…y cierra Europa

EDITORIAL

La Unión Europea actual, por desgracia, no se parece en nada a aquella idea primigenia que podría haber supuesto la salvación de las naciones europeas dominadas por ese mecanismo artificial, esa superestructura oligárquica que las ahoga y que se llama ‘el Estado’. Se nos vendió la idea de una Unión de Naciones Soberanas y cuando se le dio una forma definitiva, nos encontramos una Unión de Estados Dependientes que avanzó a toda prisa hacia lo que hoy padecemos: una sovietización burocrática que camina, inexorable, hacia la destrucción del concepto de nación como cementerio de nuestros antepasados y patio de recreo de nuestros hijos que merece ser defendido.

En realidad, en Europa, nada parece que merezca la pena ser defendido, salvo tasas, regulaciones y mecanismos centralizados de ineficacia. La Unión Europea abomina de su pasado cultural, civilizador y cristiano y sus burócratas desdeñan la integridad de las fronteras de Occidente, que no sólo son físicas, sino sobre todo morales.

Nada esperamos de aquellos Estados europeos rendidos al consenso socialdemócrata, burócrata y nihilista cuyos gobernantes abrazan la idea genérica del gran reinicio y la liquidación de Occidente como fuerza civilizadora. Al mismo tiempo, lo esperamos todo de las naciones periféricas que por su pasado forzoso comunista conocen a la perfección el mal y la forma de combatirlo. Sólo una acción decidida de unidad de naciones y nacionales, de europeos libres, conseguirá frenar la deriva hacia la ruina de Europa.

En este sentido, celebramos la iniciativa política del líder de VOX, Santiago Abascal, que cuando las fronteras españolas, que son las fronteras europeas, son atacadas y las ciudades, invadidas, ha viajado a Hungría y a Polonia para reunirse con el primer ministro Viktor Orbán y el líder del partido polaco Ley y Justicia, Jarosław Kaczyński, para unir las voluntades de resistencia de dos de las naciones que con más determinación —y al coste que sea, como ya hemos comprobado— se niegan a que su identidad sea sepultada por una avalancha de políticas identitarias globalistas.

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