón de los tartufos a quienes aterra percibirse de derechas. Andan ilusionados con heredar del fetiche que, por interés o rutina, emulan y acarician.

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