«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Itxu Díaz (La Coruña, 1981) es periodista y escritor. En España ha trabajado en prensa, radio y televisión. Inició su andadura periodística fundando la revista Popes80 y la agencia de noticias Dicax Press. Más tarde fue director adjunto de La Gaceta y director de The Objective y Neupic. En Estados Unidos es autor en la legendaria revista conservadora National Review, firma semalmente una columna satírica en The American Spectator, The Western Journal y en Diario Las Américas, y es colaborador habitual de The Daily Beast, The Washington Times, The Federalist, The Daily Caller, o The American Conservative. Licenciado en Sociología, ha sido también asesor del Ministro de Cultura Íñigo Méndez de Vigo, y ha publicado anteriormente nueve libros: desde obras de humor como Yo maté a un gurú de Internet o Aprende a cocinar lo suficientemente mal como para que otro lo haga por ti, hasta antologías de columnas como El siglo no ha empezado aún, la crónica de almas Dios siempre llama mil veces, o la historia sentimental del pop español Nos vimos en los bares. Todo iba bien, un ensayo sobre la tristeza, la nostalgia y la felicidad, es su nuevo libro.

Diario de Albares en Nueva York

24 de septiembre de 2026

Querido diario o, como decimos aquí, Dear Diary:

He visto esta mañana el Empire State y, francamente, lo tengo que decir porque si no reviento, no tiene nada que envidiar al pepino de mi jefe. Los americanos son majos, pero bastante fachas, todo el día con la bandera arriba y abajo, y muchos llevan el pollo en la camiseta o en las gorras, como nostálgicos del Alzamiento Nacional; no como yo, que soy nostálgico de alzamiento a secas, que ayer una señora muy observadora en Times Square me preguntó si me huele la cabeza a pies. 

He estado conversando con mi homólogo americano en un clima cordial de cooperación y buen entendimiento. Me ha dicho que los ascensores son más rápidos en Estados Unidos, y las propinas mucho más abundantes. Sin embargo, ha alabado el refinado estilo de mi uniforme, y ese gracejo tan especial con el que levanto las maletas de mi amo. El tipo trabaja en Four Seasons New York. 

Nuestro Amado Líder me ha pedido que detenga el fascismo de Trump, y me he plantado en la puerta de la Casa Blanca, he levantado el dedo índice para ordenar la detención del presidente de los Estados Unidos y, al instante, elementos no identificados del servicio secreto fascista me han amordazado el dedo, y me han obligado a metérmelo en mi propio ojo. Soy ahora un combatiente sordo de un ojo, pero con los principios intactos, que lo que no existe no se puede tocar. Gracias a la intervención de Melania, fascista pero mona, me han soltado, en cuento se ha enterado de que tengo claustrofobia al pijama naranja, y con todo el equipo español que viaja de gorra hemos salido a celebrar la victoria diplomática por las calles de Nueva York. Hacía tiempo que no meneaba tanto el bullarengue al grito de «Yes We Can».

Allí, callejeando por New York, como decimos los políglotas, en una conocida avenida, el séquito del ministerio y yo nos hemos puesto a corear en español «Pedro Sánchez, Pedro Sánchez», a lo que una multitud de compañeras y compañeros americanos del sector hortofrutícola ha respondido al unísono, y en perfecto español, algo de la fruta. Estoy convencido de que lo que quieren es enviar a La Moncloa unas cestas, tal vez granadas, que me cuentan que es producto típico americano, al menos desde la Segunda Guerra Mundial. 

Sánchez me ha llamado y he tenido que coger el teléfono en plena calle, de modo que no me ha quedado más remedio que cambiarme el traje después, porque me ha tocado postrarme de rodillas en una zona llena de polvo, que ya le he dicho al compañero Mamdani que queda mucho por hacer, que es un delito de odio que los de la túnica blanca tengan que mancharse a la hora del rezo, que está muy bien ir de la Meca a la Ceca, pero limpiar un poco las calles no te hace menos islamista. 

El Amado Líder me ha encargado que grabe un video para TikTok caminando por la calle y diciendo cosas. Me he apuntado un pequeño texto en el bloc de notas y, al grabarlo en modo selfie, me ha salido un ojo mirando a Cuenca y el otro a Nueva Orleáns; no sé para dónde demonios miran los tiktokers cuando lo hacen. Por suerte le he pedido a mis asistentes que también grabaran con sus móviles mientras yo hacía lo propio, una técnica que ni Alfred Hitchcock y, viendo el resultado, el Goya se me queda pequeño.

Mientras grababa, la gente me paraba por la calle y me preguntaba cómo puedo ser tan «subnormal», pero se trata de una mala traducción, estos tipos hablan fatal el español, lo que querían decir es «anormal», en el sentido de «extraordinario» y «fuera de lo común». Es conmovedor ver cómo el idioma nos hermana a toda la comunidad hispanohablante. 

He cenado en McDonalds y he quedado sepultado bajo una hamburguesa XXL. Menos mal que me he traído a uno de esos escoltas que solo toma batidos de proteína y anabolizantes y me ha rescatado. En España ya sólo se ve tanta carne junta en la cena de Nochebuena y en los clubs del extrarradio. Esta gente tiene dinero de verdad. Tal vez sea porque J. D. Vance no se gasta las arcas públicas en putas. 

Me da mucha pena regresar a España, pero el deber me llama, que mañana tengo que llevar las maletas a Begoña a primera hora y, si falto, Sánchez podría destituirme como pelota oficial, que es un título que me ha costado muchas genuflexiones. Me ha prometido que si llego puntual me hará entrega de otro traje diplomático, este inspirado en nuestro admirado aliado Corea del Norte, pero sin alfiler en la nuez, que me da grima y yo voy tieso de serie.

En fin, querido Diario, ya soy un poquito más americano. Antes de volver a España deseo consignar el momento en el que realmente me he sentido parte de la gran familia de la Liga Antifascista Internacional: la foto con Obama. Lo cuento contenido, como soy yo, pero se me hace el culo Pepsi-Cola de la emoción sólo de recordarlo. A Obama me lo encontré tumbado en un cajero en la Gran Manzana, le felicité por el Nobel de la Paz, que los políglotas decimos Nobel de la Pis, y me dijo: «no soy Barack, soy Oswaldo, dominicano y adicto al fentanilo. O me das el móvil o te arranco la cabeza». Es un cachondo, Barack. He subido la foto con Obama a «insta» mencionando también a Bernie Sanders, que está gagá y quizá le dé a seguir sin querer. Si ocurre, Sánchez me otorgará el título de Conde de Sacarino. No quepo en mí. Voy a necesitar ensanchar el traje diplomático, o como decimos los políglotas, el diplomatic suit.

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