«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
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EDITORIAL
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7 de agosto de 2022

Afganistán, metáfora de la decadencia de Occidente

Los talibán toman Afganistán. Reuters

Hoy hace un año del regreso triunfal de los talibán al poder medieval en Afganistán y de la retirada en desbandada de las tropas de la OTAN. Porque eso es lo que fue. Una desbandada innoble. Al contrario de la causa justa que fue la invasión de ese país —ni siquiera Estado— fallido, poco más que un gigantesco shithole —poza séptica— que muchos, a lo largo de la Historia, han conseguido invadir, pero que nadie ha conquistado.

Decíamos que hubo una causa justa. A Estados Unidos, herido como jamás lo había sido en los atentados del 11 de septiembre, le asistía el derecho. Incluso fue un paso más allá y tomó una posición moral: la de que los valores de la democracia occidental son superiores y debía ser exportada. Una idea casi romántica, neowilsoniana, que desterraba el precepto de que sólo los intereses son los motores permanentes de la política exterior de las naciones.

Estados Unidos y sus aliados tomaron esa posición. Pero se olvidaron de fijar la posición, y no hay peor error. La idea moral de la exportación de la democracia occidental por la fuerza de las armas tiene una sólida defensa académica, pero exige una irreductible constancia frente a la adversidad y, además, la movilización de todos los recursos intelectuales de las naciones aliadas. Constancia hubo. Irreductible, como se ve, no.

Todo se derrumbó cuando Occidente —el presidente Obama para más señas— bendijo las primaveras árabes, aquellos levantamientos islamistas que han causado un daño profundo a muchas naciones africanas, y abandonó así la posición tomada sobre la supremacía de los valores occidentales y la noble exportación de la democracia. Henry Kissinger revivido. Wilson, como Montesquieu, enterrado.

Sin embargo, las consecuencias prácticas del abandono de la posición de la supremacía de los valores occidentales, se volvieron como un boomerang contra las propias sociedades occidentales. Si los valores de la democracia —entre otros: igualdad, libertad, orden político, soberanía nacional, paz social, respeto a la ley y, siempre, la hegemonía del Estado de Derecho— no eran superiores, es que eran cuestionables. Y Occidente enloqueció.

Los mismo recursos intelectuales que habían fracasado a la hora de defender la supremacía de nuestros valores frente a regímenes islamistas se movilizaron con enorme eficacia para cuestionarlos y destruirlos.

En la última década, la prolongada decadencia de Occidente ha entrado en barrena por la subversión de las estructuras esenciales de la vida diaria de nuestras sociedades. La soberanía nacional ha sido arrumbada por el globalismo. La discriminación en favor de minorías mina de manera permanente la igualdad. La libertad, y sobre todo la principal de todas las libertades, que es la del pensamiento y la consiguiente expresión de ideas libres, ha sido cancelada. El pluralismo político ha quedado restringido al consenso. El derecho positivo, es decir, la mera voluntad del legislador, ha aplastado al Derecho Natural. Por eso las fronteras no se defienden. Por eso los padres han perdido los derechos sobre la educación de sus hijos y por eso se ha permitido que los sentimientos se impongan sobre la Ciencia igual que se ha impuesto el fundamentalismo de la nueva religión climática sobre la necesidad de conservar el medioambiente.

Cuestionadas y zaheridas todas las verdades absolutas y supremas que hicieron grande a Occidente que hoy en su delirio llega a preguntarse hasta qué es una mujer, la consecuencia más evidente es la de que padecemos una neodemocracia de agendas veintetrentistas basadas en el imperio de lo absurdo. Y eso sólo en una década. Agárrense.

Es cierto que hay naciones y nacionales que no se rinden y que aportan una pequeña esperanza en este páramo inmenso de decadencia y estupidez global. Medio Occidente no se resigna a morir, pero es el medio Occidente que, por desgracia, no manda. Todavía.

Todo lo antes escrito debería bastar, aunque hay mucho más, para entender cómo fue posible la desbandada de Afganistán de la que se cumple hoy un año.

Afganistán es, un año después, una metáfora de que lo que no se defiende, acaba siendo abandonado. Ser es defenderse.

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