«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
esta estrategia permite sostener la actividad a corto plazo, pero no corrige los problemas estructurales

El crecimiento en España se sostiene con deuda y población mientras se hunde la productividad

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. Europa Press

La economía española vuelve a mostrar signos de fragilidad ante nuevas tensiones internacionales, como el conflicto en Oriente Medio, con un patrón que se repite desde hace años: cada perturbación externa se afronta con más gasto público, más déficit y más deuda. Una estrategia que permite sostener la actividad a corto plazo, pero que no corrige los problemas estructurales y, en muchos casos, los agrava.

Este comportamiento ya se observó durante la pandemia y la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania. En ambos casos, el impulso del sector público evitó un desplome mayor, pero consolidó un modelo económico cada vez más dependiente del gasto estatal.

El problema de fondo reside en la debilidad del crecimiento real. La economía española no avanza impulsada por aumentos sostenidos de productividad, inversión o innovación, sino por factores como el incremento del gasto público y el aumento de la población. Esto genera una expansión cuantitativa del PIB, pero no necesariamente una mejora de la prosperidad individual.

El peso creciente del intervencionismo ha contribuido a esta situación. La acumulación de regulaciones, el aumento de la presión fiscal y las políticas orientadas prioritariamente a la redistribución han reducido el dinamismo del tejido productivo. El sector público ha pasado de actuar como facilitador a convertirse en uno de los principales motores del crecimiento, aunque lo hace con recursos financiados mediante endeudamiento.

España mantiene además niveles elevados de déficit incluso en fases de expansión económica. La deuda pública se sitúa en cifras históricas, lo que reduce el margen de actuación ante futuras crisis. Cada nuevo shock obliga a desplegar paquetes adicionales de gasto, lo que refuerza la dependencia del propio sistema y alimenta un círculo difícil de romper.

Este modelo también afecta al comportamiento de la inversión privada. La incertidumbre regulatoria y la elevada carga fiscal desincentivan proyectos empresariales y frenan la productividad. Parte del tejido empresarial se orienta hacia actividades menos competitivas a nivel internacional, muchas veces vinculadas directa o indirectamente al gasto público.

A ello se suma un cambio en la estructura del mercado laboral. El crecimiento demográfico registrado en los últimos años ha contribuido a elevar el PIB agregado, pero no ha venido acompañado de mejoras equivalentes en productividad o capital humano. Como consecuencia, el PIB per cápita muestra un rendimiento más débil.

Mientras profesionales cualificados encuentran dificultades para desarrollar su carrera en España, el mercado laboral absorbe cada vez más empleo de menor cualificación. La compresión salarial y la menor vinculación entre remuneración y productividad reducen los incentivos para retener talento y favorecen modelos productivos de bajo valor añadido.

Las consecuencias de esta evolución son profundas. Una economía que pierde capital humano y orienta su crecimiento hacia actividades menos productivas limita su capacidad de generar riqueza a largo plazo. El resultado es un crecimiento sostenido en volumen, pero débil en calidad.

El riesgo de este modelo ya aparece en algunos informes. El Observatorio Económico de la Universidad Francisco de Vitoria ha advertido de la posibilidad de que España entre en recesión en el tercer trimestre de 2026 si se mantienen las actuales condiciones.

Cada crisis externa evidencia la falta de amortiguadores propios en la economía española. Ante cualquier perturbación, la respuesta se centra en ampliar el gasto público, una herramienta que tiene límites evidentes debido al nivel de endeudamiento acumulado.

La fortaleza económica, sin embargo, no depende de estímulos fiscales continuos, sino de factores como la estabilidad institucional, la seguridad jurídica, la competitividad y la capacidad de generar valor añadido. Sin reformas estructurales que impulsen la productividad y refuercen el papel del sector privado, el actual modelo seguirá mostrando los mismos síntomas.

España afronta así un escenario en el que la resistencia a corto plazo se sostiene con deuda, mientras la debilidad estructural se acentúa. Un equilibrio cada vez más inestable que expone al país a mayores riesgos ante futuras crisis.

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