Ahora que los colegios están cerrados por vacaciones y no pueden oírnos, es el momento de hablar de un asunto que no debería molestarles, de no creerse más importantes de lo que son. Se trata ni más ni menos que de la irrelevancia de los colegios en la educación de nuestros hijos. No son completamente irrelevantes, pero sí mucho más de lo que creemos.
Muchos padres están preocupados por el nivel académico del colegio de sus hijos, algunos menos por la formación religiosa que reciben en ellos. Y, convencidos de que la clave de todo está en la elección de colegio, hacen auténticos malabares económicos, familiares y logísticos para conseguir descansar en el colegio que les parece más adecuado.
Respecto a lo primero, las diferencias entre colegios son mucho menores de lo que uno pueda imaginar, pues el nivel es bajo en general. La exigencia ha disminuido: lo que antes se aprendía con diez años se aprende ahora más tarde, ha aumentado considerablemente el uso de las imágenes, han disminuido los textos y son más breves y, aunque las notas ahora parecen mejores, son la consecuencia de todo lo anterior.
En cuanto a la formación religiosa, sin duda hay diferencias más notables, especialmente entre algunos colegios concertados o privados. Los públicos, desgraciadamente, han quedado fuera de la ecuación. Pero lo que parece una ventaja puede convertirse en un riesgo, pues muchos padres fían la configuración de criterio y la formación de sus hijos al colegio. Y eso no sólo es algo que corresponde a los padres, sino que, queriendo o no, son los padres quienes acaban configurando el esqueleto espiritual del niño. Tanto es así que niños educados en un mismo colegio, incluso perteneciente al mismo movimiento, se descubren con educaciones y comportamientos radicalmente distintos.
De igual modo que hijos de familias que viven en católico y en serio y que van a un colegio público salen tan bien formados como hijos de familias que viven en católico y en serio formados en colegios concertados o privados.
Ese es el lujo de las familias que viven en serio que, a pesar de correr más riesgo en unos colegios que en otros, pueden permitirse educar a sus hijos donde la economía, la familia o la logística les permita, porque la configuración del niño depende principalmente de la familia, y muy en segundo lugar del colegio y las amistades.