«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

Europa y el fuego

30 de julio de 2026

Fue siempre, desde el principio, la coartada ideal para cualquier ampliación del poder, la razón perfecta para cualquier nuevo recorte de libertades, la justificación de toda rapiña pública y la mejor excusa para eludir la responsabilidad de los gobernantes, un don del Cielo para los poderosos que, de no existir, lo hubieran inventado. Qué digo: de hecho, lo inventaron.

Pero el «cambio climático», como dogma rector de la acción política, ya no hay por dónde cogerlo. Racionalmente, incluso creyendo a pies juntillas y con esa fie ciega y operativa que nos exigen nuestros mandarines los informes del IPCC —en el último de los cuales, por cierto, admiten que se les ha ido la mano con el catastrofismo—, carece de sentido basar cualquier medida política en los esfuerzos para evitarlo o retrasarlo.

Vamos a aceptar, por mor del argumento, los cuatro puntos del dogma: que el clima está cambiando de forma permanente y no estamos ante meras oscilaciones temporales, que la culpa la tiene el carbono emitido a la atmósfera por la actividad industrial, que va a tener consecuencias catastróficas y que podemos evitarlo. Los cuatro puntos son de obligada profesión, y el rechazo de uno solo de ellos te convierte automáticamente en negacionista del clima (expresión tan cómica como habitual) y, por tanto, en enemigo del género humano.

Porque el dogma que rige tantos aspectos de nuestras vidas cotidianas se ha asimilado como tal, con todos los aspectos secundarios de magia simpática que el pueblo suele adherir a sus creencias. Así, basta la mera duda, vacilación o tibieza en este asunto por parte de un político para provocar la ira del planeta, que responde con riadas e incendios devastadores.

La Comunidad de Madrid y todos sus habitantes, por ejemplo, merecerían el flagelo del fuego por haber elegido mayoritariamente un gobierno de derechas. Lo dijo en junio de 2023 en una tertulia televisiva un tal Aroca, de cuya existencia seguiría siendo felizmente ignorante si las redes no hubieran multiplicado sus estúpidas declaraciones ad infinitum. «Como demócrata, acepto lo que han dicho los madrileños, y si los madrileños quieren esa educación, esa sanidad, ese trato para las personas mayores, que asuman las consecuencias. Ni una lágrima por Madrid».

Los madrileños merecen que sus casas se quemen, que ardan sus campos, que puedan perderlo todo, porque una mayoría de ellos ha votado, presuntamente, por cierta política sanitaria y una determinada política educativa. Merecen la destrucción por el fuego, pero no nuestras lágrimas. La relación, sinceramente, se me escapa. Salvo, naturalmente, que recordemos cómo el fanatismo izquierdista convierte a todo el que no piensa como él en un indeseable que se busca con su opinión que le pase lo peor.

El tal Aroca no hizo referencia, al menos en esa referencia, a la «política climática» de Ayuso, que supongo perfectamente homologable en su tiránica estupidez a la de cualquier otra instancia oficial, pero son legión los políticos del entorno sanchista que no solo han apuntado al mágico, totémico «cambio climático» como pirómano oficial (lo que, gracias a Dios, no ha impedido detenciones de pirómanos de carne y hueso), sino que insinúan que cualquier alejamiento de la estricta fe calentológica equivale a caminar por nuestros bosques con un lanzallamas activo.

Pero ya, ay, no tiene sentido. No, incluso aceptando la fábula en todos sus extremos. Precisamente porque es «global», es decir, las medidas recomendadas para reducir las emisiones de CO2 tienen que aplicarse en todo el planeta, o no habrá modo de parar esto. Ya puede esforzarse la Consejería de Cambio Climático de La Alcarria, que si no la imita el resto del globo sus esfuerzos serán baldíos y sólo habrán servido para empobrecer su jurisdicción.

Y ahí está el secreto: China, ya primera potencia industrial, no cumple. Tampoco el país más habitado del planeta, la India. E Incluso la primera potencia, Estados Unidos, se ha bajado del carro. Nadie quiere seguir arruinando sus economías, ya sólo Europa, empeñada en redoblar sus esfuerzos en solitario, aunque cualquier científico, ortodoxo o herético en esto, podría decirle que ninguna de sus políticas tiene en el clima una influencia discernible.

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