PUBLICIDAD
PUBLICIDAD

Borrell y sus intereses

EDITORIAL

El silencio de la máxima autoridad en materia de política exterior de la Unión Europea, Josep Borrell, sobre el levantamiento popular en Cuba, al tiempo que traslada su «más cordial felicitación» al ilegitimo —por fraudulento— presidente in pectore peruano, el comunista Pedro Castillo, ejemplifica como nada que haya ocurrido en los últimos años la deriva hacia la escollera de pobredumbre moral en la que navega esta burocracia que gobierna Europa. Si a estos hechos les sumamos una política que contemporiza con dictaduras bolivarianas y autocracias islamistas, que pasa de puntillas sin dar un golpe encima de la mesa ante la represión feroz en Nicaragua a poco más de cuatro meses de las elecciones, que hace de la chinificación (en perfecta expresión del maestro Bardají) el motor de esta nueva Europa sin naciones y que es incapaz de defender sus fronteras exteriores tanto como renuncia a defender su herencia cultural Occidental, nos lleva a preguntarnos qué poderosos intereses personales mueven a Josep Borrell a instalarse en la ignominia. Quizá nunca lo sepamos. Pero sólo quizá. Veremos.

Pero donde ya saltan todas las costuras del traje nuevo de Bruselas es cuando se observa el acoso al que el consenso socialista y centrista que recorre los pasillos de la Comisión y del Europarlamento somete a naciones soberanas como Hungría y Polonia. Todos los calificativos que ese consenso no usa para referirse a objetivas dictaduras criminales y autocracias religiosas que reprimen el pensamiento libre y la disidencia con detenciones arbitrarias, tortura, exliio o muerte, las emplea contra países que forman parte de la propia Unión Europea y que mantienen, por convicción propia, un respeto escrupuloso a todo el articulado de  convenciones y tratados internacionales en defensa de la protección a la infancia, del derecho de los padres a elegir la educación de sus hijos y defienden sin descanso la identidad nacional de todos sus ciudadanos, incluida la identidad europea hoy en serio peligro de muerte.

Esta política exterior blanda con las dictaduras y esta política interior fuerte con la naciones soberanas (y democráticas) que no tragan con el pensamiento único, evidencian la renuncia de Europa a ser faro y señalero de las libertades en el mundo. Y cuando uno renuncia a defender todo lo que es bueno y moral, todo lo que los padres fundadores de la Unión Europea proyectaron, se condena a la irrelevancia. Eso sí, muy bien pagada.

La única esperanza es la reacción de decenas de millones de europeos, empezando por los ciudadanos de los países del Grupo de Visegrado. Y es una gran esperanza, sobre todo porque no dudamos de naciones que padecieron durante demasiado tiempo las estructuras de poder soviético y que, por ello, son capaces de identificar con facilidad cualquier amenaza totalitaria. Con ellos comenzará todo. Por eso, nuestra obligación es la de acompañarles en el camino sin dudas ni complejos. Por Europa y la CivilIzación Occidental.

Deja una respuesta